La vida de Lutero es de gran interés histórico. La teología de Lutero provee una vista de los principios más fundamentales e importantes de la Reforma, pero su teología no se quedaba en el ámbito intelectual, sino que él quería desarrollar una teología que afectara la vida. Aunque Lutero, en contraste con muchos de los humanistas reformadores, llega a la raíz teológica de los problemas de la iglesia católica romana, no ignora la conexión intima entre la teología y la práctica individual y eclesiástica que esa teología produce. Por eso, la reforma protestante era tanto una reforma del evangelio en las afirmaciones teológicas de la iglesia, como también del evangelio en su fruto práctico en la vida cotidiana de la iglesia y del creyente individual.
En esta serie artículos sobre ‘el legado práctico de Lutero y la reforma protestante’ resumiré siete lecciones prácticas que podemos derivar de la vida de Lutero. Los tres artículos pasados se trataron de las primeras tres lecciones las cuales fueron: (1) la importancia de la consciencia sometida a la Palabra de Dios, (2) la ternura y naturaleza práctica del corazón pastoral y (3) la necesidad de paciencia para reformar la iglesia.
En este artículo veremos la cuarta lección sobre ‘la realidad de la depresión y la guerra espiritual’. Los siguientes puntos los veremos en los próximos artículos en los próximos días consecutivos.
Lutero frecuentemente tenía que batallar con la depresión y tentación, que él lo entendió como una lucha contra el diablo mismo. Hay una historia legendaria de Lutero en el Castillo de Wartburg, donde estaba golpeado por la soledad, preocupaciones por su iglesia, su familia, su propia vida, y estaba bien sumergido en su trabajo, en que el diablo se le apareció en una forma visible para tentarle. De hecho, en sus escritos de este tiempo, y debido a la necesidad de esconder su ubicación, Lutero muchas veces se refirió al lugar como «mi desierto», una alusión al tiempo de Israel en el desierto como una prueba y juicio. Entonces, como respuesta, Lutero le tiró un frasco de tinta y se desapareció.
Aunque probablemente esta historia sea una fábula, o quizás una referencia metafórica a tiempo de los escritos y la traducción de la Biblia que salió de este tiempo, aun así, esto sí demuestra una realidad frecuente en la vida de Lutero. Lutero usó la palabra anfechtung para describir esta lucha. George lo define de esta manera: “«Esta palabra a menudo se traduce débilmente como ‘tentación’, pero en realidad significa temor, desesperación, una sensación de fatalidad premonitoria, asalto, ansiedad».(1)
Esta era una realidad constante en la vida de Lutero. Esta lucha era más fuerte antes de su llegada al evangelio, pero, incluso con las armas del evangelio, muchas veces sufrió la oposición del Diablo. De hecho, una vez describió esta realidad de esta manera llamativa:
Sin embargo, a pesar de todo esto, el demonio, con su astuta disputa, se acerca tanto a mí que el sudor de la angustia cae hasta el punto de que muchas veces siento que él duerme más cerca de mí que mi esposa Kate; es decir, él me inquieta más de lo que ella me consuela o me complace.(2)
La realidad de esta lucha es la porción de todo creyente en esta vida, especialmente en la del teólogo. Por ejemplo, en su enseñanza sobre la teología de la cruz, las pruebas forman una parte importante de ella. Es decir, la verdadera gloria del conocimiento no se ve en una vida libre de conflicto y problemas, sino que tal gloria se manifiesta y se va puliendo en medio de las dificultades. Como dijo un comentarista:
La teología de la cruz es la teología de la fe, sin embargo, la teología de la fe es, y sigue siendo, la teología de la tentación [Theologie der Anfechtung]. El pensar y el hablar teológicos no se producen al margen de la duda y la tentación, ni de la superación de la tentación por parte de la fe, sino que es y sigue siendo un pensar dentro de este proceso, es decir, un pensar en el marco de la Anfechtung.(3)
Por eso, las aflicciones son especialmente la porción del teólogo. En su método para ser un buen teólogo, Lutero dice que hay tres pasos: oratio, meditatio, y tentatio. Es decir, lo que uno aprende de la palabra en la meditación se interioriza en medio de las aflicciones. Como dijo una vez: «No es el entender, leer o especular, sino el vivir —más bien morir y ser condenado— es lo que hace a un teólogo».(4) Este punto es muy importante para entender la vida de Lutero. Él aplicó su teología a sus propias luchas contra el diablo, y también la desarrolló de manera tal que pueda consolar a otros creyentes en medio de estos conflictos. Al estudiar la Palabra y permitir que se enraíce en nuestras almas, nos abrimos a los ataques del diablo.
