Las oraciones son una de las mayores bendiciones que un pastor puede experimentar gracias a las personas a las que sirve. En la iglesia hay personas a las que sirvo que me hacen saber regularmente que están orando por mí y hay otras que, aunque no me lo dicen con muchas palabras, demuestran un interés piadoso por mí y mis responsabilidades. Estoy entre esos pastores bendecidos ―como dijo Spurgeon― que «da por sentado que los suyos oran por él».(1)
Pero estoy convencido de que las personas a las que sirvo si supieran más sobre la gran necesidad que tengo por la oración, orarían aún más. Muchas de las necesidades son visibles pero las necesidades más profundas solo las conoce, y solo en parte, el propio corazón del pastor.
Mi esposa, Donna, y yo estamos leyendo de nuevo este año [2024] Morning Thoughts [Pensamientos matutinos], de Octavius Winslow. No estoy seguro de cuántas veces lo hemos leído. Pero cada vez ha demostrado ser un instrumento útil para ayudar a enfocar nuestros pensamientos para el día que tenemos por delante. Recientemente leímos su meditación sobre Romanos 15:30, donde se expone la necesidad que tienen los pastores de las oraciones de su iglesia. Una vez más, me sentí profundamente conmovido por un sentimiento de gratitud y una nueva conciencia de lo que desesperadamente necesito y que solo Dios puede proporcionar.
Debido a Su gracia y misericordia hacia nosotros en Cristo, Él nos lo proporciona. Y lo hace a través de las oraciones de Su pueblo. Les recomiendo las palabras de Winslow con un estímulo propio: que hagan de la oración por su pastor una disciplina estudiada y sincera.
«Os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu,
que os esforcéis juntamente conmigo en vuestras oraciones a Dios por mí».
(Romanos 15:30)
La magnitud de su trabajo(2)
Hay muchas consideraciones importantes y solemnes que respaldan poderosamente las oraciones de la Iglesia de Dios en favor de sus ministros y pastores. La primera que se puede alegar tiene que ver con la magnitud de su trabajo. Nunca se ha confiado en unas manos mortales una obra más grande que la suya. Ningún ángel en la embajada celestial tiene una comisión de mayor autoridad, ni vuela para cumplir un deber de tan extraordinaria grandeza y responsabilidad [como la del pastor]. Él [el pastor] es un ministro del Señor Jesucristo, un embajador de la corte celestial, un predicador del glorioso evangelio del Dios bendito y un administrador de los misterios del reino.
Para desempeñar adecuadamente este alto cargo, dando a la familia su porción de alimento a su debido tiempo, descendiendo a la mina de la palabra de Dios y sacando a la luz de todo entendimiento sus tesoros ocultos, y para manifestar la gloria de Emanuel, la idoneidad de su obra y la plenitud de su gracia, y para ser un escriba bien instruido, que divide correctamente la palabra de verdad, y para ser sabio y hábil para ganar almas, el gran fin del ministerio cristiano, [para hacer todo esto] ¿quién necesita tanto las alentadoras oraciones de la Iglesia como él?
Su propia insuficiencia
En segundo lugar. La dolorosa sensación de él no es suficiente proporciona otra conmovedora súplica. ¿Quiénes son los ministros de Cristo? ¿Son ángeles? ¿Son seres sobrehumanos? ¿Están inspirados? No, sino que son hombres en todos los aspectos como los demás. Tienen las mismas debilidades, son objeto de los mismos ataques y no están alejados de nada que sea propiamente humano. Así como el corazón conoce su propia amargura, solo ellos son verdaderamente conscientes de la existencia y la operación de esas muchas y persistentes debilidades que comparten con los demás. Y, sin embargo, Dios les ha encomendado una obra que aplastaría hasta los poderes de un ángel, si se dejara en manos de su propia capacidad.
Sus pruebas peculiares
En tercer lugar. Las numerosas y peculiares pruebas del ministerio y el pastorado nos piden este favor. Son propias e inseparables del cargo que desempeñan. Además de aquellas [pruebas] que comparte con otros cristianos en asuntos personales, domésticos y familiares, hay pruebas que necesariamente son totalmente ajenas. Y como son desconocidas para las personas a su cargo, estas [personas] no pueden aliviarlas. Con toda la dulzura del afecto, la ternura de la simpatía y la delicadeza de la atención que le brindan a su pastor, aun así existe una carencia que solo Jesús puede suplir y que, a través del canal de tus oraciones, Él suplirá.
Además de las suyas, él también lleva las cargas de los demás. Qué imposible es para un pastor afectuoso y comprensivo separarse de las circunstancias de su rebaño, sean cuales sean esas circunstancias. Tan estrecho y comprensivo es el vínculo de unión que, si ellos sufren, él se lamenta; si están afligidos, él llora; si son avergonzados, él es culpado; si se regocijan, él se alegra. Él es uno con su Iglesia. Con cuánta sensibilidad lo expresa el apóstol: «Además de tales cosas externas, está sobre mí la presión cotidiana de la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién es débil sin que yo sea débil? ¿A quién se le hace pecar sin que yo no me preocupe intensamente?» [2Cor 11:28-29].
Ver a un pastor cristiano, que además de su propio dolor personal, a menudo soportado en soledad y silencio sin quejarse, se ve abrumado por las preocupaciones acumuladas que no son suyas ―mientras otros acuden a él en busca de simpatía, consuelo y consejo― es un espectáculo que bien podría despertar a favor de cada ministro cristiano el espíritu dormido de la oración. No nos sorprende oír al más destacado de los apóstoles suplicar así: «Hermanos, orad por nosotros…» [2Tes 3:1].
(Esto fue tomado de la entrada del 1 de agosto de Winslow’s Morning Thoughts)
_______
NOTAS:
[1] Nota del editor: Aunque el autor no hace referencia, muy posiblemente la frase haya sido tomada del sermón The Minister’s Plea, (1 de noviembre, 1873, Vol. 19). Para consultar: <https://www.spurgeon.org/resource-library/sermons/the-ministers-plea/#flipbook/>.
[2] Nota del autor original: Yo agregué los subtítulos.
Traducido por: Gisell Pérez









