...

Una reflexión sobre el rol de los pastores y la iglesia en la consejería y el cuidado del alma de las ovejas del Señor

LBC-Consejeria

Introducción

Cuando considero la consejería y el cuidado del alma de las ovejas del Señor, hay dos principios fundamentales que deben estar claramente distinguidos. El primero es que los pastores recibieron el glorioso encargo de cuidar a las ovejas, proveer para sus necesidad, restaurar y curar sus heridas, y guiarlas por un camino apropiado. El segundo principio es que la iglesia es llamada a cuidarse mutuamente, los unos a los otros. En esta breve reflexión personal, quisiera argumentar a favor de estas dos realidad y mostrar cómo éstas se desarrollan en el seno de la iglesia local a través de las diferentes elementos que Dios proveyó para la vida en comunidad.

1. Los pastores tienen la responsabilidad de cuidar y aconsejar a las ovejas.

El Nuevo Testamento usa expresiones relacionadas con el pastoreo de ovejas en relación al cuidado que el anciano debe dar a la congregación que Dios le dio. El rol de un pastor de ovejas tiene mucha conexión con el trabajo de un anciano. Cuando consideramos Hechos 20:17-33, el discurso de despedida de Pablo a los ancianos de Éfeso, encontramos las responsabilidades del ministerio pastoral descritas de una manera clara.

El pastor debe velar por el rebaño del Señor (Hch. 20:28a). La palabra que se traduce “mirad” es la palabra griega προσέχω la cual implica literalmente: “poner la atención en”. El Apóstol Pablo también utiliza esta palabra en 1 Tim.4:13, al exhortar a Timoteo con respecto a la lectura, le dice: “ocúpate”. Esta responsabilidad que tiene el anciano tiene que ver con estar atento de lo que sucede con sus ovejas. Da la idea de un pastor de ovejas que está sentado en la ladera, contemplando de manera general que sus ovejas se encuentren en buen estado, comiendo, sin ningún peligro alrededor. En Proverbios 27:23 dice: “Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas, Y mira con cuidado por tus rebaños”. Esto es lo que implica esta primera responsabilidad, “conocer el estado de tus ovejas”, esto implica un conocimiento personal de cada una de las ovejas.

El pastor debe alimentar y cuidar al rebaño (Hch. 20:28b). El texto nos continúa diciendo: “para apacentar la iglesia del Señor”. La palabra “apacentar” (gr. Ποιμαίνω) significa literalmente: “actuar como pastor”, en otros versículos se traduce como «pastorea» (Jn.21:16). Esta responsabilidad tiene que ver con hacer la obra de pastor en la vida de las ovejas que el Señor le concede. Implica la alimentación y el cuidado específico que cada una necesita. Como el pastor Smith sugiere: “El estado espiritual del rebaño tiene mucho que ver con recibir exactamente las vitaminas y minerales en la alimentación, y un pastor no puede alimentar correctamente a sus ovejas si no las conoce.”  En este cuidado pastoral está incluido el sanar las heridas y la corrección.

Proteger al rebaño (Hch. 20:29). En esta parte del discurso, Pablo está exhortando a los pastores de Éfeso a que protejan a sus ovejas de todos los lobos que se levantarían de entre ellos después de que el Apóstol se fuera. La palabra “velad” (vers.31), que es lo apuesto a dormir o no estar a la espera, nos da luz sobre la forma de proteger al rebaño. Los pastores deben estar vigilantes de la seguridad de las ovejas. No en vano los escritos apostólicos nos alientan a crecer y a buscar la madurez en la fe, y esto es debido a que hay una amenaza real de ser arrastrados por cualquier viento de doctrina (Efe. 4:14).

Este pasaje nos enseña que es la responsabilidad de los pastores de la iglesia guiar a las ovejas del Señor en el camino apropiado. Su conocimiento de la Palabra, su madurez para aplicar la Palabra y su amor para conocer a aquellos a quienes a de aplicarse la Palabra, son la herramienta que Dios usa en la vida de la iglesia para guiarla.

