La vida de Lutero es de gran interés histórico. La teología de Lutero provee una vista de los principios más fundamentales e importantes de la Reforma, pero su teología no se quedaba en el ámbito intelectual, sino que él quería desarrollar una teología que afectara la vida. Aunque Lutero, en contraste con muchos de los humanistas reformadores, llega a la raíz teológica de los problemas de la iglesia católica romana, no ignora la conexión intima entre la teología y la práctica individual y eclesiástica que esa teología produce. Por eso, la reforma protestante era tanto una reforma del evangelio en las afirmaciones teológicas de la iglesia, como también del evangelio en su fruto práctico en la vida cotidiana de la iglesia y del creyente individual.
En esta serie artículos sobre ‘el legado práctico de Lutero y la reforma protestante’ resumiré siete lecciones prácticas que podemos derivar de la vida de Lutero. Los cuatro artículos pasados se trataron de las primeras cuatro lecciones las cuales fueron: (1) la importancia de la consciencia sometida a la Palabra de Dios, (2) la ternura y naturaleza práctica del corazón pastoral, (3) la necesidad de paciencia para reformar la iglesia y (4) la realidad de la depresión y la guerra espiritual.
En este artículo veremos la quinta lección que tiene que ver con ‘el sufrimiento en esta vida a la luz del Evangelio’. Las siguientes 2 lecciones las veremos en los próximos artículos de los próximos días consecutivos.
Otro aspecto importante del legado práctico de Lutero lo vemos en su encuentro casi constante con el sufrimiento. Él sufrió diversos ataques del Diablo y los golpes de su consciencia, pero, además de estos sufrimientos, también sufrió físicamente. Lutero mismo sufría grandemente de varias enfermedades, zumbidos del oído, dolores de cabeza, mareos, cálculos y varios otros problemas. Además, él sufrió la muerte de su padre en 1530 y la de su madre en 1531.
Vio mucho sufrimiento en su vida como pastor con el fallecimiento de miembros o de seres queridos de ellos; además la plaga tocó Wittenberg en 1527 y trajo mucho sufrimiento, incluso a su propia familia ya que dejó su esposa e hijo Hans enfermos por un tiempo y resultó en la muerte de su hija de 8 meses Isabel. Además, él y su esposa sufrieron algunos abortos naturales y el fallecimiento de su hija adolescente Magdalena en 1542. La vida de Lutero en verdad fue llena de sufrimiento, pero esto fue una de las cosas que Dios usó para hacer a Lutero el hombre que fue. Examinemos algunos de estos eventos y cómo Lutero reaccionó.
El sufrimiento es la porción de todos los creyentes, según Lutero. Él apela a pasajes como Rom. 8:17, 29; 2 Tim. 3:12; Jn. 16:20, 33; y Heb. 12:8 como textos que enseñan esta realidad. Además, él dice que todos los pasajes que ofrecen consuelo sirven porque el sufrimiento es tan comúnmente la porción de los creyentes: «Si no, ¿para qué sirven tantos pasajes reconfortantes de las Escrituras?».(1) La cruz que el creyente tiene que sufrir no es algo buscado o deseado, sino algo que el mundo, pecado y el diablo le imponen, aunque todo es controlado y gobernado por Dios. Sin embargo, esta cruz es necesaria como una herramienta para su crecimiento en fe y amor:
Porque el diablo, un espíritu poderoso, maligno y engañoso odia a los hijos de Dios. Para ellos, la santa cruz sirve para ejercitar la fe y el poder de la Palabra, así como para someter cualquier pecado y orgullo que quede. En efecto, un cristiano no puede prescindir de la cruz más que de la comida o la bebida.(2)
Según Lutero, el sufrimiento en sí es un tipo de medicamento para el alma. El sufrimiento nos lleva a depender más de Cristo, ejerce y fortalece la fe, y nos prepara para la gloria. En una carta de marzo de 1542 Lutero dijo lo siguiente:
Ahora bien, como la tentación sirve de mirra, áloe, ruibarbo y de contrairritante para los pecados carnales del cuerpo de muerte del cristiano, por lo tanto, esta no debe ser estimada a la ligera y debemos estar en guardia para no elegir voluntariamente nuestras aflicciones, sino que debemos aceptar las que Dios considere oportuno visitarnos ya que serán más saludables para nosotros, por muy pesadas que sean.(3)
Lutero sufría mucho en su propio cuerpo. Muchas veces se estresaba por tanto trabajo y por los viajes. En una carta a Melancthon en 1530, él comenta una de estas circunstancias:
Sentí un fuerte zumbido y un rugido, como un trueno, en mi cabeza y si no me hubiera detenido de inmediato me habría desmayado; y estuve inservible durante dos días. La máquina no ya hará más, pues mi cabeza se ha reducido a un breve capítulo, que por grados se reducirá a un diminuto párrafo y luego a una sola frase.(4)
También, en 1544, después de un largo viaje, estaba tan cansado y debilitado que pensaba morirse:
Me gustaría ir a Bernburg, pero acabo de regresar de Zeitz, tan cansado de conducir que no puedo caminar ni estar de pie y apenas me puedo sentar, por lo que auguro la pronta llegada de la muerte. Que Dios tenga a bien ayudarme. Por lo tanto, debo guardar silencio y descansar hasta que mejore ya sea a través de la vida o de la muerte, como Dios quiera.(5)
Luego, en ese mismo año, sus cartas expresan un tono de desesperación y un deseo de morir:
Estoy cansado, fatigado y helado; en resumen, soy un anciano que ya no sirve para nada. He corrido mi carrera y ya no queda más que reunirme con mis padres; y que los gusanos y la corrupción reciban su presa. Ya he vivido bastante, si es que esto es vida. Ora por mí para que la hora de mi partida sea agradable a Dios y saludable para mí.
