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La ternura y naturaleza práctica del corazón pastoral

La vida de Lutero es de gran interés histórico. La teología de Lutero provee una vista de los principios más fundamentales e importantes de la Reforma, pero su teología no se quedaba en el ámbito intelectual, sino que él quería desarrollar una teología que afectara la vida. Aunque Lutero, en contraste con muchos de los humanistas reformadores, llega a la raíz teológica de los problemas de la iglesia católica romana, no ignora la conexión intima entre la teología y la práctica individual y eclesiástica que esa teología produce. Por eso, la reforma protestante era tanto una reforma del evangelio en las afirmaciones teológicas de la iglesia, como también del evangelio en su fruto práctico en la vida cotidiana de la iglesia y del creyente individual.

En esta serie de artículos sobre ‘el legado práctico de Lutero y la reforma protestante’ resumiré siete lecciones prácticas que podemos derivar de la vida de Lutero. El artículo pasado trató sobre el primer punto: la importancia de la consciencia sometida a la Palabra de Dios. En este artículo veremos el segundo punto sobre ‘la ternura y naturaleza práctica del corazón pastoral’. Los siguientes puntos los veremos en los próximos artículos en los próximos días consecutivos.

El corazón pastoral de Lutero es el lugar donde vemos más claramente la naturaleza práctica de la teología y cómo esta guía al creyente en las luchas cotidianas. Por lo tanto, Lutero desarrolló su teología con el deseo de proveer paz a las consciencias de las ovejas basándose en la Palabra de Dios para conectarla con la vida cotidiana del creyente. Esto lo vemos en su forma de presentar la necesidad del evangelio:

Nuestro Señor y Salvador Jesús nos ha dejado un mandamiento, que concierne a todos los cristianos por igual: que debemos cumplir los deberes de humanidad, o (como las Escrituras los llaman) las obras de misericordia, a los que están afligidos y bajo calamidad; que debemos visitar a los enfermos, tratar de liberar a los prisioneros, y realizar otros actos similares de bondad hacia nuestro prójimo, por lo que los males de este tiempo presente pueden ser en cierta medida aligerados.

Y de este mandamiento nuestro Señor Jesucristo mismo nos ha dado el más brillante ejemplo, en que, por infinito amor a la raza de los hombres, descendió del seno del Padre a nuestra miseria y celda, es decir, a nuestra carne y vida tan llena de males, y tomó sobre Sí la pena de nuestros pecados, a fin de que pudiéramos ser salvados; como dice en Isaías 43:24: «Me has hecho servir con tus pecados, y me has fatigado con tus iniquidades».(1)

Ahora bien, este alejamiento se logra mejor por medio de la Palabra, por la cual nuestros pensamientos se desvían de lo que nos mueve en el momento presente hacia lo que o está ausente o no nos mueve en ese momento. Por tanto, es cierto que sólo alcanzaremos este estado de ánimo mediante el consuelo de las Escrituras, que nos llaman, en el día del mal, a la contemplación de las cosas buenas, presentes o futuras, y, en el día del bien, a la contemplación de las cosas malas.(2)

Por eso, cuando Dios en su misericordia nos castiga, nos revela y nos impone sólo los males más leves; porque si nos llevara al pleno conocimiento de nuestra maldad, pereceríamos en seguida. Pero aun esto ha dado a gustar a algunos, y de ellos está escrito: «A los infiernos baja y a los infiernos sube». Por eso dicen bien quienes llaman a nuestros sufrimientos corporales los monitores del mal interior. … Y Él hace esto, a fin de que por medio de tales azotes y males menores expulse esos grandes males, para que nunca tengamos necesidad de sentirlos.(3)

En esencia, el corazón pastoral de Lutero se ve en su deseo de minimizar los obstáculos entre el creyente y Dios, siendo eso lo que vamos a ver. Para esto, el pastor debe basar su enseñanza en la Biblia completamente, debe instruir al creyente en las verdades de la Biblia y su identidad en el evangelio, y debe comprender las luchas cotidianas del creyente y cómo aplicar las verdades a ellos por su propia experiencia.