2. La iglesia tiene la responsabilidad de cuidarse y aconsejarse “unos a otros.”

Para esta reflexión, quisiera considerar las palabras de Pedro en 1 Pedro 2:5 con el propósito de mostrar que el ministerio de la iglesia no solamente es realizado por los oficiales, sino por los miembros de la iglesia también. Este ministerio incluye también el aconsejarse, cuidarse y animarse los unos a los otros.

Este pasaje es parte de una carta escrita por el Apóstol Pedro a creyentes que estaban sufriendo persecución y que habían sido expatriados por causa de su fe. El propósito central de esta carta es una exhortación a estos creyentes a mantenerse fieles al Señor en su llamado a ser santos, así como Aquel que los había llamado también es santo (1 Ped. 1:15). El apóstol motiva el corazón de estos hermanos y los desafía a combatir contra sus propios pecados y a perseverar en su fe recordándoles lo que ahora son en Cristo por la gracia de Dios el Padre quien los había hecho renacer a una nueva vida por Su Palabra que vive y permanece para siempre (1 Ped. 1:22-25).

Ahora, Pedro les da maneras prácticas en las que debían obrar para cumplir con este propósito. Después de alentarlos a desechar todo tipo de pecado en su peregrinaje (2:1), los exhorta a mantener una relación saludable y dependiente con la Palabra de Dios con el propósito de que puedan seguir creciendo (2:2), lo cual es una evidencia de haber probado la benignidad del Señor (2:3).

Entonces, el apóstol apela a la necesidad misma de que estos creyentes vayan a Cristo, la piedra escogida y preciosa, en busca de esa edificación necesaria para cumplir con el propósito de sus vidas y por el que fueron salvados. Es aquí en donde se encuentra nuestro texto.

Nuestro texto muestra un aspecto fundamental de la vida cristiana. La vida del creyente solo puede cumplir su propósito esencial cuando está unida a Cristo. No solo en el sentido de nuestra unión con Él para salvación, sino en una unidad práctica, perseverante y dependiente de Él para ser constantemente edificados por Él. Al presentar a Cristo como una piedra viva, Pedro nos recuerda que en nuestra debilidad podemos acogernos de Él porque Su fuerza es invencible, y en la debilidad de nuestra carne, Él es nuestra protección y seguridad.[1] Los creyentes podemos caminar seguros y confiados en este peregrinaje terrenal porque el fundamento sobre el que estamos siendo edificados es la roca de la eternidad, Cristo Jesús.

En medio de esta maravillosa verdad práctica, el pasaje nos muestra dos verdades con respecto a lo que somos y a nuestra responsabilidad como parte de ese edificio de Dios donde estamos siendo edificados por Cristo. La primera verdad es que describe a los cristianos como piedras vivas que conforman un edificio espiritual, lo cual trata el tema de la identidad de la iglesia. La segunda verdad es la responsabilidad que tiene el creyente en el servicio como parte de ese edificio, lo cual trata el asunto relacionado con la naturaleza de la iglesia. Déjame decirlo de otra manera. Lo primero, trata de responder la pregunta: ¿quiénes conforman la iglesia?; lo segundo: ¿cuál es la responsabilidad de la iglesia?

¿Quiénes conforman la iglesia?

Esta pregunta es sumamente importante porque la respuesta que le demos tiene muchas implicaciones en nuestro tema. Si respondemos que la iglesia está conformada por los obispos o los oficiales; entonces, la segunda pregunta (¿cuál es la responsabilidad de la iglesia?) tiene que ver solo con ellos. Es decir, si los pastores son la iglesia, entonces el ministerio en la iglesia debe ser hecho por ellos. Pero, ¿cómo responde este pasaje esa pregunta?

El pronombre personal vosotros (αὐτοὶ) con el que comienza este versículo en griego, nos enseña que los creyentes a quienes Pedro está exhortando en esta carta son las piedras vivas que, en conjunto con los otros creyentes, conforman la casa espiritual de Dios. Estas piedras son edificadas o colocadas en el lugar correspondiente por Cristo. En Mateo 16:18, donde Cristo afirmó que Él edificaría Su Iglesia, se hace mención de esta misma verdad. La iglesia es presentada como un edificio y Cristo es quien la construye. Entonces, si esta casa espiritual es una referencia a la iglesia, la iglesia no está constituida por los pastores o líderes (aunque forman parte de ella), sino por los creyentes que la conforman, las piedras vivas. Eso puede ser visto también a la luz de la palabra casa (οἶκος), que expresa la idea de la comunidad cristiana como el templo de Dios.[2]

