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La consciencia sometida a la Palabra de Dios

La vida de Lutero es de gran interés histórico. La teología de Lutero provee una vista de los principios más fundamentales e importantes de la Reforma, pero su teología no se quedaba en el ámbito intelectual, sino que él quería desarrollar una teología que afectara la vida. Aunque Lutero, en contraste con muchos de los humanistas reformadores, llega a la raíz teológica de los problemas de la iglesia católica romana, no ignora la conexión intima entre la teología y la práctica individual y eclesiástica que esa teología produce. Por eso, la reforma protestante era tanto una reforma del evangelio en las afirmaciones teológicas de la iglesia, como también del evangelio en su fruto práctico en la vida cotidiana de la iglesia y del creyente individual.

En esta serie artículos sobre ‘el legado práctico de Lutero y la reforma protestante’ resumiré siete lecciones prácticas que podemos derivar de la vida de Lutero. Vamos a ver (1) la importancia de la consciencia sometida a la Palabra de Dios, (2) la ternura y naturaleza práctica del corazón pastoral, (3) la necesidad de paciencia en reformar la iglesia, (4) la realidad constante de la depresión y guerra espiritual, (5) cómo sufrir con confianza en el evangelio, (6) la bendición recobrada del matrimonio y (7) la realidad de la vocación individual.

En este artículo veremos el primer punto sobre la importancia de la conciencia sometida a la Palabra de Dios. Los siguientes puntos los veremos en los siguientes artículos en los próximos días consecutivos.

El primer detalle del ejemplo de Lutero que podemos tomar e implementar en nuestras propias vidas es su énfasis en ‘la consciencia sometida a la Palabra de Dios’ y el rechazo del temor a los hombres. Lutero escribió acerca de este punto y muchas veces su valentía en escribir abiertamente en contra de la enseñanza católica fue motivada por una consciencia cautivada por la Palabra de Dios. Pero, antes de ver esto podemos ver el ejemplo de su propia vida.

Cuando fue excomulgado por el papa en 1520 por una bula oficial, a Lutero se le llama para comparecerse delante del concilio de Worms convocado por el emperador del Sacro Imperio Romano. Se fue a Worms el 16 de abril y el siguiente día entró al tribunal delante del emperador, todos los príncipes del imperio y los delegados del papa. Al lado de Lutero estaba una mesa con sus varios escritos; y un hombre por nombre Eck (no el mismo que debatió en Leipzig) le preguntó si eran suyos. Cuando Lutero dijo que ‘sí’, entonces Eck le preguntó si se retractaba de sus herejías y se arrepintiera. Cuando se dio de cuenta que no había tiempo para discutir, Lutero pidió tiempo para considerarlo. El emperador le concedió un día.

Al siguiente día, le preguntaron lo mismo, y Lutero dio un discurso en alemán en que defendió sus escritos, diciendo que contenían muchas cosas que todos cristianos afirmaban y que estaba dispuesto a destruir sus propios escritos si fuera convencido por argumento escritural de sus errores. Esto no fue suficiente y le acusaron de ser proponente de las mismas herejías de Wycliffe y Huss (que ya fueron condenadas por la iglesia romana en 1415), a lo cual Lutero respondió con sus palabras famosas:

A menos que sea refutado y condenado por los testimonios de las Escrituras o por una razón clara—ya que no creo ni a los papas ni a los concilios por sí mismos, pues es evidente que a menudo han errado y se han contradicho—, estoy conquistado por las santas Escrituras que he citado, y mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retirar nada, ya que no es seguro ni correcto hacer nada en contra de la propia conciencia. Aquí estoy. Que Dios me ayude. Amén.(1)

En esta historia vemos la resolución de Lutero de someterse a la Palabra de Dios y no pecar contra su consciencia, misma que había ido informándose a la luz de la Palabra en los últimos 3 años. De hecho, el año anterior (1520) Lutero había escrito algunos de sus tratados más claros sobre el evangelio y en contra de las afirmaciones de supremacía de la iglesia católica romana. Para este momento, el rechazar sus escritos o la teología que había aprendido, sería rechazar el evangelio mismo.

Pero, Lutero se mantiene firme a pesar de la muerte casi inevitable al no retractarse, sin temor a los hombres y con el deseo de someter su consciencia completamente a la Palabra de Dios. Como él dijo en su tratado dirigido a los nobles de Alemania el año anterior: «Prefiero tener la ira del mundo sobre mí que la ira de Dios. El mundo no puede hacer más que quitarme la vida».(2) Lo que Lutero afirma en este tratado, lo pone en práctica en la dieta de Worms.

