En los artículos anteriores (art. 1 y art. 2) les mostré que el principio rector sobre el cual el Nuevo Testamento interpreta de forma Cristo-céntrica al Antiguo Testamento es el carácter progresivo y orgánico de la revelación de Dios. Sin embargo, alguno podría objetar que esa es una opinión forzada que el Nuevo Testamento tiene del Antiguo Testamento. En esta serie de artículos presentaré un breve vistazo del desarrollo progresivo de la revelación partiendo desde Génesis 3:15 y continuando a través de los pactos divinos. En otras palabras, mostraré que la progresión orgánica de la revelación es en su misma esencia, la progresión orgánica de la promesa del Redentor. Esto se reforzará al mostrar como la fe de los creyentes antiguos se afirmaba sobre dicha promesa.
Seguiré el esquema de los pactos porque son el marco en el que Dios se reveló a la humanidad. Pablo llama a esto “los pactos de la promesa” (Ef 2:12), Es decir, varios pactos que revelan o anuncian una misma promesa.
La primera promesa del Redentor
“Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente;
él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar.”
(Gén 3:15 [LBLA]).
Debemos prestar atención porque de aquí se desprende todo lo que los santos han disfrutado y disfrutarán. Este texto “contiene los elementos esenciales de la promesa de redención que sería revelada y expandida en las generaciones siguientes”.(1) Es cierto que el versículo no abunda en detalles, pero ya se anuncia desde allí, bajo la designación de “simiente de la mujer”, quien tomaría venganza sobre la serpiente a causa de lo que esta hizo a la humanidad. La mujer había sido el primer objetivo del maligno para hacer avanzar su plan, ahora su simiente tendría poder para aplastar la cabeza de la serpiente.
Eso lo confirma el profeta Isaías, quien dijo que el Redentor sería la simiente de la mujer: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo” (Is 7:14). Lo cual toma mayor claridad, porque si bien Eva no supuso que su simiente vendría sin la particpación de Adán, Isaías dice que el hombre no estaría involucrado en la concepción del Redentor. Luego Isaías es citado por Mateo señalando a Cristo como el cumplimiento se esa profecía (Mat 1:23). Es probable que Gálatas 4:4 esté pensando en lo mismo al decir que “Dios envió a su Hijo, hecho de una mujer” [RV SBT]. John Gill confirma que no es simplemente “nacido” de mujer, aunque realmente lo fue, sino “hecho” de mujer.(2)
Esto significa no solo la ausencia del hombre en la concepción del Redentor sino la intervención de Dios en el asunto. Además, se acentúa la verdadera naturaleza humana del Redentor, quien no solo vino a este mundo a través del canal de parto de una mujer, sino que su naturaleza humana fue tomada de ella.
Ahora bien, algunos entienden esta simiente en sentido colectivo, no dando la idea de una sola persona sino de una descendencia. Calvino expresa que “la simiente significa posteridad de la mujer en general”.(3) Es decir, toda la descendencia de la mujer. Vos, por su parte, dice que “no está justificado buscar aquí una referencia exclusivamente personal al Mesías, como si solo a Él se refiriera la simiente de la mujer”.(4) Sin embargo, aunque la posición de Vos tiene similitudes con la de Calvino, en su declaración reconoce también que la expresión máxima de la referencia a la simiente no es a toda la posteridad de la mujer, sino a Cristo.
Debemos notar que el pronombre personal hebreo ה֚וּא (5) de Génesis 3:15 que nuestra Biblia Reina Valera traduce como “esta”, es realmente un pronombre personal masculino de la tercera persona del singular y debería ser traducido como “él”. El versículo debería decir: él te herirá en la cabeza. Eso hace que sea difícil pensar en la simiente como algo colectivo. De manera que no podemos negar que la intención de esta sentencia no es hablar de un colectivo sino de un hombre y su cumplimiento no es otro que el Señor Jesucristo.
Teniendo en cuenta el significado estricto del texto, se anuncia a un hombre que vencería definitivamente al maligno, y tal cosa no se puede decir de un colectivo, ni de otro hombre que no sea Jesucristo. La única manera de ver a la simiente como un colectivo es si entendemos que aquel que aplasta la cabeza de la serpiente lo haga en representación o como cabeza de ese colectivo. Sin embargo, dicho colectivo obtendría la victoria sobre la serpiente no por sí mismo sino por delegación; no como quien la consigue sino como quien la recibe de quien la consiguió.