El consolador de almas

Como vimos en el primer artículo, la consciencia limpia e informada por la Palabra no es para el beneficio propio, sino para el beneficio de otros. Esta realidad se ve más claramente reflejada en el corazón pastoral de Lutero. Su consciencia le llevó a afirmar la verdad, a rechazar los errores y a ser paciente con los hombres en amor para no hacer daño ni a la verdad de Dios, ni fomentar la tiranía que llevaba cautiva las consciencias de muchos creyentes. Sin embargo, para mantener su consciencia limpia, sintió la obligación de proclamar la verdad y oponerse al sistema católico romano para librar las consciencias atadas a las ceremonias y obras prescritas para la salvación de los hombres. Esto último no se trataba de meramente imponer ciertas tradiciones humanas, sino que era hacer que la misma salvación dependiera de la observación de estos ritos humanos.

Y esto es algo que Lutero no podía soportar con una limpia consciencia. Pero, su deseo de corregir estas cosas no era para terminar el debate y resaltar como aquel que tenía la razón, sino más bien para salvar a los que le escuchaban y librar sus consciencias de las ataduras del gobierno del Anticristo.

Podemos referirnos una vez más al libro La Cautividad Babilónica. Este tratado demuestra su deseo de librar a los creyentes de la tiranía impuesta sobre sus consciencias por parte del papa y la Iglesia, y restaurarles los beneficios de los sacramentos y las promesas de Dios. Lutero mismo había sufrido de esta tiranía por muchos años, por lo menos unos 12 años. Como hemos visto, Martín Lutero no era alguien ajeno a la iglesia y criticando lo que no había experimentado o conocido, sino alguien que había intentado encontrar la paz a través de todos los medios ofrecidos por la iglesia y que terminó con más problemas de consciencia que antes.

La vida de Lutero muestra la búsqueda de la paz en su consciencia y por esto la reforma nació de ese deseo de poder tener una consciencia consolada por Dios y de poder transmitir ese consuelo a los creyentes. Es decir, la reforma nació de un corazón pastoral de dar paz a las consciencias de los creyentes. Una parte de esta lucha en la vida de Lutero es que la iglesia católica romana no ofrecía esa certeza. Aunque uno pudiera hacer todas las obras prescritas por ellos, uno seguiría con sus dudas de saber si tales obras eran suficientes para obtener gracia y la salvación por toda su vida. Como un teólogo comenta:

Es concebible que, para el cristiano promedio de finales de la Edad Media, fuera difícil de conciliar un Dios voluntarista con la seguridad absoluta de la salvación en la vida cristiana. La crisis existencial de Lutero, según él, era prueba suficiente. Y como fue testigo a nivel pastoral, la combinación de voluntarismo y justificación podría crear una angustia incalculable en aquellos que se comprometieran seriamente a dar lo mejor de sí mismos. ¿Se vería socavada toda una vida de esfuerzo por conseguir lo mejor de uno mismo si Dios cambiara su voluntad por capricho? Técnicamente, basándonos en Escoto, Ockham y Biel, la respuesta es ‘no’.

Pero, desde el punto de vista pastoral, ¿qué impedía al cristiano medieval promedio llevar la concepción voluntarista a su extremo lógico, preguntándose (preocupándose) si Dios, al final, cumpliría su pactum? Este es el tipo de preguntas que se desprenden racionalmente de una mentalidad de vía moderna, independientemente de que ésta crea en su validez.(4)

En el sistema católico romano, no había lugar para una consciencia en paz con Dios, no les convenía, ni era algo que su sistema podía ofrecer. Pero, Lutero deseaba esta paz. Y, gracias a Dios, no la encontró en una fabricación, sino vio que lo que la iglesia ofrecía había oscurecido la paz que el evangelio realmente ofrece. La paz de la consciencia estaba disponible todo el tiempo, pero el problema es que no había enseñanza bíblica en la iglesia romana de sus días. Por lo tanto, toda la teología de Lutero se desarrolló en este contexto y con ese corazón pastoral.

