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La necesidad de tener paciencia en la reforma de la iglesia

La vida de Lutero es de gran interés histórico. La teología de Lutero provee una vista de los principios más fundamentales e importantes de la Reforma, pero su teología no se quedaba en el ámbito intelectual, sino que él quería desarrollar una teología que afectara la vida. Aunque Lutero, en contraste con muchos de los humanistas reformadores, llega a la raíz teológica de los problemas de la iglesia católica romana, no ignora la conexión intima entre la teología y la práctica individual y eclesiástica que esa teología produce. Por eso, la reforma protestante era tanto una reforma del evangelio en las afirmaciones teológicas de la iglesia, como también del evangelio en su fruto práctico en la vida cotidiana de la iglesia y del creyente individual.

En esta serie artículos sobre ‘el legado práctico de Lutero y la reforma protestante’ resumiré siete lecciones prácticas que podemos derivar de la vida de Lutero. Los dos artículos pasados se trataron de las primeras dos lecciones las cuales fueron: (1) la importancia de la consciencia sometida a la Palabra de Dios y (2) la ternura y naturaleza práctica del corazón pastoral. En este artículo veremos la tercera lección sobre ‘la necesidad de tener paciencia en la reforma de la iglesia’. Los siguientes puntos los veremos en los próximos artículos en los próximos días consecutivos.

Otra parte del legado práctico de Lutero lo vemos en su vida como un reformador. Lutero no era un reformador revolucionario y radical quien buscaba hacer cosas simplemente para ir en contra del sistema establecido. Antes bien, él buscaba someterse a las Escrituras y guiar pacientemente a los débiles y los oprimidos por la tiranía de la iglesia, a la gloriosa libertad del evangelio.

Antes de su regreso a la ciudad después de su asilo en el Wartburg en 1521, muchos cambios reformadores ya estaban realizándose. Los clérigos, incluyendo Carsltadt, habían empezado a casarse, y también muchos de los monjes habían dejado sus monasterios para iniciar la vida matrimonial. La misa había sido traducida en parte al alemán y los sacerdotes la oficiaban sin las vestiduras de su oficio. También, el pan fue dado directamente al laico y también por la primera vez podían tomar de la copa. En la ciudad, la Reforma había prohibido la mendicación, proponiendo el establecimiento de un fondo comunitario para cuidar de los pobres; y también la prostitución fue prohibida.

Estos cambios ya no estaban meramente en el ámbito del debate de teólogos y eruditos, ahora los cambios de doctrina estaban tocando la devoción personal de los cristianos. En esos días, muchos de los laicos entendieron las palabras de la misa en su idioma por primera vez, también fue la primera vez que tocaron el pan y tomaron el vino.

Varios de ellos respondieron de una manera parecida a Lutero en su primera misa y hasta a un laico se le cayó el pan por temor y asombro de tener los elementos del cuerpo y sangre de Cristo en sus propias manos. El contenido de la misa fue cambiado también, sacaron todo el lenguaje de la misa como un sacrificio u oblación, ya que, aunque Cristo estaba presente en el pan y vino, esta ceremonia no era una renovación del sacrificio que se hizo una vez y para siempre. Ya la práctica de comprar indulgencias no era una parte de la vida común del laico y el rol de las reliquias y peregrinaciones estaban disminuyendo hasta que cesaron en 1523.

Muchos de estos cambios eran buenos e incluso recomendados por Lutero y hasta en algunos sentidos él se quejaba de lo lento que iba la Reforma. Pero, poco tiempo después, la Reforma de Wittenberg empezó a tomar medidas más extremas cuando los seguidores de Lutero empezaron a expulsar a los católicos romanos por la fuerza, profanando los templos católicos; y empezaron una práctica iconoclasta en el que destruyeron las imágenes religiosas y muchos elementos decorativos de los templos, incluyendo los altares.