La idea detrás de la casa espiritual de Dios constituye una imagen bíblica muy importante. La casa espiritual de Dios denota el lugar donde Dios habita o mora, donde tiene Su trono y donde Su presencia es manifestada constantemente. Desde el principio, Dios manifestó Su intención de habitar entre los hombres. En Edén, el primer templo de Dios sobre la tierra, Él habitaba en medio de los hombres y Su presencia se manifestaba con el propósito de tener comunión con ellos.

Cuando el pecado entró en el mundo por causa de Adán, Dios sacó a los hombres de Su presencia, Su habitación ya no podía estar entre hombres pecadores. Temprano en la revelación del plan de redención, Dios mandó a Israel a construir un tabernáculo en el desierto con el propósito de hacer evidente Su deseo de habitar entre los hombres aunque ahora estaba limitado a una institución regulada por leyes y formas. Después de que Israel conquistó la tierra prometida, conforme a la promesa del pacto de Dios, el Señor les ordenó que Su habitación en la tierra sea establecida en Jerusalén a través de la construcción del templo. Todo esto fue parte de las sombras que Dios proyectaba de una realidad mucho más gloriosa y perfecta.

Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios se hizo hombre e hizo Su habitación entre los hombres (Jn. 1:14). La gloria de Dios fue recubierta de humanidad y, aunque los discípulos pudieron ver un destello de esa gloria, Su habitación entre los hombres todavía no estaba en su etapa de mayor gloria. Después de Su ascensión a la diestra de Dios, el Señor sigue habitando entre los hombres a través del Espíritu Santo en lo que Él ha llamado Su templo en la tierra. Cuando dos o tres se reúnen en Su nombre, Él está en medio de ellos para bendecirlos con Su presencia (Mt. 18:20). ¡Esta es la gloria de la Iglesia de Cristo! Es la habitación de Dios en la tierra, Su casa espiritual, la cual está constituida por todos aquellos que creen en Él.

Aunque hay hombres de Dios que han enseñado que sólo existe una iglesia cuando hay pastores, o que los oficiales son los que constituyen la iglesia porque la representan, la Palabra de Dios nos enseña que los creyentes son los que constituyen la iglesia de Cristo en la tierra y las iglesias locales son una representación de esa iglesia universal. Por lo tanto, la iglesia de Cristo está compuesta por los creyentes verdaderos, los cuales toman el compromiso de andar delante de Él en todos los caminos de la obediencia que Él les prescribe en Su Palabra y voluntariamente acuerdan andar junto a otros (en iglesias locales), conforme al designio de Cristo, dándose a sí mismos al Señor y mutuamente, por la voluntad de Dios, profesando sujeción a los preceptos del evangelio.[3]

¿Cuál es la responsabilidad de la iglesia?

Es vital la forma en la que respondemos a la pregunta sobre quiénes conforman la iglesia porque de eso depende entender la responsabilidad que tienen los que la conforman de servir a Dios. En la tradición católico-romana, debido a que los sacerdotes son los que conforman la iglesia, es de ellos de quienes se espera el servicio a Dios. Ellos son los hombres de Dios, los sacerdotes en la casa de Dios. Sin embargo, al considerar este texto podemos ver que la iglesia está conformada por piedras vivas que son los creyentes y, por esa razón, es a esos creyentes a quienes se les demanda el servicio a Dios.

La preposición para (εἰς) nos muestra que el propósito por el que estas piedras vivas están siendo edificadas como casa espiritual es para desempeñar un sacerdocio santo; es decir, hacer la obra de un sacerdote delante de otros, ofreciendo sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Hay algunas observaciones importantes que debemos hacer con respecto a esto en nuestro texto.