Así lo entiende Matthew Poole quien dice que la simiente se refiere “primera y principalmente, al Señor Cristo… y en segundo lugar, y a modo de participación, a todos los miembros de Cristo”.(6) En otras palabras, la simiente de Genesis 3:15 que aplastaría la cabeza de la serpiente se refiere a Cristo, y en segundo lugar es cierto del pueblo de Dios únicamente por estar unido a Cristo.
Esto es lo que el apóstol Pablo trata en Romanos 5:16-19 al comparar a Adán y a Cristo. Pablo dice que todos los hombres siendo representados por Adán como su cabeza recibieron la sentencia de muerte emitida por la desobediencia de aquel (Gn 2:16-17). Pero Cristo, habiendo representado también a los que Dios le dio, los hace a ellos partícipes de los beneficios de su victoria. Keil y Delitzsch dicen lo siguiente:
En este sentido, Cristo es la simiente de la mujer que pisotea a Satanás, no como un individuo, sino como la cabeza de la posteridad de la mujer que guardó la promesa y mantuvo el conflicto con la serpiente antigua antes de Su venida; y también de aquellos que son traídos de todas las naciones, que son unidos a Él por la fe, y formados en un cuerpo del cual es la cabeza.(7)
Según Keil y Delitzsch, Cristo es la simiente que aplasta la cabeza de la serpiente y como cabeza o representante de todo el pueblo de Dios él trasfiere a ellos dicha victoria sobre la serpiente. De manera que en ese sentido y solo en ese sentido podemos decir que los creyentes aplastarán la cabeza de Satanás. Con esto concuerdan las palabras de Pablo cuando dice a los creyentes de Roma “Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies” (Rom 16:20), lo cual muestra una evidente relación con Génesis 3:15. Matthew Poole nota también esta relación entre Romanos 16:20 y Génesis 3:15. Él dice:
Esta promesa se relaciona directamente con la primera gran promesa de Génesis 3:15, de que Jesucristo, la Simiente de la mujer, heriría en la cabeza a la serpiente; porque es en virtud de que Él hiera la cabeza de Satanás, que este es sometido y puesto bajo nuestros pies. La simiente de la mujer, en sus propias personas, así como en su representante, herirá la cabeza de la serpiente.(8)
Esto es, que el pueblo vence porque su Cabeza vence, la Iglesia vence porque Cristo vence. No hay posibilidad para el Pueblo sin su Cabeza; No hay victoria para la Iglesia sin la victoria de Cristo. De hecho, Pablo puede decir a los Romanos que Dios aplastará a Satanás bajo sus pies solamente afirmando tal cosa sobre la Victoria de Cristo a quienes ellos están unidos.
Veamos también que la esperanza que Dios ofrece en Génesis 3:15 a la humanidad está estrechamente ligada al juicio sobre la serpiente y su simiente. La victoria de la humanidad o redención, no se promete sin que exista la ejecución de la venganza sobre su enemigo. Este juicio comienza desde el verso anterior donde Dios dice a la serpiente “maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida” (Gn 3:14).(9) El uso de este lenguaje parece resaltar la humillación de un modo que pueda aplicarse también al diablo, quien está detrás de la serpiente. Kaiser expresa lo siguiente acerca de las frases “sobre tu pecho andarás” y “polvo comerás”:
Ambas frases eran figuras orientales del Oriente Próximo antiguo para referirse a los derrotados; ellos yacían postrados con los rostros a tierra ante los monarcas que los habían conquistado formando a menudo un estrado para sus tronos.(10)
Estas palabras enseguida nos recuerdan el Salmo de David: “Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies” (Sal 110:1). Cristo mismo se atribuye estas palabras en Mateo 2:42-44 y en los pasajes paralelos en los otros Evangelios. Y también Pedro se las atribuye a Cristo en su primer discurso en el libro de los Hechos (Hch 2:34-36). Pablo hace una referencia a ese salmo atribuyéndole las palabras a Cristo en 1 Corintios 15:25; y luego el escritor a los Hebreos cita las mismas palabras aplicadas claramente al Señor Jesucristo (He 1:13).