Debido a estas prácticas, los obispos de Wittenberg y el duque Georg de Sajonia, llamaron a Frederico a tomar acción en contra de estos extremos y respondió diciendo que se detuvieran y consideraran en más detalle las mejoras maneras de reformar la iglesia. Melancthon había tratado de controlar los excesos, y Carsltadt y Zwilling se habían unido a los extremos; por esto la iglesia y la ciudad llamaron a Lutero para que saliera de su exilio y regresara a la ciudad. La ciudad reconoció que esta era la única esperanza para un camino más seguro para la Reforma, pero los lideres religiosos de Alemania estaban amenazando traer la autoridad del papa y la del emperador contra Lutero y la ciudad si él regresaba.

Sin embargo, Lutero vio esa situación como un llamado divino a través de la ciudad, porque él estaba preocupado por el testimonio del evangelio en la ciudad, las almas de su iglesia y estaba harto de su tiempo de soledad. En una carta Lutero escribió estas palabras que manifiestan su valentía en salir de su asilo en el Wartburg:

Escribí por tu bien, no por el mío. Me molestó que el evangelio fuera desprestigiado en Wittenberg. Si no estuviera seguro de que el evangelio está de nuestro lado, me habría rendido. Todo el dolor que he tenido no es nada comparado con esto. Con gusto hubiera pagado con mi vida por esto, porque no podemos responder ni a Dios ni al mundo por lo que ha sucedido. El Diablo está trabajando en esto.

En cuanto a mí, mi evangelio no es de los hombres. Las concesiones sólo traen desprecio. No puedo ceder ni una pulgada al Diablo. He hecho bastante por Su Gracia al permanecer en la clandestinidad durante un año. No lo hice por cobardía. El Diablo sabe que habría entrado en Worms aunque hubiera tantos demonios como tejas en el tejado, y cabalgaría hasta Leipzig ahora, aunque lloviera Duke Georges [un gran oponente a Lutero] durante nueve días.(1)

Cuando llegó a la ciudad se encontró con un ataque contra su principio de la importancia de la consciencia y el sacerdocio de cada creyente. Es decir, se llenó de una gran ira al ver los métodos extremos de Carsltadt, Zwilling y los profetas. La violencia contra los católicos romanos, las imágenes, los altares; y una imposición de convicciones reformadas en la gente eran actos que iban en contra de su entendimiento sobre cómo realizar la Reforma. No le tomó mucho tiempo para reestablecer la paz en Wittenberg, pero para hacerla Carlstadt y Zwilling tuvieron que salir y fueron recomendados para los pastorados en otras ciudades: Carlstadt en Orlamunde y Zwilling en Altenburg.

Lutero tenía una consideración profunda por el bien de sus congregantes y quería tratarles con paz. Él sabía la dificultad que él mismo tuvo para llegar a sus posturas evangélicas y, por eso, no quería forzar estas convicciones en las consciencias de los creyentes. El hacerlo de esta manera, por lo menos en la mente y consciencia del congregante, sería ir de una práctica, que ya hacía porque un hombre dijo, a pasar a otra práctica que otro hombre exige. Pero, la verdadera Reforma toma el tiempo para instruir la consciencia de los congregantes. De hecho, la verdadera reforma prefiere rendir sus libertades para no ofender la consciencia de un débil antes que imponerle a su consciencia convicciones no derivadas directamente de la Palabra. Como Lutero dijo:

Denles tiempo a los hombres. A mí me costó tres años de estudio, reflexión y discusión constantes para llegar a donde estoy ahora; ¿se puede esperar que el hombre común, inculto en estos asuntos, recorra la misma distancia en tres meses? No hay que suponer que los abusos se eliminan destruyendo el objeto del que se abusa. Los hombres pueden equivocarse con el vino y las mujeres. ¿Debemos entonces prohibir el vino y abolir las mujeres? El sol, la luna y las estrellas han sido adorados. ¿Debemos entonces arrancarlos del cielo?