En primer lugar, este texto nos enseña que el creyente, al ser parte de la casa espiritual de Dios, ha recibido una posición sacerdotal, ahora son un sacerdocio santo. Esta verdad es confirmada por otros pasajes de la Escritura en donde se llama a los creyentes un real sacerdocio o un reino de sacerdotes (1 Ped. 2:9; Apo. 1:6; 5:10; 20:6). Esta maravillosa verdad se la conoce como «el sacerdocio del creyente». El Dr. John Fesko la define de la siguiente manera:

La doctrina del sacerdocio de todos los creyentes establece que todos los creyentes en Cristo comparten su condición de sacerdotes; por lo tanto, no existe una clase especial de personas que medien el conocimiento, la presencia, y el perdón de Cristo al resto de los creyentes, y todos los creyentes tienen el derecho y la autoridad para leer, interpretar y aplicar las enseñanzas de las Escrituras.[4]

En el Antiguo Pacto, Dios estableció a los sacerdotes para que pudieran servir como mediadores humanos en lo que respecta a la adoración y la comunión entre Su pueblo y Él. Los sacerdotes eran hombres «tomado[s] de entre los hombres y constituido[s] a favor de los hombres en las cosas que a Dios se refieren, para presentar ofrendas y sacrificios por los pecados» (Heb. 5:1). Dios quiso establecerlo así, porque este oficio de mediación era parte de las sombras que reflejaban a Aquel que había de venir.

Cuando Cristo vino y habitó entre nosotros, manifestó de manera gloriosa la sustancia misma que había sido reflejada por el ministerio sacerdotal del Antiguo Testamento. Cristo vino como el Sacerdote fiel y verdadero. En la misma estirpe de los sacerdotes antiguos, pero infinitamente superior. Él fue el que presentó el sacrificio ante Dios y el sacrificio al mismo tiempo. En Su estado resucitado y de exaltación, sigue haciendo Su oficio sacerdotal, intercediendo por nosotros delante del Padre y sosteniendo en oración (1 Jn. 2:1-2; Rom. 8:34; Heb. 7:25; 9:24).

Una de las asombrosas verdades del pueblo que fue rescatado por Cristo es que ahora, en esta bendita dignidad que recibieron por la gracia de Dios, han sido puestos en una posición de sacerdotes. Todos los creyentes son sacerdotes delante de Dios, son un sacerdocio santo.

En el tiempo de la Reforma, esta doctrina se levantó con firmeza en contra de las pretensiones de la iglesia católica con respecto al lugar que ocupan los sacerdotes u obispos delante de Dios y delante del pueblo. Según los romanistas (tanto en ese tiempo como ahora), el clero de la iglesia, en su posición sacerdotal especial, tiene la responsabilidad de servir, guiar e interceder por el pueblo, porque funcionan como mediadores de los misterios de Dios en la tierra. Ese ilegítimo oficio de intermediación dio lugar a todo tipo de perversidades y abusos, trayendo como consecuencia el oscurecimiento de la verdad de Dios delante del pueblo.

Al considerar los verdaderos problemas esenciales detrás de la enseñanza de la iglesia católico-romana, los reformadores encontraron en el sacerdocio del creyente un principio esencial de la vida cristiana. Si un creyente acepta esta verdad, toda su percepción con respecto a la iglesia y el ministerio cambian completamente. ¿Por qué ir a un hombre a confesar mis pecados si puedo ir a Dios? ¿Por qué buscar la intercesión de otro hombre cuando Dios puede escucharme a mí? Cuando el creyente se reconoce como un sacerdote, su visión de la cercanía que puede tener hacia Dios y servicio a los demás, cambia.

En segundo lugar, este texto nos enseña que a través de esta posición sacerdotal, el creyente ha recibido la responsabilidad de hacer un ministerio sacerdotal. Después de afirmar la posición de los creyentes como sacerdotes santos, el Apóstol Pedro nos muestra que esa posición demanda una responsabilidad, la cual es: “para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios”. La palabra espirituales (πνευματικὰς) califica la responsabilidad de ofrecer sacrificios. No está hablando de sacrificios de animales, como lo hacían los sacerdotes del Antiguo Pacto, sino un ministerio espiritual. Sin embargo, aunque la realidad es mucho más excelente que la sombra, hay una congruencia entre ellas. Aunque el ministerio de los sacerdotes del Antiguo Pacto ya no está vigente, sus funciones y ministerios son una sombra que proyecta nuestra realidad espiritual. Charles H. Spurgeon conectó estas dos realidad de una manera maravillosa al comentar sobre este versículo:

El sacerdocio significaba en Israel que estos hombres fueron apartados para hablar con Dios en nombre del resto de la congregación. Tenían que ofrecer el sacrificio diario y encender el fuego del incienso. Ahora, ustedes que creen en Cristo son todos sacerdotes, sacerdotes para la humanidad, para hablar por ellos a Dios. Así como el hombre es portavoz de un mundo mudo, también eres intercesor de una raza pecadora.