[…] Mi hija Margaretha te agradece tu regalo. Ella, junto con todos sus hermanos, tuvo sarampión, pero estos últimos están bien desde hace tiempo, mientras que ella lleva diez semanas combatiendo un ataque de fiebre y todavía es dudoso que pueda recuperarse. No me rebelaré contra Dios si se la lleva para sí, lejos de este mundo diabólico, del que pronto nos liberará a mí y a los míos. Anhelo esto cada día; y ver el fin de la furia de Satanás y sus seguidores.(6)
En el año 1530, no solamente sufrió la pérdida de su padre, sino también tuvo que vivir otro tiempo de soledad y asilo en el Castillo de Coburgo durante la dieta de Augsburgo donde se discutía la Confesión de Augsburgo. Además, en este tiempo Lutero también fue golpeado fuertemente por una enfermedad. Pero, en vez de ver esa situación directamente conectada con lo físico, él lo vio como un ataque del diablo:
En Coburgo me di una vuelta y busqué un lugar para mi entierro; pensaba que me iban a poner en el coro bajo la mesa, pero ahora tengo otra opinión, sé que no me queda mucho tiempo de vida, porque mi cabeza es como un cuchillo, al que se le ha quitado todo el acero y se ha convertido en simple hierro, el hierro ya no corta, lo mismo pasa con mi cabeza. Ahora, amando a Dios, espero que mi tiempo no esté lejos, que Dios me ayude y me dé una hora feliz, pues no deseo vivir más.(7)
Sin embargo, Lutero anima a su hermano Melancthon quien estaba involucrado en la lucha en Augsburgo con estas palabras:
No os preocupéis por mí, pues no es una enfermedad orgánica la que padezco, por lo que me burlo del ángel de Satanás que me golpea tan severamente. Si no puedo leer y escribir, aún puedo meditar y orar; también dormir, jugar y cantar. Sólo [te pido] que no te preocupes indebidamente, Felipe, por una causa que no está en tu mano, sino en la de Aquel que es más grande que el Príncipe de este mundo, y de quien nadie puede separarnos, para que verifiquemos su Palabra. «Es vano que te levantes temprano, que te acuestes tarde, … que comas el pan de los dolores, pues Él se lo da a sus amigos dormidos, o en el sueño» [versión de Lutero].
Pon tus preocupaciones sobre Dios, que resucita a los muertos y cura a los quebrantados de corazón. El Dios de todo consuelo, en cuyas manos os encomiendo a todos, nos ha elegido para difundir su honor y su gloria. Desde el castillo tan lleno de demonios, pero donde, sin embargo, Cristo reina en medio de sus enemigos. Hasta la vista.(8)
Muchas él veces tenía problemas de salud y a veces tenía que acortar sus sermones debido a los mareos que sufría. Con el paso del tiempo, su salud y fuerza se decaía, pero sus obligaciones seguían; y esto ponía mucho estrés en su cuerpo y espíritu. Lutero sabía muy bien que la vida en este mundo es un ‘valle de lágrimas’ y esperaba, en medio de esa sombra de muerte, poder alcanzar el descanso de la gloria. Estaba cansado y agotado de los sufrimientos, pero se consolaba en el gozo de que un día pudiera estar con su Señor.