Por ejemplo, su doctrina de la justificación por la imputación de la justicia pasiva (es decir, la justicia cumplida por Cristo en lugar de los creyentes) era un consuelo para el alma turbada por las aflicciones de la consciencia y las dudas. Como él dijo: «[N]o hay consuelo de conciencia tan firme y tan seguro, como lo es esta justicia pasiva».(5) De hecho, según la palabra de Dios y su propia experiencia, él podía afirmar que la única paz de la consciencia se encuentra en esta verdad:

Por lo tanto, la conciencia afligida y turbada no tiene remedio contra la desesperación y la muerte eterna, a menos que se aferre a la promesa de la gracia ofrecida gratuitamente en Cristo, es decir, esta justicia pasiva de la fe, o justicia cristiana. La cual, si puede comprender, entonces puede estar tranquilo y decir con valentía: No busco la justicia activa u operante, aunque sé que debo tenerla, y también cumplirla. Pero, aunque la tuviera y la cumpliera, no puedo confiar en ella, ni me atrevo a oponerla al juicio de Dios.

Por lo tanto, me desprendo de toda justicia activa, tanto de la mía como la de la ley de Dios, y me acojo únicamente a la justicia pasiva, que es la justicia de la gracia, la misericordia y el perdón de los pecados. Brevemente, [me apoyo sólo en] la justicia de Cristo y del Espíritu Santo, [en el] que no hacemos, sino que sufrimos, y no tenemos, sino que recibimos; Dios el Padre nos la da gratuitamente por medio de Jesucristo.(6)

Otro ejemplo de esto lo vemos en el punto clave en su teología de la distinción entre la ley y el evangelio. Uno puede pensar de estas doctrinas como meramente puntos teológicos y asuntos de debates para teólogos; pero, Lutero no estaba interesado en especulaciones que no tocaran la vida cristiana. Sin embargo, él vio en esta distinción una fortaleza contra todos los ataques que la ley puede hacer contra la consciencia del hombre. Como él llegó a decir:

Pero cuando en el tiempo de la prueba y de la tentación hablemos y discutamos con la Ley de esta manera, entonces encontraremos cuán difícil es hacer una diferencia correcta entre la Ley de la gracia, y la ley del estruendoso Moisés; por eso digo, entonces, que encontraremos cuán grande es el don divino y celestial de esperar con la Esperanza, mientras que parece que no hay nada que esperar; y cuán verdadero es el discurso de San Pablo, donde dice: «Por la fe en Cristo somos justificados, y no por las obras de la ley».(7)

No es en las torres elevadas de la academia que vemos la importancia de esta distinción, sino en medio de las luchas cotidianas contra el diablo y las aflicciones y turbaciones de la consciencia. Esta era una verdad en la propia vida de Lutero, y él esperaba encontrar lo mismo en los corazones de sus congregantes. Por lo tanto, la distinción entre la ley y el evangelio le recuerda al alma afligida sobre su justificación y del perdón infinito y perfecto que hay por sus fallas, y le consuela y anima a seguir adelante a pesar de las dificultades para superar las acusaciones del diablo y la ley.

Por lo tanto, una obligación principal del pastor es mantener siempre la distinción entre la ley y el evangelio en su predicación. La ley debe ser usada para humillar la arrogancia de los hombres y mostrar a los hombres su necesidad del evangelio, pero el trabajo del pastor es apuntar a Cristo, no es matar. El pastor toma el rol del buen samaritano, no para herir y dañar, sino para vendar y curar. Por eso, la predicación de la ley debe estar acompañada con el evangelio:

Debemos proclamar la voz de la ley para que los hombres teman y lleguen al conocimiento de sus pecados, y así se conviertan al arrepentimiento y a una vida mejor. Pero, no debemos detenernos en eso. Porque eso sería sólo herir y no vendar, herir y no curar, matar y no vivificar, llevar al infierno y no traer de vuelta, humillar y no exaltar. Por lo tanto, debemos predicar también la palabra de gracia y la promesa del perdón, mediante la cual se enseña y fortalece la fe. Sin esta palabra de gracia las obras de la ley, la contrición, la penitencia y todo lo demás se realiza y se enseña en vano.(8)