El sacerdote, además de [ser] instructor del pueblo, también era su intercesor. Tú también debes serlo. No ceséis, ni de día ni de noche, de orar por los hombres hasta que Dios envíe Su luz a las partes más oscuras de la tierra. Ustedes que hablan del Señor, no guarden silencio hasta que llegue el momento de favorecer a Sión. Para ti, la habitación, la sala, el taller, el campo abierto y la calle deben ser un lugar para el ejercicio de tus funciones sacerdotales.[5]

Nuestro ministerio sacerdotal tiene que ver con intercesión por los hombres, reconciliación para el perdido, proclamación de la Palabra y adoración del Dios verdadero, de una forma mayor y más gloriosa, pero similar al ministerio sacerdotal del Antiguo Pacto.

En tercer lugar, el texto nos enseña que este ministerio sacerdotal que el creyente ha sido llamado a hacer está en completa dependencia de la obra de Jesucristo: “por medio de Jesucristo”.

Esta dependencia en Cristo tiene que ver con tres cosas. Primero, que es imposible realizar nuestro ministerio hacia otros sin nutrir nuestra vida espiritual a través de una relación vigorosa y constante con Cristo. A medida que buscamos ser fieles en el cumplimiento de nuestro ministerio como sacerdotes, requerimos de una comunión más cercana con el Señor.

Segundo, que Cristo en Su oficio como el Sumo Sacerdote, nos ha dotado de todas las cosas que necesitamos para llevar a cabo nuestro ministerio sacerdotal. Nos dio ejemplo al servir como nuestro intercesor (Heb. 7:25) y amarnos con un amor sacerdotal (Efe. 5:25-27)[6], y nos dotó de todas las gracias necesarias para cumplir este ministerio (1 Ped. 4:10-11).

Tercero, que fuera de Cristo es imposible que podamos hacer algo, por más precioso que luzca delante de los hombres, que pueda ser agradable al Señor y para el beneficio de otros. ¡Necesitamos de Cristo! Nuestro ministerio sacerdotal como creyentes solo puede ser realizado en Él y a través de Él.

Entonces, ¿quién conforma la iglesia? Los creyentes; y, por lo tanto, ¿cuál es la responsabilidad que ellos tienen que cumplir? Tienen que servirse los unos a los otros a través de la posición que recibieron como sacerdotes, a través de un ministerio sacerdotal.

3. El funcionamiento del ministerio de consejería y cuidado en la iglesia

Después de haber considerado la responsabilidad de los ancianos en el cuidado del cuidado y la consejería de la iglesia, y de haber reflexionado en la responsabilidad que la iglesia tiene de hacer las mismas cosas, necesitamos considerar cómo estas cosas funcionan juntas en el ministerio de la iglesia.

Aunque el ministerio funciona tanto desde los pastores hacia la iglesia, como de la iglesia hacia la iglesia, el ministerio no es una competencia o lucha de poder entre la iglesia y los pastores, sino un hermoso equilibrio establecido por Dios. 1 Tesalonicenses 4:13-18 constituye un claro ejemplo de eso.

En este pasaje, el apóstol Pablo está consuela a la iglesia con la exposición de la esperanza bienaventurada de la resurrección de los creyentes en la Segunda Venida de Cristo. Al finalizar su exposición, él dice: “por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras”. Esta exhortación contiene una maravillosa demostración del equilibrio entre el ministerio de los ancianos y el ministerio de la iglesia. Aquí, el ministerio de enseñanza de Pablo representa al ministerio de enseñanza de todo pastor en su congregacional. Como un pastor fiel, Pablo expone la verdad de Dios en medio de una necesidad de la iglesia. Los creyentes estaban desanimándose y entristeciéndose porque creían que aquellos que morían antes de que Cristo viniera simplemente no tendrían parte en Su venida.