Además, Lutero, como pastor, tenía que enfrentar el sufrimiento de otros. Por ejemplo, durante un brote de la plaga bubónica, o peste negra, en Wittenberg en 1527, Lutero y Kati convirtieron su hogar, el claustro negro, en un hospital y recibieron muchos enfermos en su casa. En este tiempo, Hans, su primogénito, tenía un año y su esposa estaba embarazada con Isabel. Hans se enfermó, pero se pudo recuperar; Kati se enfermó brevemente pero no fue afectada tanto; y Lutero estaba luchando con otros problemas de salud que le terminarían afligiendo por el resto de su vida: fiebres frecuentes, dolores de cabeza, zumbido en sus oídos y a veces desmayos.
Pero, a pesar del estado vulnerable de su familia, como pastor él consideraba necesario quedarse para atender a los cuerpos y almas de sus ovejas. Este tiempo era muy difícil para su familia y como también de mucha depresión. Como él mismo dijo en una carta a Nicolas Hausmann el 19 de agosto de 1527:
Esperamos que la plaga acabe pronto. Nos asola de múltiples maneras, especialmente a mí, debilitando mi fe y cargándome de cuidados. La peste ha estado tres veces en la casa. El hijo pequeño ha estado ocho días enfermo, y sólo se mantiene vivo gracias a los líquidos; aunque ahora se está recuperando. Durante muchos meses he sufrido por falta de fe. Ora para que nuestra fe no decaiga.(9)
La hermana de su compañero Bugenhagen, Hanna, estaba en sus últimos meses de embarazo, se contagió de la plaga y se cobró la vida del bebe como también la suya prontamente después del aborto. Esto causó mucho temor a la familia de Lutero. Kati dio a luz a Isabel el 10 de diciembre, pero Isabel era una niña enfermiza probablemente por la exposición de Kati a la plaga durante su embarazo. Isabel murió con alrededor de 8 meses, en agosto de 1528.
En una carta a Nicolas Hausmann, el 5 de agosto de 1528, Lutero comentó lo siguiente con respecto a la muerte de su hija Isabel: «Me han quitado a mi hijita Isabel, dejándome casi como la pena de mujer, tan profundamente apenado estoy. Nunca soñé que el corazón de un padre pudiera ser tan blando con sus hijos».(10)
Sin embargo, las cartas de Lutero están llenas de consolación para los sufrientes. Él escribió muchas cartas personales a los que habían perdido o estaban sufriendo. Lutero pudo usar la consolación que él había recibido de Dios para poder consolar a otros. Por ejemplo, después de la muerte del hijo de Melancthon, dio esta recomendación general para aquellos que quisieran consolar a un alma turbada: «Habla confortablemente al hombre que, a los ojos del mundo, se inclina por el dolor, haciendo que se alegre de nuestra aflicción».(11)
Lutero entendía que la enfermedad y el sufrimiento pueden venir de dos fuentes. La enfermedad puede ser por causa de un problema físico o puede ser por algo espiritual, como un ataque del diablo. Pero, cuando un problema espiritual se trata con medicina muchas veces no se cura el problema en la raíz, sino que lo enmascara. Sin embargo, lo que la enfermedad siempre debe hacer es llevarnos al gran médico, nuestro Señor Jesús.