Pero, si somos de Cristo y participamos en su victoria sobre el diablo, entonces estos ataques resultan para nuestro bien porque nos ayudan a encontrar el consuelo, la ayuda, y la fortaleza que provee la verdad. Estos ataques del diablo fortalecen la fe porque empujan al creyente a recorrer a la Escritura y aferrarse a las verdades aprendidas. Como dijo Lutero: «Porque tan pronto como la Palabra de Dios eche raíces y crezca en ti, el diablo te acosará y hará de ti un verdadero médico, y con sus asaltos te enseñará a buscar y amar la palabra de Dios».(5)
Aunque estas tentaciones resultan siempre para nuestro bien y nada pueda separarnos del amor de Cristo, no debemos intencionalmente buscar las pruebas y aflicciones. Sin embargo, este conocimiento nos ayuda a poder enfrentarlos cuando inevitablemente vienen:
Nadie debe poner una cruz sobre sí mismo o elegir una tribulación (como se hace en el Popedom [papado]); pero, si una cruz o tribulatiou viene sobre él, entonces que la sufra pacientemente y sepa que es buena y provechosa para él. Porque así debemos aprender, por experiencia, que Satanás es un mentiroso y un asesino; y que la pesadez de espíritu proviene del diablo, quien, por mero odio, desea que no disfrutemos ni siquiera de una hora de solaz o consuelo. Pero, que tu consuelo esté en el Señor, esto será lo mejor; porque Cristo cumplirá su promesa, [aquella] donde dice: «Yo vivo, y vosotros viviréis», y también: «No os dejaré sin consuelo», y: «Os llevaré a mí, para que estéis donde yo estoy», &c [etc.].(6)
Las pruebas son los maestros de la escuela del carácter del creyente.
Las tribulaciones de los cristianos temerosos de Dios son fuertes y provechosas. La tribulación es una buena escuela y un ejercicio para la carne y la sangre; quien no las tiene, no entiende nada. Por eso, los Salmos, casi en cada verso, no hablan de otra cosa que de tribulaciones, perplejidades, penas y problemas: es un libro de tribulaciones.(7)
De hecho, Lutero confiesa que sin sus aflicciones la Reforma no habría sido posible. Fueron sus aflicciones las que le llevaron a las Escrituras y a ser un gran enemigo del Diablo:
Mis tribulaciones son más necesarias para mí que la comida y la bebida; por lo tanto, los que las sienten deben emplearse en ellas y aprender a soportarlas. Si Satanás no me hubiera atormentado y ejercitado de esa manera, no habría sido un enemigo tan grande para él, ni habría podido hacerle tanto daño. Las tribulaciones nos alejan del orgullo y, con ello, aumentan el reconocimiento de Cristo, como también de los dones y beneficios de Dios. Porque desde el momento en que empecé a estar en tribulación, Dios me dio la gloriosa victoria de superar ese tipo de vida confusa, maledicente y blasfema en la que vivía en el maldito reino del Papa.
En verdad, viendo que Dios conduce los asuntos de tal manera, que ni el Emperador ni el Papa son capaces de suprimirme, el diablo debe venir y atacarme, para que la fuerza de Dios sea conocida en mi debilidad. Los que sentimos nuestros pecados no tenemos por qué temer; pero los que no son conscientes de sus pecados, sí pueden temer con razón.(8)
Como he dicho, la teología de Lutero se desarrolló en este contexto. Su entendimiento de la justificación fluyó de su propio estudio de la Palabra en el contexto de los ataques del diablo contra su propia consciencia. Era una consciencia afligida que le llevó a ver la gloria del evangelio. Por lo tanto, a la luz de la justificación por la justicia pasiva de Cristo y cómo él progresivamente obra en nosotros una justicia activa, podemos tener una respuesta a muchos de los ataques del Diablo:
Pero cuando el diablo nos echa en cara nuestros pecados y declara que merecemos la muerte y el infierno, entonces debemos decir: «En efecto, confieso que merezco la muerte y el infierno, pero ¿qué pasará después? ¿Seré condenado eternamente? De ninguna manera. Porque conozco a uno que padeció y satisfizo [todo] por mí, y que se llama Jesucristo, el hijo de Dios. Donde Él esté, allí estaré yo también».(9)
Junto con la Ley, Satanás atormenta la conciencia, representando a Cristo ante nuestros ojos como un juez airado y severo, y dice: «Dios es enemigo de los pecadores, porque es un Dios justo; tú eres un pecador, por lo tanto, Dios es tu enemigo». De esta manera, la conciencia queda abatida, golpeada y cautiva. Ahora bien, el creyente puede hacer una verdadera diferencia en este caso, y decir: «¡Diablo!, te engañas, no es así como pretendes; porque Dios no es enemigo de todos los pecadores, sino sólo de los pecadores impíos e impenitentes y de los perseguidores de su Palabra, porque, así como el pecado es doble, así también la justicia es doble».(10)
Al mismo tiempo, la importancia de distinguir claramente entre la ley y el evangelio se encuentra en cómo responder a la táctica común del Diablo de hacernos enfocar en el deber y cómo hemos fallado: «El arte más elevado de los demonios es hacer que la Ley se convierta en Evangelio. Si en todo momento supiera diferenciar bien ambas doctrinas, no me importaría un comino todas sus artimañas y tentaciones».(11) Por lo tanto, es solo partiendo del evangelio es que uno puede conquistar al Diablo.