Tanta prisa y violencia revelan una falta de confianza en Dios. Ved cuánto se ha podido realizar a través de mí, aunque no hice más que orar y predicar. La Palabra lo hizo todo. Si hubiera querido, podría haber iniciado una conflagración en Worms. Pero, mientras me sentaba y bebía cerveza con Felipe y Amsdorf, Dios le dio un poderoso golpe al papado.(2)

Era necesario reformar la ciudad y la iglesia con un espíritu valiente y dedicado a la verdad, sin temor a los ataques del enemigo, pero al mismo tiempo con paciencia sabiendo que el cambio de la vida religiosa y teología de la iglesia requería paciencia para llevar tiernamente a las ovejas a tener las mismas convicciones.

Según Lutero, existen principalmente dos tipos de hombres con los cuales uno se puede encontrar. Están los de la justificación con base en las obras, es decir, se enfocan en lo que exigen las ceremonias y en cierta obediencia a obras externas para la salvación, como los judaizantes en el tiempo de Pablo.

Por el otro lado, uno se encuentra con aquellos cristianos que ignoran su libertad y pasan a estar esclavizados a las ceremonias por falta de conocimiento y por una consciencia débil. Con gran discernimiento y sabiduría, al primer grupo, uno no debe ceder ni un poco y debe ir directamente en contra para que los débiles no sean llevados por sus errores a confiar en obras para la salvación, como lo hicieron Cristo y Pablo.

El principio resumido de Lutero aquí es: «Luchad, pues, denodadamente contra los lobos, pero a favor de las ovejas, y no también contra las ovejas».(3) Es decir, debemos luchar fuertemente contra los lobos que pervierten el evangelio, pero debemos tener cuidado de no dañar a las ovejas en medio de nuestra lucha contra los lobos. Nuestra lucha contra los lobos es para proteger a las ovejas no para herirlas.

Pero, al segundo grupo uno debe responder con paciencia, amor y ternura. De hecho, uno puede prescindir de sus libertades por un tiempo y someterse a cierta ceremonia o detenerse de cierta práctica para no causar ofensa al débil:

A éstos debe cuidar de no ofenderlos; debe ceder a su debilidad hasta que estén más instruidos. Porque, puesto que éstos hacen y piensan como lo hacen, no porque sean obstinadamente malvados, sino sólo porque su fe es débil, los ayunos y otras cosas que consideran necesarias deben observarse para no ofenderlos. Porque así lo exige el amor, que no perjudica a nadie, sino que sirve a todos los hombres. No es por su culpa que son débiles, sino que sus pastores los han llevado cautivos con las trampas de sus tradiciones y han usado inicuamente estas tradiciones como varas con las que golpearles. De estos pastores deberían haber sido liberados por la enseñanza de la fe y la libertad.(4)

Los pastores tienen la mayor obligación aquí. Sí, es su responsabilidad implementar la reforma y llevar a la iglesia a basarse en la Biblia completamente, pero debido a los débiles y la inevitabilidad de ciertas ceremonias en esta carne, es importante que esa reforma sea lenta y con paciencia. El pastor tiene la obligación de instruir constantemente en la fe y guiar la libertad del cristiano para que, si este pastor quiere cambiar o abandonar cierta ceremonia en la iglesia, entonces se le pide que los débiles sean educados en la naturaleza bíblica del cambio y no lo vean como la introducción de una nueva tradición humana. Lo más importante en este punto es el amor (1 Cor. 8).