Los médicos en las enfermedades sólo consideran de qué causas naturales, y de dónde, viene una enfermedad, la misma que van a curar con su física y hacen lo correcto en ello; pero no ven que a menudo el diablo arroja una enfermedad sobre el cuello de uno, cuando no tiene ninguna causa natural; por lo tanto, se debe requerir una física más alta para resistir las enfermedades del diablo; a saber, la fe y la oración, dicha ‘física’ puede obtenerse por la Palabra de Dios.(12)
Como dice aquí, cualquier medicamento físico que uno toma, debe estar acompañado con los medicamentos espirituales de la fe, la oración y la física. Y, como el sufrimiento y la enfermedad son tan comunes, estos deben hacer que nuestra vida esté llena de oración y una dependencia constante de Dios: «En medio de la vida, estamos en medio de la muerte, pues estamos sujetos a múltiples y mortales enfermedades y desgracias; aquí [vemos que] uno se apuñala, allí [vemos que] otro cae y muere desangrado; por eso a cada hora tenemos necesidad de invocar a Dios para que nos guarde y preserve».(13)
Toda la vida y salud viene de Dios; y Él tiene la libertad, en su juicio o en su disciplina paternal, de quitárnosla según su voluntad. Por esto, debemos depender de Él y aprender a darle gracias por cada día que vivimos sanos. La oración es un medicamento más fuerte que cualquier remedio natural o sintético de los hombres. Lutero, en su estadía en Schmalkalden en 1537-1538 cayó terriblemente enfermo hasta el punto creer que estaba muerto. En una carta a su esposa el 27 de febrero de 1537 dijo:
Estuve muy enfermo en Schmalkalden, no estuve ni tres días bien; no podía ni dormir, ni comer, ni beber. En resumen, estuve a punto de morir, y os encomendé con los niños a Dios y a mi querido Señor, sin esperar volver a veros. Si Dios no se hubiera apiadado de mí, estaría en la tumba. Pero las fervientes oraciones y las lágrimas de tantas personas han logrado lo que la medicina no podía hacer y anoche me alivié y me siento como si hubiera nacido de nuevo.(14)
Una de las realidades más confortantes para Lutero era su entendimiento del evangelio. El evangelio nunca fue algo meramente mental para Lutero. Era lo que controlaba su vida, su predicación, su cuidado pastoral y le daba consuelo en el sufrimiento, ante los ataques del diablo y frente la muerte. En una carta a su padre enfermo el 15 de febrero de 1530, unos tres meses antes de su muerte (el 29 de mayo), Lutero le consoló con esta esperanza de la victoria de Cristo sobre la muerte:
Por lo tanto, deja que tu corazón sea ahora audaz y confiado en [medio de] tu enfermedad, porque tenemos allí, en esa vida con Dios, un verdadero y fiel ayudante, Jesucristo, que para nosotros ha estrangulado la muerte, junto con el pecado, y ahora se sienta allí para nosotros; junto con todos los ángeles Cristo está mirando hacia abajo, y esperándonos, para que cuando vayamos a partir, no nos atrevamos a preocuparnos o temer que podamos hundirnos o caer al suelo. Su poder sobre la muerte y el pecado es demasiado grande como para que puedan dañarnos. Él es tan fiel y bueno de todo corazón que no puede abandonarnos, ni querría hacerlo; sólo [nos queda] desear su ayuda sin dudar de su promesa.(15)
En su enfermedad, Lutero procuraba orar por su recuperación, pero también sabía el privilegio y la bendición de partir y estar con el Señor. A la luz de esta realidad, él ve la muerte como la mejor de las alternativas. La muerte en Cristo es una entrada a la paz y la gloria, mientras que sobrevivir, y seguir viviendo, produce más dolor, sufrimiento y tristeza:
Sin embargo, si es Su divina voluntad que esperes aún más a esa mejor vida, que sigas sufriendo con nosotros en este atribulado y doloroso valle de lágrimas, que veas y oigas la tristeza, o que junto con todos los cristianos ayudes a soportar y superar, entonces también te dará la gracia de aceptar todo esto de buen grado y obedientemente. Esta vida maldita no es más que un verdadero valle de lágrimas, en el que cuanto más vive el hombre, más pecado, maldad, tormento y tristeza ve y siente. Tampoco hay tregua ni cese de todo esto hasta que se nos aplane con la pala; entonces, claro está, [esta tristeza] ha de cesar y dejarnos dormir contentos en la paz de Cristo, hasta que vuelva a despertarnos con alegría. Amén.
Esta muerte me ha sumido en profundo dolor, no sólo porque era mi padre, sino porque fue a través de su profundo amor hacia mí que mi Creador me dotó de todo lo que soy y tengo. Aunque me consuela saber que se durmió suavemente en Cristo Jesús, fuerte en la fe, sin embargo, su pérdida ha causado una profunda herida en mi corazón.
Así son arrebatados los justos del mal para venir a entrar en el descanso. Ahora soy heredero del nombre, siendo el mayor de los Lutero de la familia, por lo que me corresponde seguirlo en el reino de Cristo, que nos lo dio. Estoy demasiado triste para escribir más hoy, y es justo llorar a un padre que con el sudor de su frente me convirtió en lo que soy.