Lutero no quería causar problemas en la iglesia simplemente para ser conflictivo, sino que él veía la enseñanza y práctica de la iglesia romana como una tiranía que había llevado cautiva la consciencia de los creyentes. Los creyentes estaban atados y subyugados a las ceremonias y falsas enseñanzas de la iglesia romana y, por eso, habían perdido todo entendimiento de su identidad cristiana, la realidad de su libertad y la gloria de los beneficios otorgados por la fe y los sacramentos. Este es el tema que toca principalmente en su tratado ‘La Cautividad Babilónica de la Iglesia’. Sin embargo, Lutero había recibido luz sobre la fe y el evangelio, por causa de la gracia de Dios, y estaría mal para él no transmitir esta verdad a los creyentes para darles la oportunidad para recibir más beneficio de su involucramiento en la iglesia.

Lutero entiende que a veces los creyentes se siguen sometiendo a la tiranía de la iglesia porque no tienen otra opción; pero a través de la educación de otros pastores y sus propios escritos, podían por lo menos empezar a desatar a su consciencia de esa tiranía y vivir más conforme a la fe y las promesas de Dios en el evangelio. Por lo tanto, él dice lo siguiente en ese tratado:

He recibido la verdad gratuitamente [Mateo 10:8] y la impartiré sin malicia. Por lo demás, que cada uno mire por su propia salvación; yo haré mi parte fielmente para que nadie pueda echarme la culpa de su falta de fe y de su ignorancia de la verdad cuando comparezcamos ante el tribunal de Cristo [2 Cor. 5:10].(3)

Al exponer sus enseñanzas públicamente de esta manera, su intención primaria es guiar a los cristianos que han sido subyugados y esclavizados al ceremonialismo de la iglesia; pero al mismo tiempo, él sabe que se va a enfrentar a los ataques de los católicos romanos y los que quieren mantener su sistema sacramental y fortalecer su propia autoridad que el sistema romano les otorga. Por lo tanto, Lutero sabe que los hombres luchan contra la verdad y hasta encuentra consolación en este rechazo. De hecho, que los hombres unánimemente aceptaran sus escritos era su temor más grande. Como él mismo dijo:

Además, muchas veces he ofrecido mis escritos para que sean investigados y escuchados, pero ha sido en vano. Sin embargo, sé muy bien que, si mi causa es justa, debe ser condenada en la tierra y ser justificada sólo por Cristo en el cielo, pues todas las Escrituras muestran que la causa de los cristianos y de la cristiandad debe ser juzgada sólo por Dios. Además, ninguna causa ha sido jamás justificada en la tierra por los hombres, porque la oposición ha sido siempre demasiado grande y demasiado fuerte. Todavía es mi mayor preocupación y ansiedad que mi causa no sea condenada, por lo que sabría con certeza que todavía no es agradable a Dios.(4)

Una vez más vemos la disposición de Lutero de creer y afirmar la verdad, e incluso publicarlo en una forma expuesta y pública, aun sabiendo que va a ser rechazado y condenado.

Por lo tanto, la sumisión a la consciencia informada [moldeada] por las Escrituras es más importante que la aprobación de los hombres; y alguien que busca someter su consciencia a las Escrituras debe esperar recibir oposición y condenación por los hombres. Sin embargo, alguien también puede consolarse sabiendo que, si cree en la verdad de Dios y la predica, se puede salvar a sí mismo delante de Dios y también a los que le escuchan.

En un sermón sobre 1 Timoteo 1:5-7, sobre la «sustancia de la vida cristiana», Lutero dice que la vida cristiana consiste en estas tres cosas: [1] un corazón de amor puro, [2] una buena consciencia delante de Dios y los hombres, y [3] la fe genuina. En cuanto a la consciencia, él dice que los hombres deben buscar vivir siempre en amor a Dios y al prójimo haciendo todo con la motivación de bendecir a los demás para poder decir como Moisés, Samuel y otros santos, que nunca engañaron, se aprovecharon, o hicieron algo para el daño de otros.