Además, los pastores deben seguir el ejemplo de Cristo al animar y motivar a las buenas obras, pero siempre con la base en el evangelio. Deben cuidar a sus creyentes de caer en las trampas del antiguo sistema de la justificación por obras y asegurar que todas sus obras, incluso las que benefician directamente al pastor o la iglesia, fluyan de una fe en el evangelio como su fruto y no de un corazón buscando salvarse a través de sus obras. Muchos pastores en sus días se beneficiaban de las contribuciones económicas y las buenas obras hechas para obtener la salvación. Poner obras como necesarias para la salvación aseguraba que no iban a parar de hacerlas. Pero, el pastor genuino, que fue educado por el evangelio y la distinción entre ley y evangelio, debe evitar toda apariencia de esto así como Lutero dijo:

Muchos pastores ciegos se esmeran en fomentar esta ignorancia y supresión de la libertad: incitan e instan a su pueblo en estas prácticas alabando tales obras, hinchándolas con sus indulgencias y nunca enseñando la fe. Pero, os aconsejo que, si queréis orar, ayunar o establecer algún fundamento en la Iglesia, tengáis cuidado de no hacerlo para obtener algún beneficio, ya sea temporal o eterno. Porque harías daño a tu fe que es la única que te ofrece todas las cosas.

Vuestro único cuidado debe ser que la fe aumente, ya sea entrenada por las obras o por los sufrimientos. Da tus dones gratuitamente a cambio de nada, para que otros se beneficien de ellos y les vaya bien gracias a ti y a tu bondad. Así serás verdaderamente bueno y cristiano. Porque ¿de qué te sirven las buenas obras que no necesitas para mantener tu cuerpo? Os basta vuestra fe, por la que Dios os ha dado todas las cosas.(9)

Esta obra de consolar a las almas con las glorias de lo que es suyo en el evangelio es la obra más elevada y valorada de todo el mundo. Aunque los hombres menosprecian esta obra, el ser el consolador y apacentador de almas es una obra sumamente noble: «Edificar y consolar una conciencia dolorida es muchísimo mejor que poseer muchos reinos; pero el mundo no lo considera, más bien lo desprecia; nos llaman rebeldes, perturbadores de la paz y blasfemos de Dios, que cambiamos y alteramos la Religión».(10)

El teólogo bíblico y práctico

Pero, el ser un buen pastor no es algo natural ni algo que sucede de un día para otro. Un pastor debe ocuparse del estudio de la Palabra de Dios. Más que todos los libros de los hombres, de los cuales hay demasiado en la opinión de Lutero, debe ser el estudiante de la Biblia. De hecho, Lutero dice:

Ni los concilios, ni los padres, ni nosotros, a pesar del mayor y mejor éxito posible, lo haremos tan bien como las Sagradas Escrituras, es decir, tan bien como Dios mismo lo ha hecho. (Por supuesto, debemos tener también el Espíritu Santo, la fe, la palabra piadosa y las obras, si queremos salvarnos). Por lo tanto, nos corresponde dejar que los profetas y los apóstoles estén en el atril del profesor, mientras nosotros, abajo, a sus pies, escuchamos lo que dicen. No son ellos los que deben escuchar lo que nosotros decimos.(11)

Para lograr ser buenos estudiantes de la Palabra de Dios y, de este modo, ser pastores capacitados para apacentar a las ovejas de Dios, uno debe utilizar un método de tres partes, mismo método que Lutero usó en su propia vida y el que él prescribe para otros. Los tres pasos son oratio (oración), meditatio (medtiación), y tentatio (tentación o pruebas). Es este método que produce buenos teólogos y pastores. Este método se deriva de su estudio del Salmo 119 en que ve estas tres cosas como el acompañante constante del salmista en sus estudios de la Palabra. Por lo tanto, debemos seguir su ejemplo y estudiar la Biblia a través de este método. En el prefacio a sus obras alemanas publicadas en Wittenberg durante su vida (publicado con el primer tomo en 1539), Lutero expone más completamente este método para el estudio de la Biblia y la preparación pastoral.

