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Reparando el templo de Dios: Reflexiones sobre el tratado de Hercules Collins (Parte 2)

La justificación de esta obra

Como en casi todos los tratados, la introducción de esta obra juega un papel importantísimo porque nos muestra el contexto en el que se escribió y sus propósitos. En este artículo quiero invitarte a meditar en la perspectiva que condujo a la elaboración de este tratado y las razones expuestas por Collins para su publicación.

Considera estos primeros párrafos de la introducción del libro:(1)

A las Iglesias de Cristo, con todos sus pastores y maestros, y [para] aquellos que tienen dones prometedores para la edificación de la Iglesia. Gracia y dones sean multiplicados sobre vosotros por el conocimiento de Dios y nuestro Salvador Jesucristo.

Queridos hermanos:

La sustancia del asunto contenido en este libro fue compartida en una reunión diseñada para la promoción de los dones espirituales en las iglesias de Cristo, pero desde entonces he visto motivos para hacer algunas adiciones considerables a lo que se predicó entonces. Hay tres causas principales que me llevaron a publicar estas mis pobres labores en este día triste y descuidado, en el que hay tan poca provisión hecha en las iglesias de Cristo para un ministerio futuro.

La primera causa es esta, que las iglesias, las cuales son las escuelas de Cristo, puedan ser estimuladas a ver qué dones espirituales Dios les ha dado, y ponerlos en su ejercicio apropiado. La segunda causa es que todos los pastores y maestros consideren su deber de instruir a los miembros más capaces en el conocimiento de los misterios del Evangelio; y, como Pablo le dijo a Timoteo, que encarguen lo mismo a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros [ 2Tim 2:2].

Mi tercer propósito [o causa] de hacer esto público es, que los miembros de las iglesias, especialmente aquellos a quienes Dios ha dado un buen grado de conocimiento espiritual, no se contenten para siempre con ser sólo oyentes, sino que despierten esos dones de una manera humilde y los pongan en uso para la edificación de las iglesias; y, con el fin de proceder y administrar regularmente esa obra, he dado algunas direcciones claras en este libro. Y que los tales consideren seriamente la reprensión del Apóstol Pablo a la iglesia de los Hebreos, quien les dice a aquellas mismas personas que por ese tiempo deberían haber sido ya maestros de otros que seguían teniendo la necesidad de que se les enseñaran de nuevo los principios elementales de los oráculos de Dios [Heb 5:12].

Una preocupación más allá de la iglesia local

Una de las cosas más llamativas de las convocatorias y asambleas de los bautistas particulares en Londres es la verdadera preocupación que tenían por el bienestar de las iglesias en los diferentes lugares del país.(2) Su preocupación traspasaba los límites de cada iglesia local convirtiéndose en una preocupación colectiva, como si fueran un solo cuerpo, una sola iglesia repartida en diferentes localidades. Hablando de esa preocupación santa que iba más allá de su propia iglesia local, G. Stephen Waever Jr., dice:

Collins era parte de un grupo de ministros que reconocía un verdadero problema entre las congregaciones; a saber: la ausencia de hombres jóvenes capaces sobre quienes se pudiera cargar la obra del ministerio para la próxima generación.(3)

Estos hombres no estaban pensando únicamente en las estrategias o formas de avanzar con sus propias iglesias, sino que llevaban un peso colectivo, una preocupación genuina por la continuidad de la preciosa fe que tenían a través de hombres fieles. Pero, si esos hombres no eran reconocidos por sus iglesias y estas no estaban haciendo nada por prepararlos para el ministerio, ¿cómo se mantendría el legado de la fe bautista particular para las generaciones venideras? Este sentimiento puede ser claramente visto en las palabras de Collins:

Hay tres causas principales que me llevaron a publicar estas mis pobres labores en este día triste y descuidado, en el que hay tan poca provisión hecha en las iglesias de Cristo para un ministerio futuro.