Pero me alegro de que haya vivido para contemplar la luz de la verdad.(16)
Al siguiente año, su madre también se enfermó y luego murió. Pero, antes de su muerte, Lutero le escribió una carta con estos consuelos en la hora de la enfermedad. En primer lugar, la enfermedad es una disciplina paternal de Dios. Pero, no es algo para deprimirnos o desesperarnos, sino ver que es mucho menos que lo que otros reciben, tanto los incrédulos como otros cristianos, y es menos que lo que merecemos. Además, es menos que lo que Cristo recibió quien no sufrió por sí mismo sino por nosotros:
Querida madre, por la gracia de Dios, ya sabes que esta enfermedad tuya es su castigo paternal y bondadoso. No es más que un pequeño castigo en comparación con el que inflige a los impíos, y a veces incluso a sus propios hijos queridos, cuando [sabemos que] una persona [ha sido] decapitada, otra quemada, una tercera ahogada, etc. … Esta enfermedad, por tanto, no debe angustiarte ni deprimirte. Al contrario, debéis aceptarla con agradecimiento, como enviada por la gracia de Dios; reconoced lo leve que es el sufrimiento —aunque sea una enfermedad [que lleve] hasta la muerte— comparado con los sufrimientos de su propio y querido Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que no tuvo que sufrir por sí mismo, como tenemos que hacer nosotros, sino que sufrió por nosotros y por nuestros pecados.(17)
En segundo, aunque seamos afligidos por la tribulación o enfermedad, podemos saber que Cristo sigue siendo el mismo y su fidelidad es la misma. Él salva a tales pecadores cautivados por las enfermedades y aflicciones de esta vida: «Él no vacilará ni nos fallará, ni permitirá que nos hundamos o perezcamos, porque él es el Salvador y es llamado el Salvador de todos los pobres pecadores, de todos los que están atrapados en la tribulación y la muerte, de los que confían en él e invocan su nombre».(18) A la luz de esto, Lutero solía orar de esta manera en medio de su sufrimiento:
Dios todopoderoso y eterno, Padre celestial misericordioso, que eres padre de nuestro amado Señor Jesucristo, sé con certeza que todo lo que has dicho lo harás y lo puedes hacer, pues no puedes mentir, tu Palabra es recta y verdadera. En el principio me prometiste a tu amado y unigénito Hijo Jesucristo; éste ha venido y me ha librado del diablo, de la muerte, del infierno y del pecado. Por Su bondadosa voluntad me ha presentado los Sacramentos que he usado con fe y he dependido de tu Palabra; por lo que no dudo en absoluto, sino que estoy bien asegurado y establecido en paz; por lo tanto, si esta es mi hora y tu divina voluntad, así estoy dispuesto a partir de aquí con alegría.(19)
Cristo ha vencido la muerte, por lo tanto, aunque la muerte y el pecado nos amenacen, son como un perro sin dientes o una avispa sin aguijón. Por lo tanto, Lutero le recomienda a su madre que ore de esta manera:
Alegrémonos, ahora, con toda seguridad y alegría; y si cualquier pensamiento de pecado o muerte nos asusta, en oposición a esto levantemos nuestros corazones y digamos:
«He aquí, querida alma, ¿qué haces? Querida muerte, querido pecado, ¿cómo es que estás vivo y me aterrorizas? ¿No sabes que has sido vencida? ¿Muerte, acaso no sabes que estás completamente muerta? ¿No conoces a Aquel que dice de ti: “He vencido al mundo”? No me conviene escuchar tus aterradoras sugerencias, ni hacerles caso. Más bien debería escuchar las reconfortantes palabras de mi Salvador: ‘Tened buen ánimo, tened buen ánimo; yo he vencido al mundo’. Él es el vencedor, el verdadero héroe, que me da y se apropia de su victoria con esta palabra: ‘¡Tengan buen ánimo!’
Me aferraré a Él; a sus palabras y su consuelo me aferraré; no importa si yo me quedo aquí o me voy allá, Él no me miente. Quisieras engañarme con tus terrores, y con tus pensamientos mentirosos quisieras arrancarme de tal vencedor y salvador. Pero son mentiras, tan cierto como que te ha vencido y nos ha mandado consolación».