Oratio

La Biblia es la única fuente de la verdad. Todos los otros libros engañarán a los hombres, pero la Biblia misma es la única guía segura e infalible de la verdad. Por lo tanto, esta exige a los estudiantes de la Biblia: «arrodíllate en tu cuartito [Mateo 6:6] y ora a Dios con verdadera humildad y seriedad, para que por medio de su querido Hijo te dé su Espíritu Santo, y para que te ilumine, te guíe y te dé entendimiento».(12) El verdadero pastor y teólogo se acerca a la Biblia con la convicción de que la Biblia es la única fuente de la verdad y que el Espíritu Santo es necesario para la interpretación correcta de ella. Por lo tanto, debe seguir el ejemplo de David en el Salmo 119 y pedir constantemente la guía y ayuda del Espíritu Santo en su estudio de la Palabra.

La oración es una parte esencial de la vida cristiana como también debe serlo para la vida del pastor. De esta manera, Lutero pudo dar algunos consejos prácticos a su barbero quien le preguntó cómo orar. Lutero respondió en un breve discurso sobre una manera práctica de orar.

En primer lugar, debemos estar alerta a los intentos del mundo y el Diablo de enfriar nuestra vida de oración; y debemos frecuentemente usar la Palabra para avivar las llamas de la oración en nuestra alma. Al mismo tiempo, debemos evitar que las ocupaciones del día nos distraigan de la oración y tenerla a ella como la prioridad de cada día. Es cierto que el cristiano puede convertir cualquier deber en una oración y ofrenda de alabanza a Dios, pero no debemos permitir que esta realidad nos haga perezosos en la práctica de la oración.

Por lo tanto, cuando uno empieza a orar, debe ser con completa humildad. Lutero demuestra esta actitud en otro escrito:

Ante estas palabras me quedé totalmente estupefacto y aterrorizado. Pensé para mis adentros: «¿Con qué lengua voy a dirigirme a tal Majestad, viendo que todos los hombres deben temblar en presencia incluso de un príncipe terrenal? ¿Quién soy yo, para levantar mis ojos o mis manos ante la divina Majestad? Los ángeles lo rodean. Ante su gesto, la tierra tiembla. ¿Y yo, pequeño y miserable pigmeo, diré: “quiero esto, pido aquello”? Porque soy polvo y ceniza, y estoy lleno de pecado, y me dirijo al Dios vivo, eterno y verdadero».(13)

Pero, aun así, Dios nos ha mandado a orar y ha aceptado nuestras oraciones en Cristo y, de hecho, Él nos ha dado una guía para nuestras oraciones. Por eso, Lutero recomienda a su barbero a tomar el ‘Padre Nuestro’ como el bosquejo básico de sus oraciones. Debe empezar petición por petición y palabra por palabra en el Padre Nuestro y tomar el tiempo según sus necesidades de expandir en las peticiones más necesarias para sus propias circunstancias. A pesar de nuestra indignidad, uno debe llegar al ‘amén’ y pronunciarlo con toda fe. Cuando uno ora conforme a las Escrituras y con fe en Cristo, uno puede tener confianza de que Dios nos escucha y debemos orar con esa confianza:

Por último, ten en cuenta que siempre debes pronunciar el Amén con firmeza. No dudéis nunca de que Dios, en su misericordia, os escuchará y dirá ‘sí’ a vuestras oraciones. Ni penséis nunca que estáis arrodillados solos, pensad más bien que toda la cristiandad, todos los cristianos devotos, están allí a vuestro lado y que estáis entre ellos en una petición común y unida que Dios no puede desestimar. No dejes tu oración sin haber dicho o pensado: «Muy bien, Dios ha escuchado mi oración; esto lo sé como una certeza y una verdad». Eso es lo que significa el ‘Amén’.(14)

Aunque uno debe usar el Padre Nuestro como su guía, no debe ser esclavo de las palabras mismas, ni las oraciones escritas de otros hombres. Sin embargo, uno debe permitirse ser llevado por el Espíritu Santo en sus oraciones para expandirse en las peticiones e incluso saltar algunas dependiendo de las necesidades.