Eso significa que la victoria que Dios ha prometido a su pueblo en Cristo involucra necesariamente la derrota y humillación pública del diablo y los suyos. La verdadera exaltación que el Pueblo de Dios recibe por medio Cristo va acompañada de la humillación de los enemigos de Dios y de su pueblo.
Con esta promesa de redención en medio del juicio a la serpiente, Dios dirige a la humanidad a esperar y confiar en el advenimiento del Redentor. No había manera en que el hombre por sí mismo restaurara la relación con Dios, así que ellos debían mirar al futuro y esperar que el aplastador de la serpiente apareciera. En esa promesa estaba la esencia misma del Evangelio. La Segunda Confesión Bautista de Fe de Londres expresa lo mismo acertadamente: “…en esta promesa, el evangelio fue revelado en su sustancia y, por lo tanto, fue hecho eficaz para la conversión y la salvación de los pecadores”.(11)
Es cierto que la fe de Adán y Eva no estaba tan informada como la fe de los creyentes en etapas posteriores y mucho menos como la fe de los creyentes del Nuevo Testamento que vieron con sus ojos aquella promesa cumplida; pero no debemos pensar que el elemento del Salvador estaba ausente en la fe de aquellos antiguos padres.
De hecho, Génesis 3:15 era para Eva “la certeza de que Dios habría de utilizar a una mujer para traer al redentor al mundo”.(12) Además de lo que a simple vista vemos en el contenido de esa primera promesa, debemos notar como Dios sustituyó por vestiduras de pieles las vestiduras de hojas que ellos tejieron. “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” (Gén 3:21). Esto significa que se requirió un sacrificio para la elaboración de dichas túnicas. Calvino dice que Dios no hizo Él mismo el sacrificio, sino que lo realizaron Adán y Eva bajo la dirección de Dios.(13) De cualquier forma, aquel sacrificio les anunciaba de una manera visible que alguien debía sufrir en su lugar si iban a ser salvados, y ellos lo comprendieron.
Eso está de acuerdo con la sentencia del pacto hecho con Adán cuando Dios le dijo que moriría si comía del árbol de la ciencia del bien y del mal (Gén 2:17). Cuando Adán y Eva vieron la sentencia de muerte del pacto realizada sobre otra criatura, es decir, un cordero, ellos entendieron que Dios enviaría a uno que recibiría el castigo en su lugar. Así que tan temprano como Genesis 3:15 ya Dios había revelado que vendría un hombre, quien tomaría su naturaleza de la mujer, para vencer al tentador y liberar a la humanidad de su esclavitud.
Pero esto no lo haría sin sufrir la muerte en lugar de aquellos a quienes liberaría. Más tarde, Abel, con su sacrificio, expresó la manera en que comprendía la promesa de que Dios traería liberación por medio de un Redentor y en ello confiaba. Por eso el autor de la epístola a los Hebreos nos dice que por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio más excelente que el de Caín (Heb 11:4).
Estos primeros seres humanos contemplaron inmediatamente un destello de salvación. Aunque fueron expulsados del huerto negándosele el acceso al árbol de la vida (Gén 3:23-24), todo el peso de la sentencia no vino inmediatamente sobre ellos, y es evidente puesto que no murieron físicamente al instante. Así que vieron un animal morir por su pecado y ellos quedaron con vida. Esto les hizo comprender que tendrían un Salvador. “Dios proveyó un sacrificio simbólico de aquel Cordero, que habría de venir”.(14)
Obsérvese además lo que Eva dijo cuándo dio a luz a su primer hijo. “Por voluntad de Jehová he adquirido varón” (Gen 4:1). Con esta declaración ella expresó que esperaba un salvador. Probablemente esperaba su aparición inmediata y por sus palabras, notamos que ella creía que ese Salvador sería un hombre. Kaiser percibe lo mismo en las palabras de Eva. “Quizás Eva pensó que Caín era el tal. Nombró a su hijo Caín diciendo: ¡He tenido un hijo varón, por voluntad del Señor!”.(15)
Evidentemente Eva se equivocó respecto a Caín, puesto que él no era la simiente redentora de Génesis 3:15, pero de igual forma sus palabras dan evidencia de que ella entendía la promesa que Dios había hecho en Genesis 3:15 y esperaba la redención por medio de su simiente. Su fe para salvación no era una fe general en Dios, sino una fe que miraba al Redentor venidero.