En el evangelio, Cristo ya ha conquistado al Diablo, y por medio de aferrarnos del evangelio nosotros podremos pisotear su cabeza: «El que quiera disputar con el diablo partiendo de la Ley, terminará vencido y llevado cautivo; pero el que disputa con él partiendo del Evangelio, lo vencerá. El diablo tiene el vínculo escrito contra nosotros, por lo tanto, que nadie se atreva a disputar con él de la Ley o del pecado».(12) Pero, el Diablo es astuto y se puede quejar del creyente: «¿Por qué usar solo el evangelio cuando la ley es, igualmente, la Palabra de Dios?». Lutero recomienda esta respuesta:
Cuando me acuerdo de mí mismo, me aferro al Evangelio y me enfrento a él con este, entonces lo venzo y refuto todos sus argumentos; pero, muchas veces fracaso en ello. Por eso él dice: «La ley es, también, Palabra de Dios, ¿por qué entonces se me objeta siempre con el Evangelio?».
Entonces le digo que eso es cierto: «La ley es, también, la Palabra de Dios, pero es tan diferente del Evangelio como el cielo lo es de la tierra; porque en el Evangelio Dios nos ofrece su gracia, quiere ser nuestro Dios simplemente por amor y nos presenta a su Hijo unigénito que nos libra del pecado y de la muerte, y nos ha comprado la justicia y vida eternas; en esto me mantengo y no quiero hacer a Dios mentiroso. En efecto, Dios también ha dado la ley, pero en todo sentido para otro uso y propósito.(13)
Por lo tanto, el creyente debe equiparse con la Palabra del evangelio y también con la oración. El creyente es débil e incapaz de luchar sin la oración, ya que el Diablo hace bien la obra de distraernos de la oración:
Cuando estamos en el campo y luchamos contra el diablo, nos basta decir: «Esta es la Palabra de Dios». Porque una de las artes del demonio es despojarnos de nuestras armas, especialmente cuando nos aterroriza y asusta sin darnos cuenta; tales trucos ha hecho a menudo conmigo. Él sabe que mi corazón ora sin cesar el Padrenuestro y, sin embargo, con frecuencia me acosa como si me hubiera olvidado de orar. El diablo es un enemigo que quiere arrancarnos la espada de las manos, por eso debemos orar continuamente y decir: «¡Ah, Padre celestial, ayúdanos!».
Ninguna criatura cristiana, según mi consejo, debería salir a combatir con el diablo hasta que no haya orado primero el Padre Nuestro. Esto es un asunto de gran peso, pues el diablo es sabio y astuto; no sabemos ni la séptima parte de lo que él sabe. Él atormentó y tentó a Adán, a Abraham, a David y a muchos otros; también sabía cómo apoderarse de ellos en donde eran blandos y tiernos, y en dónde podía obtener ventaja sobre ellos.(14)
En su Catecismo Menor, Lutero explica la petición de «líbranos del mal» en el Padre Nuestro de esta manera:
Con esta petición rogamos, a modo de resumen, que el Padre celestial nos libre de todo lo que pueda perjudicar nuestro cuerpo y alma, nuestros bienes y honra, y que al final, cuando llegue nuestra última hora, nos conceda un fin bienaventurado, y que, por su gracia, nos lleve de este valle de lágrimas al cielo para morar con él. Amén.
Aquí notamos cómo Lutero describe la vida en este mundo como un «valle de lágrimas». Sin embargo, en medio de este sufrimiento y estos ataques, el creyente puede consolarse con la esperanza de un cielo asegurado por la obra de Cristo. Los ataques más frecuentes del Diablo para culparnos o hacernos enfocar en nuestras obras se desarman debido a la obra de Cristo; también el mismo sufrimiento pierde su poder porque se desarma por el poder de la esperanza eterna de la gloria.