«San Pablo también se jacta de lo mismo y desafía los terrores de la muerte: “La muerte es absorbida por la victoria. Oh, muerte, ¿dónde está tu victoria? Oh, infierno, ¿dónde está tu aguijón?”. Como una imagen de madera de la muerte, puedes aterrorizar y desafiar, pero no tienes poder para estrangular. Porque tu victoria, tu aguijón y tu poder han sido absorbidos por la victoria de Cristo. Puedes mostrar tus dientes, pero no puedes devorar, porque Dios nos ha dado la victoria sobre ti por medio de Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien se le alaban y agradecen. Amén».(20)
En otra ocasión él dice algo parecido: «Cuando Adán vivía, es decir, cuando pecaba, entonces la muerte devoraba la vida; pero cuando Cristo murió, entonces la vida (que está en Cristo) se tragó y devoró a la muerte; por lo tanto, Dios sea alabado, porque Cristo murió y obtuvo la victoria».(21)
Si un hombre mira la muerte o su pecado y lo que merece en sí, se irá a la depresión y desesperación. Pero, el cristiano debe entrenarse en pensar en la muerte y el dolor a la luz del evangelio de Cristo. Como dijo Lutero en un sermón sobre la preparación para la muerte, predicado en 1519, que:
En tales imágenes [pensamientos a la luz del evangelio] la muerte no parecerá terrible y horripilante. No, sino que parecerá despreciable y muerta, muerta y vencida en vida. Porque Cristo no es otra cosa que pura vida, como lo son también sus santos. Cuanto más profundamente imprimas esa imagen en tu corazón y la contemples, más palidecerá la imagen de la muerte y se desvanecerá por sí misma sin lucha ni batalla. Así tu corazón estará en paz y podrás morir tranquilamente en Cristo y con Cristo, como leemos en el Apocalipsis [14:13]: «Dichosos los que mueren en el Señor Cristo».
Esto fue anticipado en Éxodo 21 [Núm. 21:6-9], donde oímos que cuando los hijos de Israel fueron mordidos por serpientes ardientes no lucharon con estas serpientes, sino que simplemente tuvieron que levantar los ojos hacia la serpiente de bronce muerta y las vivas se desprendieron de ellos por sí mismas y perecieron.
Así también, debes ocuparte únicamente de la muerte de Cristo y entonces encontrarás la vida. Pero si miras la muerte de cualquier otra manera, te matará con gran ansiedad y angustia. Por eso Cristo dice: «En el mundo –es decir, en vosotros mismos– tenéis inquietud, pero en mí encontraréis la paz» [Juan 16:33].(22)
Hay tres cosas principales que pueden causar terror al cristiano frente la enfermedad o muerte: la muerte misma, el pecado, o el infierno. Pero, si pensamos de estas cosas en Cristo nos sorprendemos de la victoria de Cristo sobre cada parte:
Allí [Cristo] se preparó como una triple imagen para nosotros, para ser sostenida ante los ojos de nuestra fe contra las tres imágenes malignas con las que el espíritu maligno y nuestra naturaleza nos asaltarían para robarnos esta fe. Él es [1] la imagen viva e inmortal contra la muerte, que sufrió, pero por su resurrección de entre los muertos venció a la muerte en su vida. También. Él es [2] la imagen de la gracia de Dios contra el pecado, que Él asumió y, sin embargo, venció por su perfecta obediencia. Y finalmente, Él es [3] la imagen celestial, el que fue abandonado por Dios como condenado y, sin embargo, venció el infierno por su amor omnipotente, demostrando así que es el Hijo más querido, que nos lo da a todos si creemos.(23)
La fe en el evangelio nos lleva del punto de ver que Cristo conquistó el pecado, la muerte y el infierno, a punto de decir que Cristo conquistó mi pecado, mi muerte y mi infierno. Es decir, es esta fe personal en el evangelio la que da verdadero consuelo frente la muerte.
A la luz de esta verdad, la muerte no hace ningún daño al creyente ya que este no siente el dolor de la muerte porque ahora la muerte solo sirve como el portero de los cielos. Esta es una realidad con la cual Lutero se consoló a sí mismo frente la muerte de su hija Magdalena y que también usó en sus cartas a otros.