La verdadera religión no consiste en una licencia para pecar, sino en una preservación de una limpia consciencia delante de Dios que produce tal corazón de amor en nosotros que hacemos todo para el bien de otros. Es esta consciencia la que nos guía y nos protege de las concesiones o rendimientos en cuanto a la fe o la práctica. Como Lutero dijo:

Que ningún cristiano permita que se le arrebate esta confianza, para que pueda gloriarse de sí mismo por medio de la Palabra de Dios contra todo el mundo; porque quien no tiene un principio seguro según el cual pueda dirigir su vida, de modo que pueda tapar la boca de todos los acusadores, y se aclare y reivindique ante todos, como si hubiera vivido, hablado y hecho con justicia, no es todavía un cristiano, pues no tiene en sí mismo un corazón puro y una caridad verdadera.

La religión que no sirve de nada es esa que dice que mientras creamos y tengamos de tal manera la doctrina de la fe podemos hacer lo que queramos, ya sea para ventaja o desventaja de nuestro enemigo. Porque, de esta manera, la doctrina tendría la tendencia de darnos la licencia y la impunidad de hacer lo que nos plazca. En cambio, lo que debemos alcanzar es la caridad de un corazón puro y de una buena conciencia, para que nadie pueda acusarnos de ninguna mala acción.(5)

Sin embargo, ¿Cómo es que uno pueda obtener tal consciencia? Si una consciencia buena y limpia delante de Dios es esencial para la vida cristiana y para combatir los ataques del diablo, ¿Cómo es posible obtenerla cuando comparamos nuestras vidas con la Palabra y vemos tantos pecados y errores? Quizás delante de los hombres podemos declararnos justos, pero a la luz de la Palabra vemos muchos errores y fallas. La respuesta de Lutero no es una autoconfianza, ni un corazón obstinado o arrogante que se cree mejor de lo que es.

En cambio, la verdadera consciencia que debemos buscar es la que consiste en dos cosas: el primer punto es que debemos encontrar nuestra confianza, no en nuestra consciencia misma, sino en la consolación de nuestra consciencia afligida con la promesa del evangelio. Es decir, nuestra justificación y salvación no depende de nuestra consciencia limpia, sino de la obra de Cristo; y es su obra la que nos hace posible tener una consciencia limpia. Como Lutero mismo llegó a decir:

Por lo tanto, aquí debe venir en nuestra ayuda el gran punto de nuestra doctrina: a saber, que nuestro Señor Jesucristo, siendo enviado por el Padre, vino al mundo y sufrió y murió por nosotros: por lo cual, habiendo aplacado la ira del Padre, nos devolvió su buena voluntad y favor, y ahora se sienta a la diestra del Padre como nuestro Abogado y Salvador, y como un Mediador continuo, intercediendo por nosotros con sus oraciones, por ser aquellos que no tienen ni pueden alcanzar, por sí mismos, tal pureza y buena conciencia. Por lo tanto, con su ayuda y beneficios, podemos decir ante Dios:

Aunque no soy puro ni tengo buena conciencia, me adhiero a Cristo por la fe, que tiene una pureza perfecta y una buena conciencia que él pone por mí; más bien, me la da. Viendo que sólo Él es, acerca de quien se registra y se lee en [la carta de] Pedro, e Isaías 55: «Que no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca». Y esta gloria sólo le pertenece a Él; [ya que] ni tiene necesidad de orar: «Perdona nuestras ofensas», etc., ni de [creer en] ese artículo del Credo: «Creo en el perdón de los pecados», etc. sino que está libre y seguro en una justicia eterna, pura y plena; y a quien ningún hombre puede imputar ninguna acción mala y cuya conciencia nadie puede acusar de ningún pecado, ni el hombre ni el diablo, no, ni siquiera Dios mismo: porque él mismo es Dios y no puede acusarse a sí mismo.(6)

Así que, aunque la limpia consciencia es manchada frecuentemente por nuestras fallas, también es reconfirmada y fortalecida al recurrir constantemente al evangelio y la justicia perfecta de Cristo.

Además, el segundo punto es la humildad. Nosotros no debemos pintar en blanco nuestros pecados y fallas, sino que debemos entender nuestras incapacidades y constantemente recurrir a la oración para pedir perdón y la renovación de nuestras fuerzas. Nuestra meta, y lo ideal, es una consciencia limpia delante de Dios y los hombres, pero cuando fallamos, como es seguro que pasará en esta vida, debemos humillarnos para pedir perdón de los hombres que ofendemos y perdón a Dios. Como dijo Lutero en otra parte de este mismo sermón:

Y si esto no puede hacerse con perfecto amor y pureza de corazón, hágase al menos con humildad; y pidamos y supliquemos a todos el perdón de nuestras faltas, cuando no hayamos hecho o no podamos hacer exactamente lo que debemos; de modo que nuestro prójimo se vea obligado a decir: «Aunque no me hayas agraviado de manera común, y aunque no me hayas servido lo suficiente y como deberías haberlo hecho, sin embargo, porque te humillas, te perdonaré de buen grado y te recibiré en mi favor y confianza; y, por tu humildad, te declararé un hombre bueno, ya que no te obstinas como si quisieras perjudicarme, sino que te vuelves a la caridad».(7)

En adición a estos puntos, Lutero también enfatiza la importancia de una convicción doctrinal. Es decir, una certeza de la verdad que uno predica. Lutero frecuentemente fue atacado por el argumento: ¿Cómo es que solo tú tienes la verdad y nadie más? La Iglesia romana había enseñado los errores de sus días por algunos siglos y ahora un monje oscuro estaba yendo en contra de estas doctrinas establecidas. Pero, lo que el teólogo debe hacer es asegurarse de que lo que afirma proviene de la Palabra de Dios y, con la Palabra de Dios, es capacitado para ir en contra de todo el mundo si éstos dicen lo contrario. Como él mismo llegó a decir en uno de sus discursos de mesa:

«Por encima de todo», dijo Lutero, «estemos seguros de que esta doctrina que enseñamos es la palabra de Dios; porque cuando estemos seguros de ello, entonces podremos construir sobre ella y esta causa permanecerá y debe permanecer, por más que el diablo y el mundo se ensañen con ella. Yo (¡alabado sea Dios!) sé con certeza que la doctrina que enseño es la palabra de Dios; y ahora he cazado de mi corazón todas las demás doctrinas y creencias, que veo que no están de acuerdo con la palabra de Dios. Y ahora he superado aquellas pesadas cavilaciones y tentaciones que a veces me atormentaban de esta manera: “¿Eres tú (pensaba yo) el único hombre que tiene la palabra de Dios pura y limpia, mientras que todos los demás fallan en ella?”.

De esta manera Satanás nos humilla y ataca, bajo el nombre y el título de la iglesia de Dios. Dice él, “esa doctrina, que la iglesia ha sostenido y establecido por derecho durante tantos años, ¿ahora presumes de rechazarla y derribarla con tu nueva doctrina, como si fuera falsa y errónea, produciendo así problemas, alteración y confusión, tanto en el gobierno espiritual como en el temporal?».

«A la verdad», dijo Lutero, «en este caso, no sólo debemos estar bien armados con la palabra de Dios, y estar bien preparados, sino que también debemos tener la certeza de la doctrina, de lo contrario no podremos estar en el combate. Un hombre debe ser capaz de afirmar y decir con valentía: “Sé, con certeza, que lo que enseño es, en verdad, la palabra de la Alta Majestad de Dios en el cielo, su conclusión final, y la verdad inmutable y eterna; y todo lo que no concuerda con esta doctrina es totalmente falso e inventado por el diablo. Tengo ante mí la palabra de Dios, que no puede fallar, ni las puertas del infierno pueden prevalecer contra ella; así permaneceré, aunque el mundo entero se me oponga; y, además, tengo este consuelo, que Dios dice: ‘Te daré gente y oyentes que la reciban; echa tu cuidado sobre mí, yo te defenderé; ¡sólo permanece robusto y firme en mi palabra!’”».(8)

Lutero también tuvo que poner este principio en práctica porque él predicaba el evangelio antes de que fuera de moda, y lo hacía cuando había pocos otros predicadores de esa verdad y, además, mucha oposición. Tenía a todo el mundo, todo el poder de la Iglesia Católica romana, y al imperio alemán en contra de él.

Por lo tanto, para ir en contra de tal oposición, uno tenía que estar completamente convencido de la verdad de lo que enseñaba. Esta es la misma convicción que nosotros debemos desarrollar. Ahora es mucho más fácil predicar el evangelio y podemos unirnos a los rangos de los reformadores, los puritanos, Spurgeon, Machen, Lloyd-Jones, y a muchos de los predicadores fieles del día de hoy. Pero, para seguir el ejemplo de Lutero, no debemos encontrar nuestra convicción y certeza en que lo que predicamos se encuentra en los escritos de estos hombres, sino que nosotros, junto con ellos, hemos derivado nuestra doctrina de la Palabra de Dios.