El templo reparado fue la contribución de Collins a este propósito. Este tratado de una exhortación abierta y directa a todas las iglesias y sus ministros a reanudar su trabajo en el reconocimiento y preparación de hombres para la obra del ministerio.

Este entendimiento está plasmado en el encabezado y las primeras líneas de la introducción escrita por Collins:

A las Iglesias de Cristo, con todos sus pastores y maestros, y [para] aquellos que tienen dones prometedores para la edificación de la Iglesia. […]

La sustancia del asunto contenido en este libro fue compartida en una reunión diseñada para la promoción de los dones espirituales en las iglesias de Cristo […].

Caminar con otros es un verdadero desafío, pero es uno de los ejemplos más evidentes de la vida de los bautistas particulares. Esta «consciencia de la iglesia universal»(4) —como a veces me gusta llamar a esta preocupación compartida por el bienestar de la iglesia de Cristo más allá de los límites de las iglesias locales— gobierna la vida asociativa de las primeras iglesias bautistas particulares y sus esfuerzos. Esto motivó el fondo común de las iglesias para el apoyo de pastores, el establecimiento de la Academia de Bristol (el primer «seminario» entre los bautistas particulares), una buena parte de los tratados y libros publicados, y la conformación de asociaciones formales entre las iglesias.

Por esa razón, no es de extrañarse que tanto en la Primera como en la Segunda Confesión Bautista de Fe de Londres encontremos esta «consciencia de la iglesia universal»:

1CBFL46 XLVII. Y aunque las congregaciones locales sean cuerpos distintos e individuales, {siendo} cada una dentro de sí misma como una ciudad compacta, bien unida, aun así, todas deben andar por una sola regla de verdad; así también (por todos los medios convenientes) deben tener el consejo y la ayuda mutuos, si fuera necesario, como miembros de un solo cuerpo, en la común fe, bajo Cristo su Cabeza.

2CBFL 26.14 Como cada iglesia y todos sus miembros están obligados a orar continuamente por el bien y la prosperidad de todas las iglesias de Cristo en todos los lugares, y ya que en todas las ocasiones están obligados a promoverlo (cada cual dentro de los límites de sus puestos y vocaciones, en el ejercicio de sus dones y virtudes), entonces, las iglesias (cuando sean plantadas por la providencia de Dios, de modo que puedan gozar de la oportunidad para, y el beneficio de, ello) deben tener comunión entre sí, para su paz, crecimiento en amor y edificación mutua.

Sin embargo, esta convicción de que la iglesia de Cristo es mucho más grande que nuestra iglesia local, tiene desafíos prácticos importantes. Caminar con otros demanda una disposición a ir más despacio de lo que podríamos ir, tener más conflictos de los que podrías tener y una demanda más exigente de humildad que la que se exigiría de nosotros si estuviéramos solos. También significa que el mérito por cualquier victoria tendrá que ser compartido y correr el riesgo de que nuestro nombre se pierda en una lista donde aparecen muchos otros nombres más. Sin embargo, el impacto y la recompensa es infinitamente mayor cuando caminamos con otros.

¡Necesitamos reparar esta parte de nuestro templo! La sensación de grandeza y el deseo de relevancia tan arraigados a nuestros egos se oponen con toda su fuerza a caminar con otros en una posición donde voluntariamente nos asociamos sin demandar respeto o pleitesía. ¿Estoy dispuesto a dejar que mi nombre se pierda en el camino por la gloria del avance de nuestra causa en común?