La oración es una oportunidad en que el Espíritu puede predicar las verdades de las Escrituras al alma de la persona y debe estar presto para escuchar: «El Espíritu Santo predica aquí, y una palabra del sermón del Espíritu es mucho mejor que mil de nuestras oraciones. Muchas veces he aprendido más de una oración que de mucha lectura y especulación».[15]

Además, la oración debe estar acompañada con un breve tiempo de preparación para restringir los desvíos naturales de nuestro corazón. Una buena oración es aquella que podemos recordar de principio a fin, no aquella de la que nos olvidamos de donde estamos o las cosas por las cuales hemos pedido:

Así pues, un buen y atento barbero mantiene sus pensamientos, su atención y sus ojos en la maquinilla de afeitar y en el pelo, y no olvida hasta dónde ha llegado con su afeitado o corte. Si quiere entablar demasiada conversación o deja que su mente divague o mire a otra parte, es probable que termine cortando la boca, la nariz o incluso la garganta de su cliente. Así mismo, si se quiere hacer algo bien, se requiere la atención plena de todos los sentidos y miembros, como dice el dicho: «El que piensa en muchas cosas, no piensa en nada y no hace nada bien». ¡Cuánto más requiere la oración concentración y la unicidad de corazón para que sea una buena oración!(16)

Cuando uno llega a la conclusión del Padre Nuestro, la mejor de las oraciones, puede también pasar por los Diez Mandamientos en una manera similar. Lutero recomienda que cada mandamiento sea orado de cuatro perspectivas. Primero, debe tomarlo como una instrucción de quien es Dios y lo que espera de nosotros. Segundo, lo toma como una oportunidad para dar gracias a Dios por quien es, las bendiciones terrenales y la revelación de quien es. Tercero, confiesa su propia inhabilidad y sus fracasos en guardar estos mandamientos. Y, cuarto, concluye con una petición por ayuda y gracia divinas para cumplir este y los otros mandamientos. Para tener un ejemplo, podemos leer lo que él dice con respecto al primer mandamiento:

«Yo soy el Señor tu Dios», etc. «No tendrás otros dioses delante de mí», etc. Aquí considero seriamente que Dios espera que confíe, y me enseña a confiar, sinceramente en Él, en todas las cosas, y que su propósito más ferviente es ser mi Dios. Debo pensar en él de esta manera a riesgo de perder la salvación eterna. Mi corazón no debe basarse en algo más, ni confiar en ninguna otra cosa, ya sea riqueza, prestigio, sabiduría, poder, piedad o cualquier otra cosa.

En segundo lugar, doy gracias por Su infinita compasión, por la que se ha acercado a mí de una manera tan paternal y, sin pedirlo y sin merecerlo, se ha ofrecido a ser mi Dios, a cuidar de mí y a ser mi consuelo, mi guardián, mi ayuda y mi fuerza en todos los momentos de necesidad. Nosotros, pobres mortales, hemos buscado tantos dioses y tendríamos que seguir buscándolos si Él no nos permitiera oírle decir abiertamente, en nuestro propio idioma, que tiene la intención de ser nuestro Dios. ¿Cómo podríamos, en toda la eternidad, agradecerle lo suficiente?

En tercer lugar, confieso y reconozco mi gran pecado e ingratitud por haber despreciado tan vergonzosamente unas enseñanzas tan sublimes y un don tan precioso a lo largo de toda mi vida, y por haber provocado temerosamente su ira con innumerables actos de idolatría. Me arrepiento de ello y pido su gracia. En cuarto lugar, oro y digo: «Oh Dios y Señor mío, ayúdame con tu gracia a aprender y comprender cada día mejor tus mandamientos y a vivir según ellos con sincera confianza. Preserva mi corazón para que no vuelva a ser olvidadizo e ingrato, para que nunca busque a otros dioses, ni otro consuelo en la tierra, ni en ninguna criatura; sino que me aferre verdadera y únicamente a ti, mi único Dios. Amén, querido Señor Dios y Padre. Amén».(17)

Finalmente, el creyente, si tiene tiempo, o si tiene una práctica que varía cada día, puede tomar las otras Escrituras, o un salmo, o los artículos del Credo, en una manera parecida. Sea como sea, el creyente siempre debe cultivar su vida de oración, así como su fervencia y dependencia del Espíritu en la oración.