Otra arma que el cristiano tiene en sus luchas con el Diablo es el compañerismo con otros creyentes. Como las aflicciones son la porción común de todos los creyentes, Dios nos ha diseñado para recibir consolación de otros. En una ocasión debido a la soledad que sufrió tanto en el Wartburg, Lutero dijo: «Cuando me encuentro en fuertes tribulaciones, entonces prefiero ir a mi piara de cerdos que quedarme solo».(15) Cuando un cristiano es afligido, debe recorrer a la consolación de la presencia de otros hermanos para ayudarle.
Como Lutero llegó a decir: «Dios ha creado a la humanidad para el compañerismo, no para la soledad, lo que se demuestra claramente por este fuerte argumento: Dios, en la creación del mundo, creó al hombre y a la mujer con el fin de que el hombre, de la mujer tuviera, una compañía. Para concluir, cuando estés triste, conversa con personas piadosas y consuélate con la Palabra de Dios».(16) Además, durante la plaga y varios ataques de los enemigos que sufrió en 1527, Lutero dijo lo siguiente, que confirma este punto, a Nicolas Hausmann en una carta de 17 de noviembre del mismo año:
No creo que sea un solo demonio el que me ataca, sino que el mismísimo príncipe de los demonios se ha levantado contra mí, tan grande es su poder de asaltarme con la Escritura, que mi propio conocimiento de la Biblia no basta para protegerme si no me fortalecieran las palabras de la Escritura por la boca de mis amigos.(17)
Otra arma que Lutero frecuentemente utilizaba en sus luchas contra el Diablo era la música. La música es un don de Dios y algo dado para nuestro gozo. Y como esta proviene de Dios, y produce puro gozo, el Diablo es el enemigo de la música. El diablo odia las buenas cosas de Dios y también es el enemigo del gozo. Por lo tanto, debemos atacarlo con canciones, himnos y la música. Como él mismo dijo:
Pues sabemos que también la música es odiosa e insoportable para los demonios. En efecto, juzgo claramente, y no dudo en afirmarlo, que, aparte de la teología, no hay arte que pueda ponerse al mismo nivel que la música; porque, salvo la teología, [la música] es la única que produce lo que de otro modo sólo la teología puede hacer, es decir, una disposición tranquila y alegre. La prueba más evidente [de esto es el hecho] de que el diablo, el creador de las preocupaciones tristes e inquietantes, huye al sonido de la música casi como huye a la palabra de la teología.(18)
Incluso algunos de sus himnos demuestran este contexto de la lucha en contra del Diablo. Por ejemplo, el tercer verso de su himno famoso basado en Salmo 46 dice lo siguiente:
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Traducción del Inglés |
Versión en español |
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Y aunque el mundo, con demonios lleno, amenaza deshacernos no temeremos porque Dios ha decretado que su Verdad triunfe en nosotros El Príncipe de tinieblas aterrador, no temblamos delante de él. Su ira podemos soportar, porque su condenación es segura Una palabrita le talará. |
Y si demonios mil están no temeremos, porque Dios Que muestre su vigor dañarnos no podrá, por la Palabra Santa. |
En conclusión, esta es una parte clave del legado práctico de Lutero. El entender la realidad de la guerra espiritual y el poder enfrentar estas luchas equipados con la verdad del evangelio y los medios de gracia era una parte clave de la vida y ministerio pastoral de Lutero. Nosotros también debemos procurar luchar bien con estas armas y poder equipar a otros creyentes a soportar estos ataques y salir victoriosos.
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Notas al pie:
(1) Timothy George, Theology of the reformers (Nashville: B&H Academic, 1999).
(2) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 332.
(3) Paul Althaus, The Theology of Martin Luther, trans. Robert C. Schultz (Philadelphia: Fortress Press, 1966), 33–34.
(4) Citado en Timothy George, Theology of the reformers (Nashville: B&H Academic, 1999).
(5) Herrmann, «Preface to the Wittenberg Edition of Luther’s German Writings», 4:486–487.
(6) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 332–333.
(7) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 339.
(8) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 340.
(9) Martin Luther, Luther’s Spirituality, ed. Philip D. W. Krey, Bernard McGinn, y Peter D. S. Krey, trans. Peter D. S. Krey y Philip D. W. Krey, The Classics of Western Spirituality (New York; Mahwah, NJ: Paulist Press, 2007), 10.
(10) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 168.
(11) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 169.
(12) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 171.
(13) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 331.
(14) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 168–169.
(15) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 338.
(16) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 344.
(17) Martin Luther y Margaret A. Currie, The Letters of Martin Luther, ed. Margaret A. Currie, trans. Margaret A. Currie (London: Macmillan and Co., Limited, 1908), 170.
(18) Citado en Robin A. Leaver, Luther’s Liturgical Music: Principles and Implications, ed. Paul Rorem, Lutheran Quarterly Books (Minneapolis, MN: Fortress Press, 2017), 93.