Las tres razones expresadas por su autor

Después de dejarnos ver su preocupación más allá de su propia iglesia local, ahora Hercules Collins expresa claramente lo que le llevó a publicar este tratado. Menciona que son tres esas razones. Sin embargo, antes de considerarlas, es clave entender que estas tres razones son, en realidad, tres perspectivas del mismo cuadro o, dicho de otra manera, tres frentes en los que se debe atender esta necesidad. Podemos resumir sus tres razones de la siguiente manera. Hercules Collins escribió este tratado como:

  1. Un estímulo a la iglesia en sus procesos eclesiásticos
  2. Una exhortación a los pastores en sus responsabilidades
  3. Un desafío a los miembros a usar sus dones

Debido a la brevedad que deben mantener estos artículos, consideraré solamente la primera razón y, en el próximo, consideraremos las otras dos razones.

1. Un estímulo a la iglesia en sus procesos eclesiásticos

Así describe la primera razón:

La primera causa es esta, que las iglesias, las cuales son las escuelas de Cristo, puedan ser estimuladas a ver qué dones espirituales Dios les ha dado, y ponerlos en su ejercicio apropiado.

Esta primera razón tiene que ver con los procesos o pasos disciplinados que una iglesia debe seguir constantemente en la tarea de reconocer «qué dones espirituales Dios ha dado». Por el informe narrativo de la Asamblea General de 1689 sabemos que esta era una gran falencia en la que las iglesias estaban recurriendo:

[…] no podemos dejar de lamentar ese gran mal y el descuido del deber en muchas iglesias con respecto al ministerio. 1. En el sentido de que algunas iglesias, a pesar de tener hermanos completamente cualificados para el oficio de pastor y de diácono, aun así, omiten esa sagrada ordenanza de la ordenación, por lo cual hacen que ellos no puedan predicar ni administrar las ordenanzas del evangelio tan regularmente como, y con la autoridad que, de otro modo, lo harían. A las iglesias que han fallado en esto, deseamos que, en el temor de Dios, piensen en ello de corazón, y se reformen.(5)

Según este reporte, las iglesias tenían hombres calificados para el oficio pastoral y de diácono, pero no estaban llamando correctamente a esos hombres al ministerio. Eso comenzó a dar un fruto muy nocivo en la vida de las iglesias; pues, desorden, frustración y apatía es lo único que se puede esperar cuando hay una casa desordenada y sin rumbo. ¡El templo necesitaba ser reparado!

Al igual que en esos días, seguimos adoleciendo de este problema, nuestras iglesias no tienen procesos claros, bíblicos y constantes que nos permitan reconocer los dones que Dios nos ha dado, y esa falta de claridad hace que el ministerio se convierta en algo frustrante para las iglesias, pues los miembros de la iglesia comienzan a desesperar en la «espera» (y, a veces, a tomar malas decisiones), y los hombres dotados y calificados de esa iglesia, a «desesperar» al sentir que simplemente son invisibles para la iglesia a la que sirven y aman en el Señor.

Hercules Collins hace un precioso eco de las palabras de John Owen al llamar a las iglesias «escuelas de Cristo»,(6) abrazándose del maravilloso principio de que la iglesia es el lugar en el que los discípulos de Cristo son formados con el propósito de ser perfeccionados, «cada uno según la medida señalada por Cristo y su utilidad en el cuerpo».(7)

Permíteme tomar todos estos conceptos y reflexionar de manera práctica por medio de tres afirmaciones bíblicas:

A. Toda iglesia debe reconocer a sus ministros porque Él los da

El Señor prometió que Él mismo sería quien edificaría a Su Iglesia (Mat. 16:18). Por la revelación subsecuente del Nuevo Testamento sabemos que la forma en la que lo hace ha sido ilustrada con un precioso edificio que tiene a Jesucristo como su piedra angular (1Ped. 2:4, 7), un fundamento sólido puesto por los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento (Efe. 2:20; 1Cor. 3:10) y una edificación llevada a cabo por los ministros de Cristo (Efe. 4:11-12), los cuales Él los da como una expresión abundante de Su gracia y misericordia para con Su pueblo como un botín de la guerra que venció al morir y resucitar de entre los muertos. Sobre esta verdad, Matthew Henry dice:

El gran regalo que Cristo le dio a la iglesia en Su ascensión fue el del ministerio de paz y reconciliación. El don del ministerio es fruto de la ascensión de Cristo. Los ministros tienen varios dones, los cuales todos les han sido dados por el Señor Jesús. […] Los dones de Cristo tenían la intención de ser para el bien de Su iglesia y con el propósito de hacer avanzar Su reino y participación entre los hombres.(8)

Aunque ciertamente la promesa de que Él daría dones a Su iglesia es una promesa con respecto a la Iglesia Universal, es decir, «el número completo de los elegidos que han sido, son o serán reunidos en uno bajo Cristo, su Cabeza; la Iglesia es la esposa, el cuerpo, la plenitud de Aquel que lo llena todo en todo»;(9) no obstante, la inseparable relación entre la Iglesia Universal y las iglesias locales(10) nos permite saber que Dios está dando dones a Su Iglesia y que, aunque no necesariamente toda iglesia local los tiene, tenemos que estar en vigilancia de que esa promesa se cumpla entre nosotros.

Esta verdad es la que nos permite saber que esa «búsqueda» de hombres no se limita estrictamente a la membresía de nuestra iglesia local, pero sí a los principios bíblicos que deben ser cumplidos siempre, es decir, debe ser examinado por los pastores y los miembros de la iglesia deben comprobar y asentir en que ese hombre cumple con los requisitos para ser llamado al ministerio pastoral. Por supuesto, el hecho de que no sea un miembro de la iglesia dificulta un poco el proceso de conocer sus dones y capacidades, sin embargo, los pastores deben hacer todo para que el proceso se lleve con claridad y la iglesia pueda escoger con limpia consciencia.

El punto clave es que Dios sigue en la empresa de edificar Su iglesia y la forma en la que lo hace es dando dones a Su Iglesia, los cuales son hombres con el carácter, las capacidades, el testimonio y un anhelo profundo de servir a Su pueblo. Es deber de toda la iglesia estar a la espera de esos hombres y, cuando el Señor permita que aparezcan, puedan ser reconocidos por Sus iglesias.

B. Toda iglesia debe reconocer a sus ministros porque Él lo exige

Si Dios sigue dando estos dones a los hombres, entonces es deber de los hombres reconocerlos. El apóstol Pablo nos recuerda que ese es el deber de las iglesias, el reconocer a los hombres que Dios le envía:

1 Tes. 5:12–13 Pero os rogamos hermanos, que reconozcáis a los que con diligencia trabajan entre vosotros, y os dirigen en el Señor y os instruyen, y que los tengáis en muy alta estima con amor, por causa de su trabajo. Vivid en paz los unos con los otros.

En este pasaje el apóstol Pablo nos dice que hay dos cosas que una iglesia debe hacer para con los dones que Dios le da. Primero, deben reconocerlos. Les ordena que reconozcan a los hermanos que trabajaban entre ellos. El verbo εἰδέναι que es traducido como «reconocer» tiene la idea de «haber visto o percibido [a alguien], conocer»,(11) sin embargo, en este contexto no se refiere a un mero conocimiento sobre alguien, sino a «reconocer el mérito, respectar, honrar [a alguien]».(12) Segundo, que los tengan en alta estima. Literalmente, que piensen de ellos más allá de toda medida, en una estima incomparable.(13)

Además, el apóstol nos menciona las características que estos hombres tienen y que deben ser consideradas por ellos. Estos son hombres que «con diligencia trabajan entre vosotros», los «dirigen» e «instruyen». Estas cosas nos recuerdan la clara enseñanza del Nuevo Testamento sobre estos hombres. Los hombres que Dios ha llamado deben ser hombres que cumplen con cualificaciones específicas (1 Tim. 3:1-7; Tito 1:5-9).