Meditatio

El verdadero teólogo también practica la meditación. Es decir, lee y relee la Palabra muchas veces y de varias maneras, compara la Escritura con la Escritura, la lee en silencio y también en voz alta y se esfuerza para entender bien lo que el Espíritu Santo dice en el texto. Es claro que el Espíritu Santo debe iluminar las Escrituras, pero Él usa la meditación y esfuerzo del intérprete. Hay un verdadero compañerismo entre el Espíritu y el intérprete.

Además, el teólogo es humilde y siempre asume que hay más jugo en el texto que no ha exprimido todavía. Un teólogo nunca está satisfecho con tener la apariencia de un entendimiento exhaustivo de la Palabra, sino que siempre vuelve, una y otra vez, para seguir puliendo y extrayendo todas las riquezas de la Palabra. Como dice un autor: «Nunca serás un teólogo particularmente bueno si haces eso [asumir un entendimiento muy rápido], porque serás como la fruta inoportuna que cae al suelo antes de estar medio madura».(18)

Siguiendo el ejemplo de David, el teólogo bíblico debe digerir y masticar la palabra de Dios de muchas maneras: hablar, meditar, cantar, oír y leer todas las veces que pueda. Para ser un buen teólogo, la Palabra de Dios debe ser nuestra dieta diaria y constante. Debemos siempre tener la Palabra en nuestras mentes y en muchas maneras.

Es interesante que aquí el salmista dice que parte de la meditación es poner la Palabra de Dios en forma de canción. Esto nos demuestra otra parte del legado de Lutero. Él era también un músico y amaba la música. La música es un instrumento de la teología y se sienta al lado de ella. Por lo tanto, vemos en Lutero la producción de muchos himnos y la elevación de la música congregacional en todas las partes de la liturgia.

Vemos que las canciones de Lutero siempre estaban llenas de la Palabra de Dios y servían para enseñar y poner la Escritura en las mentes de todos los que cantaban. Incluso, esto era una herramienta constante en su propia devoción personal y familiar a Dios, y una de las armas que usaba en sus batallas frecuentes con el Diablo. El poner la Palabra en una forma musical daba nueva vida al texto y nos da la oportunidad para que permee nuestros corazones y se vea desde otra perspectiva: «Es una de las mejores artes, las notas [musicales] dan vida al texto».(19) Viendo la conexión con la preparación pastoral, Lutero dijo en un lugar:

Debemos necesariamente mantener la música en las escuelas; un director de escuela debe tener habilidad en la música, de lo contrario no lo consideraría; tampoco deberíamos ordenar a jóvenes para el oficio de la predicación, a menos que hayan sido bien ejercitados y practicados en la escuela de música. La música es un hermoso don de Dios y está muy cerca de la divinidad: No me gustaría por nada del mundo estar desprovisto de la pequeña habilidad musical que tengo.(20)

Tentatio

La tercera parte del método para ser un buen teólogo y pastor es sufrir pruebas y tentaciones. La teología no sirve si no se confirma, se experimenta y se aplica en medio de las dificultades: «Esta es la piedra de toque que te enseña no sólo a conocer y comprender, sino también a experimentar cuánta razón, cuánta verdad, cuánta dulzura, cuánta belleza, cuánta fuerza y cuánta comodidad tiene la palabra de Dios: una sabiduría más allá de toda sabiduría».(21)

El Espíritu Santo es el principal operador en la formación de un teólogo, pero el Diablo tiene su rol también. De hecho, el Diablo odia al hombre educado por la Palabra quien es capaz de llenar todos sus discursos con la verdad de Dios y, por esto, tratará de destruirlo. Pero, como la Biblia lo dice muy claro: Dios es capaz de usar las malas intenciones del enemigo para el bien de su pueblo. Entonces, el Diablo mientras trata de afligir y destruir al teólogo, hace que este se perfeccione: «Porque tan pronto como la palabra de Dios eche raíces y crezca en ti, el diablo te acosará y hará de ti un verdadero médico; y con sus asaltos te enseñará a buscar y amar [más] la palabra de Dios».(22)