Sin embargo, Pablo les recuerda que ellos resucitarán primero y que desde aquel día estarán para siempre con el Señor. Luego de explicarles la doctrina y contestar sus preguntas, Pablo ahora los exhorta a repetirse y motivarse mutuamente con esta verdad. Entonces, el patrón es claro. Los pastores enseñan la verdad de Dios a la iglesia, la capacitan con el conocimiento doctrinal necesario para que cada uno de sus miembros sea capaz de cuidar, animar y exhortar a su hermano en esas mismas verdades.

En este ejemplo, los pastores hacen el ministerio, enseñan la verdad; la iglesia hace también el ministerio, amonesta, exhorta y anima a su prójimo con esta misma verdad. Por supuesto, esto de ninguna manera significa que los pastores no deban animar o consolar a los miembros de la iglesia en privado, sino que exalta la enorme responsabilidad que ellos tienen de enseñar a la iglesia la verdad de Dios.

De la misma manera, la consejería personal va conectada con los medios de gracia que Dios estableció para la nutrición y crecimiento de Su pueblo. La consejería es el direccionamiento que la iglesia necesita, pero los medios de gracia son la provisión que le da energía para seguir ese direccionamiento. La consejería no puede reemplazar los medios que Dios estableció, sino que los acompaña.

Conclusión

La consejería y el cuidado personal en la iglesia es llevado a cabo en la iglesia en un orden armonioso que Dios determinó en el que los pastores son los principales responsables de guiar y cuidar a la iglesia, sin embargo, una parte importante de su ministerio consiste en instruir a la iglesia para que los miembros del cuerpo puedan cuidarse y aconsejarse entre sí.

Todo esto se lleva a cabo en el escenario de la iglesia local y la bendita provisión que Dios hizo de medios de gracia para alimentar y nutrir a su pueblo mientras caminan en este mundo (los cuales no pueden ser reemplazados por la consejería, sino que ésta constituye una ayuda adicional para direccionar, exhortar o consolar mientras el creyente es alimentado y preservado por Dios a través de estos medios). Por lo tanto, la consejería y el cuidado del alma deben funcionar en esta preciosa armonía creada por Dios para el bien de nuestras almas.


[1] Matthew Henry, Matthew Henry’s Commentary on the Whole Bible: Complete and Unabridged in One Volume (Peabody: Hendrickson, 1994), 2426.

[2] William Arndt et al., A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature (Chicago: University of Chicago Press, 2000), 699.

[3] Confesión Bautista de Fe de 1689, Capítulo 26, párrafos 5 y 6.

[4] Fesko, John, El Sacerdocio de todos los Creyentes. Ensayo.

[5] Charles Spurgeon, Spurgeon Commentary: 1 Peter, ed. Elliot Ritzema and Jessi Strong, Spurgeon Commentary Series (Bellingham, WA: Lexham Press, 2014), 1 Pet. 2:5.

[6] En este pasaje, Pablo exhorta a los maridos a amar a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia. Al hacer una descripción de este amor, Pablo utiliza palabras como «santificarla», «purificado», «lavamiento con agua», «mancha», «arruga», etc. Todas estas palabras evocan el ministerio sacerdotal del Antiguo Testamento. Esto sugiere que el mandato de amar como Cristo solo puede ser entendido cuando lo vemos como un amor sacerdotal.

Jorge A. Rodriguez V.

Es uno de los pastores de la Iglesia Bautista Reformada Gracia Soberana en Santo Domingo, Ecuador. Recibió una maestría en divinidad del Covenant Baptist Theological Seminary. Es el director del Seminario Bautista Confesional del Ecuador y miembro de la Junta de Directores del Covenant Baptist Theological Seminary en Owensboro, Kentucky. Ha estado involucrado en la educación teológica por más de quince años en Ecuador, así como en otros países de Latinoamérica. Está casado hace 15 años con su amada esposa Lady y tienen tres hijos: Natalia, Jorge Esteban y Sofía.
Scroll al inicio
Seraphinite AcceleratorOptimized by Seraphinite Accelerator
Turns on site high speed to be attractive for people and search engines.