Las cualificaciones que tienen que ver con su carácter e integridad inspiran a que los hermanos «piensen de ellos más allá de toda medida», pues son ejemplares en todo lo que hacen delante del rebaño de Cristo. Son una invitación abierta a imitarlos, así como ellos imitan a Cristo (1 Cor. 11:1). Pero, por el otro lado, sus capacidades ministeriales, específicamente en lo tocante a la enseñanza y el gobierno, es lo que hace que la iglesia pueda reconocer la «diligencia [con la que] trabajan» en medio de la iglesia. Debido a la preciosa conexión de lo que enseña el Nuevo Testamento sobre este tema, no es sorprendente que Pablo hable de cómo estos hombres estaban «dirigiendo» e «instruyendo» a estos hermanos y, por lo tanto, era deber de la iglesia reconocerlos.

Podría haber más de una razón por la que una iglesia no cumpla con esta orden apostólica de reconocer a los hombres que Dios les está dando; sin embargo, quisiera considerar simplemente las dos más evidentes.

La primera razón podría ser por causa de un vicio pecaminoso en la iglesia y el terrible descuido de omitir la sagrada ordenanza de la ordenación, ya sea por un deseo pecaminoso de algunos de seguir ejerciendo un control ilegítimo sobre una iglesia de Cristo para lo cual les conviene que no haya oficiales legítimos en la iglesia, o por comodidad y un deseo pecaminoso de no comprometerse con la sujeción y sometimiento que un oficial legítimo pudiera demandar. Cualquiera que sea la razón, esta actitud debe ser reprendida y la iglesia que esté incurriendo en ella debe arrepentirse. Me temo que algunas de nuestras iglesias pudieran estar pecando en este punto.

La segunda razón podría ser por falta de guía en la forma en la que se deben reconocer a estos hombres de Dios y, debido a eso, muchas de nuestras iglesias podrían pasar años sin obedecer al Señor en lo que Él ha demandado. Me temo que esta razón es todavía más común entre nuestras iglesias y, aun sin una mala intención, también es algo de lo que debemos arrepentirnos y comenzar a hacerlo bien.

C. Toda iglesia debe reconocer a sus ministros según los principios que Él le dio

Cristo no solamente quiere ser obedecido en el qué, sino también en el cómo. Es decir, no basta con tener pastores en cada iglesia, sino que la forma en la que los reconocemos y los llamamos al ministerio también es una parte fundamental en este tema.

¿Cómo deberíamos llamar/reconocer a los hombres que Dios nos ha dado? Según los principios del gobierno de la iglesia que Él mismo reveló en Su Palabra. Los bautistas confesionales creemos que, tal y como nuestros padres bautistas particulares lo entendieron y lo expresaron en la Primera y la Segunda Confesión Bautista de Fe de Londres, el Nuevo Testamento enseña un tipo de gobierno congregacionalistas, esto significa que las llaves del reino de los cielos, en este tiempo ordinario después de la época apostólica, están en las manos de cada congregación local de Cristo, la cual está conformada por miembros y oficiales.(14)

Congregacionalismo no significa que los miembros de la iglesia deciden sobre todos los asuntos, sino que, al ser guiados por los pastores de la iglesia, los miembros pueden participar de la vida de la iglesia en las cosas que el Señor Jesús les dio verdadera participación. En el congregacionalismo entendemos que las llaves del reino fueron repartidas en las manos de los ancianos en forma de autoridad y, en la mano de los miembros de la iglesia, en forma de libertad.(15) Para que se accione el poder de las llaves del reino en la tierra, es necesario que cada parte haga lo que le corresponde en las cuatro actividades principales de la vida de la iglesia.(16)

Así, en el reconocimiento de hombres para el ministerio también se requiere de esa responsabilidad compartida según lo que Cristo le dio a cada uno. En esta actividad de la iglesia interactúan la autoridad que los pastores tienen para examinar a los candidatos para el ministerio y su autoridad para gobernar la vida de la iglesia al convocar al pueblo, preparar los asuntos de antemano, poner orden en la reunión y despedirla. Las libertades de la iglesia que interactúan son la libertad para comprobar que el candidato al ministerio tiene el llamado, los dones, el carácter y el testimonio para ser llamado al ministerio.