El pastor debe ser un hombre capaz de instruir a toda clase de cristianos pequeños y débiles y maduros, como también capaz de instruirse a sí mismo. Pero, es solamente a través de este método de pruebas que es posible: «Cuando hayas llegado a este punto [cuando solo encuentres satisfacción en la Palabra y no en los escritos de otros, ni en nuestros propios escritos], entonces no temas esperar que hayas empezado a convertirte en un verdadero teólogo, que pueda enseñar no solo a los cristianos jóvenes e imperfectos, sino también a los maduros y perfectos».(23)

* * * * * *

Notas al pie:

(1) Martin Luther citado en William A. Clebsch y Charles R. Jaekle, Pastoral Care in Historical Perspective (New York, NY; Oxford: Rowan & Littlefield Publishers, 1994), 211.

(2) Martin Luther citado en Pastoral Care in Historical Perspective, 213.

(3) Martin Luther citado en Pastoral Care in Historical Perspective, 214.

(4) Matthew Barrett, «Can This Bird Fly?», Southern Baptist Journal of Theology 21, n.o 4 (2017): 91.

(5) Martin Luther, Commentary on Galatians (Oak Harbor, WA: Logos Research Systems, Inc., 1997), 22.

(6) Martin Luther, Commentary on Galatians, 23.

(7) Martin Luther y Antonius Lauterbach, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, ed. Joseph Kerby, trans. Henry Bell, New Edition. (Lewes; London: Sussex Press; John Baxter; Baldwin, Cradock, and Joy; H. Mozley, 1818), 167.

(8) W. A. Lambert, «A Treatise on Christian Liberty with A Letter to Pope Leo X», en Works of Martin Luther with Introductions and Notes, vol. II (Philadelphia: A. J. Holman Company, 1916), 334.

(9) W. A. Lambert, «A Treatise on Christian Liberty…», en Works of Martin Luther with Introductions and Notes, 342.

(10) Martin Luther y Antonius Lauterbach, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 76.

(11) Erik H. Herrmann, «Preface to the Wittenberg Edition of Luther’s German Writings», en Pastoral Writings, ed. Hans J. Hillerbrand et al., vol. 4, The Annotated Luther (Minneapolis, MN: Fortress Press, 1539), 480.

(12) Herrmann, «Preface to the Wittenberg Edition of Luther’s German Writings», 4:482.

(13) Citado en Bainton, Here I Stand.

(14) Luther, Martin Luther’s Basic Theological Writings, 35.

(15) Luther, Martin Luther’s Basic Theological Writings, 35.

(16) Luther, Martin Luther’s Basic Theological Writings, 36.

(17) Luther, Martin Luther’s Basic Theological Writings, 36–37.

(18) Herrmann, «Preface to the Wittenberg Edition of Luther’s German Writings», 4:484.

(19) Martin Luther y Antonius Lauterbach, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, ed. Joseph Kerby, trans. Henry Bell, New Edition. (Lewes; London: Sussex Press; John Baxter; Baldwin, Cradock, and Joy; H. Mozley, 1818), 428.

(20) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 428.

(21) Herrmann, «Preface to the Wittenberg Edition of Luther’s German Writings», 4:486.

(22) Herrmann, «Preface to the Wittenberg Edition of Luther’s German Writings», 4:486–487.

(23) Herrmann, «Preface to the Wittenberg Edition of Luther’s German Writings», 4:487.

Taylor E. Walls
Es uno de los pastores de la Iglesia Bautista Reformada Gracia Soberana en Santo Domingo, Ecuador. Después de terminar su Bachillerato en Lenguas, realizó sus estudios teológicos en Grace Bible Theological Seminary de donde recibió una Maestría en Letras. Además, es Director de Estudios Internacionales del Grace Bible Theological Seminary en Conway, Arkansas, EE. UU. Es miembro de la Junta Directiva del Seminario Bautista Confesional de Cuba. También sirve como editor de la editorial Free Grace Press desde el 2012 y también en Legado Bautista Confesional. Reside en Santo Domingo, Ecuador, con su esposa Ariel y dos hijos, Lilah y Liam; en donde sirve como Director Académico y profesor de Teología Exegética e Histórica de la Escuela Pastoral de su iglesia local.
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