Como dice Lutero en un sermón sobre Salmo 14: «Mi conocimiento, por lo tanto, debe someterse por un tiempo y servir a su ignorancia, no debe hincharse contra él; de modo que el amor que sirve a su ignorancia o debilidad de conciencia, es mejor que el conocimiento hinchado que condena y domina sobre su ignorancia».(5)

Las ceremonias, las vigilias, los ayunos, etc., no son malos en sí mismos, sino más bien pueden proveer una oportunidad para disciplinar al hombre y producir una personalidad más espiritual; pero el confiar en actos ceremoniales para la justificación debe ser fuertemente rechazado. Las ceremonias son como el tutor de los niños en la fe y sirven hasta que lleguen a la madurez de la fe. Esto no se trata de rechazar las ceremonias completamente, ni su valor, sino que trata de ponerlo en su lugar apropiado y elevar la fe como el único medio para la justificación. Como Lutero dijo alguna vez:

Así pues, no despreciamos las ceremonias y las obras, es más, les damos gran importancia; sino que despreciamos la falsa estimación que se hace de las obras, para que nadie piense que son la verdadera justicia, como creen esos hipócritas que gastan y pierden toda su vida en el celo por las obras, y nunca alcanzan aquello por lo que las obras han de hacerse; como dice el Apóstol [Pablo] «siempre aprendiendo y nunca pudiendo llegar al conocimiento de la verdad».

Porque parecen querer construir, hacen sus preparativos, y sin embargo nunca construyen. Así permanecen atrapados en la forma de la piedad y no alcanzan su poder. Mientras tanto, se complacen en sus esfuerzos, e incluso se atreven a juzgar a todos los demás a los que no ven brillar con un espectáculo de obras similar. Sin embargo, con los dones de Dios que han gastado y abusado en vano, podrían, si hubieran estado llenos de fe, haber realizado grandes cosas para su salvación y la de los demás.(6)

Por lo tanto, lo que todos los hombres necesitan es de mucha paciencia y de continua oración para dejarse enseñar por Dios mismo, para alimentarse en cuanto a su fe y fortalecerse en la convicción de su libertad; y que su fe y libertad produzcan fruto en servicio a Dios y al prójimo.

Lutero esperaba ver en otros lugares los mismos cambios que se estaban implementando en Wittenberg en este tiempo y, de hecho, con tiempo él mismo va a hacer las mismas reformas y llevarlas más allá, por ejemplo, con su propia traducción de la misa, etc. Pero, lo que él no quería ver era una imposición de estas convicciones y prácticas en los creyentes, ni el uso de fuerza para producir o forzar una uniformidad. Lo que Lutero quería era ver instrucción concisa, fiel y paciente de las verdades para guiar a la consciencia del creyente más débil para que pueda adoptar estas prácticas como bíblicas o abandonar otras como tradiciones humanas, y todo esto debido a una consciencia limpia delante de la Palabra.

Esta es la base para una verdadera reforma, tanto en los días de Lutero como en los nuestros.

* * * * * *

Notas al pie:

(1) Citado en Bainton, Here I Stand.

(2) Citado en Bainton, Here I Stand.

(3) Lambert, «A Treatise on Christian Liberty with A Letter to Pope Leo X», 2:346.

(4) Lambert, «A Treatise on Christian Liberty with A Letter to Pope Leo X», 2:345.

(5) Martin Luther, Select Works of Martin Luther: An Offering to the Church of God in «The Last Days», trans. Henry Cole, vol. IV (London: T. Bensley, 1826), 63.

(6) Lambert, «A Treatise on Christian Liberty with A Letter to Pope Leo X», 2:348.

Taylor E. Walls
Es uno de los pastores de la Iglesia Bautista Reformada Gracia Soberana en Santo Domingo, Ecuador. Después de terminar su Bachillerato en Lenguas, realizó sus estudios teológicos en Grace Bible Theological Seminary de donde recibió una Maestría en Letras. Además, es Director de Estudios Internacionales del Grace Bible Theological Seminary en Conway, Arkansas, EE. UU. Es miembro de la Junta Directiva del Seminario Bautista Confesional de Cuba. También sirve como editor de la editorial Free Grace Press desde el 2012 y también en Legado Bautista Confesional. Reside en Santo Domingo, Ecuador, con su esposa Ariel y dos hijos, Lilah y Liam; en donde sirve como Director Académico y profesor de Teología Exegética e Histórica de la Escuela Pastoral de su iglesia local.
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