Así, poniéndolo en forma de un proceso, una forma en la que se podría reconocer a estos hombres sería el siguiente:

Explicación del proceso:

El gráfico está dividido en dos partes por una línea horizontal. La parte de arriba equivale al campo de acción de los pastores quienes han recibido autoridad para gobernar la iglesia. La parte de abajo es el campo de acción de los miembros de la iglesia a quienes se les ha dado libertad o la facultad de comprobar que se cumpla lo que el Señor ha ordenado.

El primer movimiento en la elección o reconocimiento de hombres para el ministerio empieza con el campo de acción de los ancianos. Aunque el primer paso, hablando en un sentido formal, es la presentación un candidato al ministerio, antes de ese paso hay actividades previas requeridas de los pastores. ¿Cómo se puede reconocer a aquellos hombres que podrían ser posibles candidatos al ministerio? Los ancianos debemos siempre estar atentos y buscando a esos hombres a los que el Señor esté inquietando o les haya dado los dones para el ministerio. Hay muchas maneras en las que eso se puede hacer de manera práctica. Sin embargo, quiero compartirte algo que es una práctica común entre algunas iglesias bautistas reformadas. Hablemos de lo que a menudo se le ha llamado la «Consulta nominativa».

Esta consulta se la realiza una vez al año. Es dirigida por los pastores y todos los miembros de la iglesia participan en ella. En la una reunión de miembros formal de la iglesia, los pastores compartimos uno documento que tiene dos preguntas y tiene el propósito de que todos los miembros los llenen. Las dos preguntas son las siguientes:

  • ¿Crees que el Señor ha equipado a alguno de los miembros de nuestra iglesia con los dones para ejercer el oficio ministerial?
  • ¿Podrías mencionar algunas de las razones por las que lo crees?

Si el miembro de la iglesia responde que sí a la primera pregunta, hay un espacio para que ponga el nombre del hermano y si cree que tiene los dones para pastor o para diácono. La segunda pregunta es muy importante porque de ella dependen mucho la nominación que el hermano está haciendo.

El resultado de la «Consulta nominativa» no da como resultado los candidatos al ministerio, sino claridad a los pastores para saber qué es lo que la iglesia está viendo y si hay hermanos a los que se pueda examinar con el propósito de proponerlos como candidatos al ministerio.

Supongamos que en la «Consulta nominativa» se ve claramente el reconocimiento que la iglesia hace de alguno de los hermanos y que, al considerar eso, los pastores están de acuerdo en que ese hermano cumple con las cualidades para ser un candidato al ministerio, entonces viene el primer paso formalmente.

Primer paso, los pastores presentan ante la membresía a un hermano que ha sido examinado y que cuenta con el reconocimiento de la iglesia (evidenciado en la «Consulta nominativa»). En esta presentación del candidato, se propone un proceso en el que toda la iglesia estará involucrada. Por ejemplo, tomar los próximos 9 meses para que la iglesia pueda evaluar más profundamente los dones y el carácter del hermano. Se proponen tiempos de oración y ayuno. Se motiva a que los miembros de la iglesia intencionalmente se propongan pasar tiempo con el hermano, etc.

Segundo paso, este paso tiene que ver con la libertad de los miembros y consiste en que los miembros cumplen con lo propuesto con el propósito de comprobar que el hermano tiene los dones, el llamado y el carácter para ser llamado al ministerio, de manera que, cuando llegue la «Votación solemne» (el siguiente paso en el proceso), lo puedan hacer con una limpia consciencia.