En su debate con Eck en Leipzig de 1519, Lutero se tuvo que enfrentar a esta misma pregunta, y su respuesta fue notable. La pregunta clave de Eck era: «¿Es usted el único que sabe algo? ¿Toda la Iglesia está en el error, excepto tú?».(9) Y decía esto porque se centraba en la autoridad para interpretar los decretos de los concilios y las Escrituras. Eck, como un buen católico romano, afirmó que el papa y la curia católica tenían el derecho único de interpretar oficialmente las Escrituras y la historia de la iglesia. Pero, la consciencia de Lutero no le permitió dejar lo que él vio como la enseñanza clara de la Biblia para querer concordar con los hombres, aunque sean papas, obispos, o concilios. Por lo tanto, respondió:

Yo respondo que Dios habló una vez por la boca de un asno. Os diré directamente lo que pienso. Soy un teólogo cristiano; y estoy obligado, no sólo a afirmar, sino a defender la verdad con mi sangre y mi muerte. Quiero creer libremente y no ser esclavo de la autoridad de nadie, sea concilio, universidad o papa. Confesaré con confianza lo que me parece verdadero, ya sea que lo haya afirmado un católico o un hereje, ya sea que lo haya aprobado o reprobado un concilio.(10)

En conclusión, si queremos aprovechar el legado de la piedad práctica de Lutero, debemos buscar cultivar una limpia consciencia. Esta consciencia debe ser llena de valentía en afirmar las verdades de la Palabra de Dios a pesar de, e incluso con la expectativa de, la oposición de los hombres. El temor de los hombres no debe llevarnos a abandonar lo que sabemos que es la verdad de la Palabra de Dios, incluso si nos cuesta la vida.

Además, esta consciencia debe ser informada por el evangelio, debe consolarse de sus frecuentes fallas en la obra perfecta de Cristo y debe poner como su meta suprema hacer todo, para Dios y para los hombres, con un corazón lleno de amor puro. La vida de un hombre con limpia consciencia es una vida de bendición y amor para con los demás. Se sacrifica a sí mismo para hacer bien a otros, incluso si esto le haría daño propio. Pero, cuando fallemos, como vamos a hacer si somos honestos, debemos reafirmar nuestra fe en el evangelio y humillarnos a pedir el perdón tanto de Dios como de los hombres que hemos ofendido.

* * * * * * * *

Notas al pie:

(1) Citado en Needham, 2000 Years of Christ’s Power, 3:101.

(2) Denis R. Janz, ed., A Reformation Reader: Primary Texts with Introductions, Second Edition. (Minneapolis, MN: Fortress Press, 2008), 104; = A la Nobleza Cristiana.

(3) Martin Luther, Martin Luther’s Basic Theological Writings, ed. William R. Russell y Timothy F. Lull, Third Edition. (Minneapolis, MN: Fortress Press, 2012), 210; = Cautividad Babilónica.

(4)  Janz, Reformation Reader: Primary Texts with Introductions, 104–105; = A la Nobleza Cristiana.

(5) Martin Luther, «Sermon VIII: Concerning the Sum of the Christian Life», en Select Works of Martin Luther: An Offering to the Church of God in «The Last Days», trans. Henry Cole, vol. I (London: T. Bensley, 1826), 528.

(6) Luther, «Sermon VIII: Concerning the Sum of the Christian Life», 1:532.

(7) Luther, «Sermon VIII: Concerning the Sum of the Christian Life», 1:528–529.

(8) Martin Luther, Luther’s Table Talk: Or, Some Choice Fragments from the Familiar Discourse of the Godly, Learned Man, and Famous Champion of God’s Truth (London; Dublin; Edinburgh; Newcastle upon Tyne: Longman, Rees, Orme, Brown, and Green; Hatchard; Seeley; Rivingtons; W. Whyte and Co.; Finlay and Charlton, 1832), 23–25.

(9) Citado en Bainton, Here I Stand.

(10) Citado en Bainton, Here I Stand.

Taylor E. Walls
Es uno de los pastores de la Iglesia Bautista Reformada Gracia Soberana en Santo Domingo, Ecuador. Después de terminar su Bachillerato en Lenguas, realizó sus estudios teológicos en Grace Bible Theological Seminary de donde recibió una Maestría en Letras. Además, es Director de Estudios Internacionales del Grace Bible Theological Seminary en Conway, Arkansas, EE. UU. Es miembro de la Junta Directiva del Seminario Bautista Confesional de Cuba. También sirve como editor de la editorial Free Grace Press desde el 2012 y también en Legado Bautista Confesional. Reside en Santo Domingo, Ecuador, con su esposa Ariel y dos hijos, Lilah y Liam; en donde sirve como Director Académico y profesor de Teología Exegética e Histórica de la Escuela Pastoral de su iglesia local.
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