En 1532, un estudiante piadoso y dedicado en la universidad de Wittenberg se murió y Lutero les escribió a sus padres (22 de abril) para consolarles con el buen testimonio que tenía, la profesión de fe que mantuvo hasta el final y cómo no sufrió en su muerte, pero concluyó con este consejo:
«Y ahora él está en el lugar que no cambiaría por el mundo entero. Así que, consuélate de que no está perdido, sino que sólo ha sido enviado antes para ser guardado en la bienaventuranza eterna; por lo tanto, “no debemos entristecernos como los que no tienen esperanza”».(24)
También, en una carta de consolación a Justus Jonas, su amigo, después de la muerte de su esposa, él dijo lo siguiente:
«El consuelo temporal no sirve de nada en este caso. Hay que mirar únicamente a lo invisible y eterno. Esto [invisible y eterno] es nuestro precursor en las regiones del más allá, donde todos seremos reunidos al despedirnos de este valle de lágrimas y de este mundo corrupto. Amén».(25)
Lutero, como hemos visto, sufrió de muchas maneras, con sus propias enfermedades, el fallecimiento de su padre en 1530 y el de su madre en 1531, y también varios abortos naturales. Además, sobrevivió la plaga y varios otros sufrimientos. Pero, quizás el dolor más fuerte que tuvo que sufrir fue el fallecimiento de su hija de 13 años Magdalena el 20 de septiembre de 1542 (nacida el 17 de diciembre de 1529). Este evento fue una tragedia para toda la familia. Unos meses luego, Lutero le escribió una carta a su hijo mayor, Hans, quien tenía dificultades en la escuela debido a sus lamentaciones por su hermana menor.(26) La historia se cuenta así:
Mientras su hija yacía muy enferma, el Dr. Lutero dijo: «La quiero mucho, pero querido Dios, si es tu voluntad llevártela, me someto a ti». Luego le dijo a ella, mientras yacía en la cama: «Magdalena, mi querida hijita, ¿quieres quedarte aquí con tu padre, o quieres irte con tu Padre allá?». Ella respondió: «Querido padre, como Dios quiera». Entonces dijo él: «Querida hija, el espíritu está dispuesto pero la carne es débil». Entonces se dio la vuelta y dijo: «La quiero mucho; si mi carne es tan fuerte, ¿qué puede hacer mi espíritu? Dios no ha dado a ningún obispo un regalo tan grande en mil años como el que me ha dado a mí en ella. Estoy enfadado conmigo mismo por no poder alegrarme de corazón y ser agradecido como debo».
Mientras Magdalena yacía en la agonía de la muerte, su padre cayó de rodillas ante el lecho, lloró amargamente y oró para que Dios la liberara. Entonces, ella partió y se durmió en los brazos de su padre….
Mientras la depositaban en el ataúd, él dijo: «Querida Lena, te levantarás y brillarás como una estrella, sí, así como el sol…. Estoy feliz en espíritu, pero la carne está triste y no se contentará, la despedida me apena más allá de toda medida… He enviado a un santo al cielo».(27)
Aquí vemos como él tuvo la oportunidad de aplicar algunos de los medicamentos de consuelo que había usado a su propia alma por regocijarse en el testimonio cristiano de su hija y también en la confianza de su morada en los cielos con Cristo. Tres días después le escribe a Justus Jonas:
Me imagino que habrás oído que mi amada Magdalena ha renacido en el Reino eterno de Cristo. Aunque mi esposa y yo deberíamos alegrarnos por su feliz final, todavía la ternura del corazón del padre es tan grande que no podemos pensar en ella sin sollozos y suspiros, que desgarran el corazón. Porque la imagen de esta hija tan obediente y tiernamente cariñosa se cierne siempre ante nuestros ojos, con todo lo que dijo e hizo tanto en la vida como en la muerte, que incluso la muerte de Cristo (¿y qué son todas las muertes comparadas con ésta?) es casi impotente para borrar el recuerdo.
Por lo tanto, gracias a Dios por nosotros. Pues ¿no nos ha honrado mucho al glorificar a nuestra hija? Ya sabes lo cariñosa y sensible que era, es más, lo encantadora que era. Alabado sea Cristo por haberla elegido, por haberla llamado y por haberla glorificado. Pido a Dios que yo y todos nosotros tengamos una muerte así, es más, una vida así. Esta es mi única petición al Padre de todo consuelo y misericordia.(28)
Lutero no rechazaba el sufrimiento, sino que lo aceptaba como la porción común de todos los creyentes. También, entendía que era parte de la disciplina paternal de Dios por la cual santificaba a su pueblo, los hacía más útiles para la consolación de otros, fortalecía su fe y también alimentaba su esperanza para la gloria.
Este legado es clave tanto para el pastor quien va a sufrir y consolar a los que sufren como Lutero, pero también para el creyente común. El evangelio no es algo que no puede tocar el sufrimiento; sino que es la respuesta tanto para el pecado y los ataques del diablo como para el alma afligida por la enfermedad o el sufrimiento. Esto es lo que Lutero nos recuerda en este aspecto de su legado práctico.