Tercer paso, la «Votación solemne» es el momento en que los miembros de la iglesia manifiestan la libertad que Cristo les ha dado para afirmar o negar que el hermano tiene los dones para el ministerio. Usualmente, si hay algo que descalifique al candidato o una preocupación muy clara en los miembros de la iglesia, la votación puede ser cancelada o postergada. Si llegamos a la votación es porque hemos vivido el proceso y no hemos encontrado razón para detener el proceso de llamamiento por parte de la iglesia del hermano.

Cuarto paso, si la «Votación solemne» obtiene el porcentaje trazado por la membresía para aprobar a un candidato,(17) entonces se establece una fecha para celebrar la «Ordenación al ministerio», que consiste en la imposición de manos por parte de los pastores de la iglesia, si es que la iglesia tiene pastores;(18) si no, por parte del pastor o pastores que fueron invitados por la iglesia para guiarles en este proceso.

Lo que te he compartido aquí es solamente una forma de hacerlo, podría haber muchas más. Sin embargo, lo verdaderamente importante es que los procesos en nuestras iglesias sean consistentes con lo que decimos creer. En una iglesia bautista reformada nunca se debería pasar por alto la libertad que tienen los miembros de la iglesia para participar en la elección de sus oficiales. Los pastores y diáconos no deben ser escogidos por un grupo de hombres en la iglesia, sino por la iglesia como un todo y ejecuta así la autoridad de los pastores y la libertad de los miembros de la iglesia.

Conclusión

La primera razón por la que Hercules Collins decidió publicar el Templo reparado tiene que ver estimular a las iglesias de sus días en los procesos eclesiológicos, de manera que no se siga cometiendo el descuido tan grande de no reconocer ni ordenar ministros en las iglesias. Anhelo que estas reflexiones que he compartido contigo sean de aliento y ánimo. En el próximo artículo consideraremos las otras dos razones por las que Collins quiso publicar este precioso tratado.

¡Hay mucho que reparar! Eso es cierto, pero que alivio es saber que no estamos solos. No solo tenemos el ejemplo de nuestros padres que desde el pasado sirve como un estímulo para nuestra carrera, sino que también nos tenemos el uno al otro. Si te sumas a este proceso de reparación del templo, notarás que hay otros trabajando junto a ti en esta bendita labor.

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NOTAS:

(1) Chapel Library publicó recientemente una traducción de este tratado, puedes descargarlo gratuitamente de su página web. El texto de El templo reparado proporcionado en estos artículos es la traducción que Legado Bautista Confesional está haciendo a partir del facsímil original de esta obra.

(2) Véase James M. Renihan, La fe y la vida para los bautistas: Los documentos de las asambleas generales bautistas particulares en Londres (1689-1694) (Santo Domingo, Ecuador: Legado Bautista Confesional, 2022).

(3) G. Stephen Weaver, Jr., Orthodox, Puritan, Baptist: Hercules Collins (1647-1702) and Particular Baptist Identity in Early Modern England (Bristol, CT, USA: Vandenhoeck & Ruprecht, 2015), 63.

(4) Para un estudio más detallado de esta perspectiva en la vida de los bautistas particulares, te invito a ver la serie «Vida en comunión» de Legado Bautista Confesional, la cual consiste en un estudio de los principios que llevaron a los bautistas particulares a caminar en unidad considerando aquellas cosas que podemos aprender de su vida en comunión, así como los peligros que debemos evitar. Este estudio está basado en los documentos de las Asambleas Generales de las iglesias bautistas particulares en Londres en los años 1689-1694, que se encuentran en el libro: James M. Renihan, La fe y la vida para los bautistas (Santo Domingo, Ecuador: Legado Bautista Confesional, 2022).

(5) Renihan, La fe y la vida para los bautistas, 18.

(6) John Owen, An Exposition of the Epistle to the Hebrews, ed. W. H. Goold, vol. 21, Works of John Owen (Edinburgh: Johnstone and Hunter, 1854), 570. Owen llega a esta observación en su exposición de Hebreos 5:12-14. No obstante, es una frase común en Owen, la repite en su comentario de Hebreos 4:11.