Esta promesa del Redentor fue revelándose progresivamente en la historia a través de los pactos que Dios hizo con los hombres, hasta su pleno cumplimiento en el Nuevo Testamento. La Segunda Confesión Bautista de Fe de Londres lo expresa muy bien:
Este pacto es revelado en el Evangelio; en primer lugar, a Adán en la promesa de Salvación por medio de la simiente de la mujer, y después, mediante pasos adicionales hasta completarse su plena revelación en el Nuevo Testamento.(16)
Esto, según James Renihan, “es una forma sencilla de declarar que Jesucristo es el tema de la Escritura”.(17)
Conclusión
Después de haber analizado Genesis 3:15 podemos concluir que la primera promesa de redención es sumamente Cristo-céntrica. Justo después de la caída, cuando Adán quebrantó el pacto y no hubo otra posibilidad para que él ganara la vida eterna por su propia obediencia, Dios revelo que la salvación vendría por medio de la simiente de la mujer, la cual es Cristo. Adán y Eva, aunque con menos detalles que nosotros, sabían desde el mismo momento en que recibieron la promesa de redención, que debían poner toda su esperanza en aquel que vendría de la mujer, y eso hicieron. Justo en ese punto y a partir de él, la promesa del Redentor comenzó a ser anunciada pacto tras pacto hasta su pleno cumplimiento en el Nuevo Pacto.
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NOTAS:
(1) J. R. Williamson, Desde El Huerto Del Edén Hasta La Gloria Del Cielo (Graham, NC: Faro de Gracia, 2014), 37.
(2) John Gill, An Exposition of the New Testament, The Baptist Commentary Series (London: Mathews and Leigh, 1809), 3:27.
(3) Juan Calvino, Comentario Sobre Génesis (San José, Costa Rica: CLIR, 2015), 1:134.
(4) Geerhardus Vos, Teología Bíblica Del Antiguo y Nuevo Testamento, Colección Geerhardus Vos (Lima, Perú: Teolología para Vivir, 2021), 93.
(5) Lexham Press, ed., The Lexham Hebrew Bible (Bellingham, WA: Lexham, 2014), Gn 3:15.
(6) Traducción no official de Matthew Poole, Annotations upon the Holy Bible (New York: Robert Carter and Brothers, 1853), 3:10.
(7) C. F. Keil and F. J. Delitzsch, Comentario al Texto Hebreo Del Antiguo Testamento: Isaías (Barcelona: Clie, 2016), 60.
(8) Traducción no official de Poole, Annotations upon the Holy Bible, 3:537.
(9) Aunque algunos han afirmado por este texto que antes de esta maldición la serpiente andaba en dos o cuatro patas, incluso que volaba, no parece necesario entenderlo de esa manera. Si se argumenta que debe ser así porque parte de la maldición es que la serpiente se arrastraría sobre su pecho para andar, lo cual, en efecto hace; sin embargo, no es cierto que la serpiente come polvo de la tierra.
(10) Walter C. Kaiser, Jr., Hacia Una Teología Del Antiguo Testamento (Miami, FL: Vida, 2000), 105.
(11) “Capítulo 20: Del Evangelio y Del Alcance de Su Gracia,” in Segunda Confesión Bautista de Fe de Londres (Santo Domingo, Ecuador: Legado Bautista Confesional, 2021), 64.
(12) Warren W. Wiersbe, Seamos Básicos: Génesis 1-11, Estudio Expositivo Del Antiguo Testamento (MI: Portavoz, 1999), 58.
(13) Calvino, Comentario Sobre Génesis, 1:146.
(14) Joel R. Beeke et al., eds., Biblia de Estudio Herencia Reformada Para La Familia y El Estudio Devocional (Poiema & Reformation Heritage Books, 2018), Comentary to Gn 3:15.
(15) Kaiser, Jr., Hacia Una Teología Del Antiguo Testamento, 106.
(16) “Capítulo 7: Del Pacto de Dios,” in Segunda Confesión Bautista de Fe de Londres (Santo Domingo, Ecuador: Legado Bautista Confesional, 2021), 28.
(17) James M. Renihan, Para El Lector Juicioso e Imparcial. Exposición Histórico – Contextual de La Segunda Confesión Bautista de Fe de Londres (Santo Domingo, Ecuador: Legado Bautista Confesional, 2025), 253–54.