Para Lutero, la muerte es un gran tormento, pero debido a Cristo y su obra en la cruz, la muerte ha perdido su aguijón. Él dijo: «La muerte, entonces, para los creyentes ya está muerta y no tiene nada terrible detrás de su máscara sonriente».(29)
La muerte ahora tiene dos bendiciones que ofrecer al cristiano: «La primera, en que mediante la muerte se pone fin a toda la tragedia de los males de este mundo… La otra bendición de la muerte es esta: que, no sólo concluye los dolores y males de esta vida, sino que (lo que es más excelente) pone fin a los pecados y vicios». (30)
Concluimos con estas palabras del Dr. Lutero:
Esta seguridad nos la ganó Cristo con su muerte y resurrección, para ser Señor de vivos y muertos, capaz de guardarnos en la vida y en la muerte.(31)
Así, por la misericordia de Dios, la muerte, que era para el hombre el castigo por su pecado, se convierte para el cristiano en el fin del pecado y el comienzo de la vida y la justicia.(32)
Es un espectáculo valiente ver cómo la muerte es destruida, no por obra ajena, sino por la suya propia; es apuñalada con su propia arma y, como Goliat, es decapitada con su propia espada. Porque también Goliat era un tipo del pecado, un gigante terrible para todos, salvo para el joven David, es decir, Cristo, que sin ayuda de nadie lo abatió, y después de cortarle la cabeza con su propia espada, dijo después que no había mejor espada que la espada de Goliat.(33)
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Notas al pie:
[1] Ken Sundet Jones y Mark C. Mattes, «That Christians Should Bear Their Cross with Patience», en Pastoral Writings, ed. Hans J. Hillerbrand et al., vol. 4, The Annotated Luther (Minneapolis, MN: Fortress Press, 1530), 415.
[2] Jones y Mattes, «That Christians Should Bear Their Cross with Patience», 4:415.
[3] Luther, The Letters of Martin Luther, 411.
[4] Martin Luther y Margaret A. Currie, The Letters of Martin Luther, ed. Margaret A. Currie, trans. Margaret A. Currie (London: Macmillan and Co., Limited, 1908), 212.
[5] Luther, The Letters of Martin Luther, 443.
[6] Luther, The Letters of Martin Luther, 446-447.
[7] Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 402.
[8] Luther, The Letters of Martin Luther, 236–237.
[9] Luther, The Letters of Martin Luther, 163–164.
[10] Luther, The Letters of Martin Luther, 181.
[11] Luther, The Letters of Martin Luther, 214; = 15 de mayo de 1530.
[12] Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 400.
[13] Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 401.
[14] Luther, The Letters of Martin Luther, 343.
[15] John A. Maxfield, «Selected Letters of Pastoral and Spiritual Counsel», en Pastoral Writings, ed. Hans J. Hillerbrand et al., vol. 4, The Annotated Luther (Minneapolis, MN: Fortress Press, 2016), 453.
[16] Luther, The Letters of Martin Luther, 217.
[17] Maxfield, «Selected Letters of Pastoral and Spiritual Counsel», 4:463.
[18] Maxfield, «Selected Letters of Pastoral and Spiritual Counsel», 4:463.
[19] Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 404.
[20] Maxfield, «Selected Letters of Pastoral and Spiritual Counsel», 4:464.
[21] Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 404.
[22] Martin Luther, Martin Luther’s Basic Theological Writings, ed. William R. Russell y Timothy F. Lull, Third Edition. (Minneapolis, MN: Fortress Press, 2012), 395.
[23] Luther, Martin Luther’s Basic Theological Writings, 397.
[24] Luther, The Letters of Martin Luther, 278.
[25] Luther, The Letters of Martin Luther, 419.
[26] Luther, The Letters of Martin Luther, 420; = 25 de diciembre, 1542.
[27] Citado en Martisn Luther y Preserved Smith, The Life and Letters of Martin Luther, ed. Preserved Smith (Boston; New York; Cambridge: Houghton Mifflin Company; The Riverside Press, 1911), 353–354.
[28] Luther, The Letters of Martin Luther, 417.
[29] Martin Luther citado en William A. Clebsch y Charles R. Jaekle, Pastoral Care in Historical Perspective (New York, NY; Oxford: Rowan & Littlefield Publishers, 1994), 222.
[30] Martin Luther citado en William A. Clebsch y Charles R. Jaekle, Pastoral Care in Historical Perspective (New York, NY; Oxford: Rowan & Littlefield Publishers, 1994), 221–2.
[31] Martin Luther citado en William A. Clebsch y Charles R. Jaekle, Pastoral Care in Historical Perspective (New York, NY; Oxford: Rowan & Littlefield Publishers, 1994), 221.
[32] Martin Luther citado en William A. Clebsch y Charles R. Jaekle, Pastoral Care in Historical Perspective (New York, NY; Oxford: Rowan & Littlefield Publishers, 1994), 222.
[33] Martin Luther citado en William A. Clebsch y Charles R. Jaekle, Pastoral Care in Historical Perspective (New York, NY; Oxford: Rowan & Littlefield Publishers, 1994), 223.