(7) Ibid.

(8) Matthew Henry, Matthew Henry’s Commentary on the Whole Bible: Complete and Unabridged in One Volume (Peabody: Hendrickson, 1994), 2313.

(9) 2CBFL 26.1

(10) Las iglesias locales son la manifestación visible pero imperfecta de la Iglesia universal. Esta premisa tan importante en nuestra eclesiología tiene muchas implicaciones prácticas. Por ejemplo, esta afirmación se ve reflejada en quiénes deben ser parte de la iglesia local y quienes no, porque sólo deben ser parte de la iglesia local aquellos que son parte de la Iglesia universal y, los únicos que son parte de la Iglesia universal son los que por la fe y el arrepentimiento se han aferrado a Cristo Jesús, el dador y testador del Nuevo Pacto, y, por esta razón, experimentan los beneficios del Nuevo Pacto descritos en Jeremías 31:31-34. Los hijos de los creyentes no disfrutan de estos beneficios pactuales, pues no son parte de la Iglesia universal, a menos que crean y se arrepientan lo mismo que los demás.

Por esa razón, no deben ser parte de la membresía de una iglesia local del Nuevo Pacto. Esta relación entre la iglesia local y la Iglesia universal también tiene un inmenso impacto en nuestra doctrina de la vida asociativa de la iglesia local.

(11) Robert L. Thomas, New American Standard Hebrew-Aramaic and Greek Dictionaries: Updated Edition (Anaheim: Foundation Publications, Inc., 1998).

(12) William Arndt et al., A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature (Chicago: University of Chicago Press, 2000), 694.

(13) Véase las definiciones provistas por Gerhard Kittel, Gerhard Friedrich, and Geoffrey W. Bromiley, Compendio Del Diccionario Teológico Del Nuevo Testamento (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2002), 807; y William D. Mounce, Mounce’s Complete Expository Dictionary of Old & New Testament Words (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2006), 1298.

(14) Para una introducción sobre el congregacionalismo y los bautistas particulares, véase «Prólogo a esta traducción» de John Cotton, Las llaves del reino de los cielos (Santo Domingo, Ecuador: Legado Bautista Confesional, 2023), iii-xiii.

(15) Para más detalles sobre cómo interactúan las libertades de los miembros de la iglesia y los pastores, véase el artículo «Resumen y aplicación de la eclesiología de John Cotton».

(16) Las cuatro actividades principales de la vida de la iglesia son: La elección de oficiales, la aceptación de nuevos miembros, la expulsión de miembros impenitentes y la vida asociativa de la iglesia.

(17) Es muy importante que este porcentaje se haya fijado y esté disponible en la «Política eclesiástica» de una iglesia. Si no cuentan con una política, la iglesia, con la guía de sus pastores, debe fijar un porcentaje de antemano para que la votación solemne no tenga disputas o controversias. Es recomendable que el porcentaje de aprobación para la elección de un oficial sea casi una unanimidad. En nuestra iglesia local el procentaje es 90%, pero conozco iglesias que han establecido el 75% o el 80%. Lo importante es que la iglesia tenga una gran unidad en la elección de sus oficiales.

(18) 2CBFL 26.9

Jorge A. Rodriguez V.
Es uno de los pastores de la Iglesia Bautista Reformada Gracia Soberana en Santo Domingo, Ecuador. Recibió una maestría en divinidad del Covenant Baptist Theological Seminary. Es el director del Seminario Bautista Confesional del Ecuador y miembro de la Junta de Directores del Covenant Baptist Theological Seminary en Owensboro, Kentucky. Ha estado involucrado en la educación teológica por más de quince años en Ecuador, así como en otros países de Latinoamérica. Está casado hace 15 años con su amada esposa Lady y tienen tres hijos: Natalia, Jorge Esteban y Sofía.
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