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Reseña: La Vida de Dios en el Alma del Hombre

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El autor, Henry Scougal, en el prólogo expone que este libro surge del deseo de bendecir a un amigo para que entienda, de una mejor manera, lo que significa ser un cristiano. ¿Cuál es el impulso de hacer esto? Él mismo lo responde: es el amor, la búsqueda del bienestar espiritual de aquel que es su hermano en la fe.

Así que nos encontramos frente a un hermoso libro que parte desde un fundamento maravilloso; pues, como el Apóstol Pablo expresó, “el conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Cor. 8:1b). En este escrito tenemos al conocimiento en servicio del amor.

Joel Beeke nos expresa lo siguiente en torno al autor de este texto:

“Henry Scougal nació en 1650 y fue el segundo hijo de Patrick Scougal y Margaret Wemyss… Desde su juventud, Scougal valoró los ejercicios religiosos y el estudio duro. Demostró un notable dominio del latín, el griego y el hebreo, y tomó minuciosas notas de los sermones. Disfrutaba especialmente estudiando los pasajes históricos del Antiguo Testamento. A menudo recitaba largos pasajes de la Biblia. Le encantaba comulgar con los creyentes y escuchaba atentamente a los ministros cuando visitaban la casa de su padre.(1)

Y el historiador cristiano Nick Needham señala que:

“Este libro ha ocupado un lugar de honor junto a obras tan selectas como On Loving God {Del amor a Dios} de Bernard de Claraval, The Imitation of Christ {La imitación de Cristo} de Thomas a Kempis y Pilgrim’s Progress {El progreso del peregrino} de John Bunyan, como un hito de la espiritualidad cristiana”.(2)

La obra puede dividirse en 4 secciones. En la primera, que se compone de los tres primeros capítulos del libro, el autor expresa que ser cristiano puede ser vinculado con la vida verdadera. Él señala: “… la verdadera Religión es una unión del alma con Dios. Hay una participación real de la naturaleza divina ―la imagen misma de Dios sobre sus almas; o en palabras del apóstol: «que Cristo sea formado en vosotros» {Gál. 4:19}”.(3)

A esta vida Scougal le llama: “La vida divina”, señalando que es la formación de la imagen de Cristo en nuestro ser por medio de la obra poderosa de su mano. Así lo expresa: “… que es una semejanza de las mismas perfecciones divinas, es la imagen del Todopoderoso resplandeciendo en el alma del hombre”.(4) Para entender mejor lo que ha expresado el autor coloca como ejemplo a nuestro Señor Jesucristo el cual tenía como su deleite vivir la Voluntad de su Padre, centrándose en lo eterno y no lo en lo temporal y expresando las cualidades que un cristiano debe anhelar: El amor, la paciencia, al devoción, la caridad, la pureza, la humildad.

La segunda sección del texto abarca los capítulos 4 al 6. Y en estos se expone los gloriosos frutos que dicha vida da al creyente. Como lo que es: un afecto, ya no por lo temporal, sino por aquello que esta mas allá de las percepciones de nuestros sentidos. Dice el autor: “Los afectos ya no están ligados a las pasiones de los sentidos, ni a la influencia de objetos externos, sino que son conmovidos por impresiones más divinas, y por una percepción de las cosas invisibles”.(5) La riqueza para el cristiano de esta gloriosa verdad es que nuestro amor ahora se centra en Dios, el cual es el único y verdadero amor que enriquece, pues no decepciona y siempre esta presente: “Pero, ¡oh, cuán felices son aquellos que han puesto su amor en Aquel que nunca puede estar ausente de ellos!”.(6)

Este glorioso amor impulsa a que en la vida del creyente se formen, o perfeccionen, las más gloriosas cualidades que el autor mostro que poseía nuestro Señor Jesús: la caridad, la pureza, la humildad.

Esta sección finaliza dando animo a quienes, al presente, se ven lejos de poseer dicha condición, pues enfatiza que es la obra de Dios en la vida del creyente la que hará que esto acontezca.

En la tercera sección, que abarca los capítulos 7 y 8, se presenta el esfuerzo que debe llevar a cabo el creyente por hacer morir en su ser el pecado, pues aunque se ha señalado que es una obra divina de trasformación en nuestro ser, lo cual debe alentarnos en nuestro caminar, sin embargo, nuestro esfuerzo tiene implicaciones en el desarrollo de este proceso, como hermosamente lo ilustra el autor:

“Todo el arte y toda la industria del hombre no pueden formar la más pequeña hierba, ni hacer que un tallo de maíz crezca en el campo. Es la energía de la naturaleza y las influencias del Cielo lo que produce este efecto. Es Dios «quien hace brotar la hierba […] y las plantas para el servicio del hombre» (Sal. 104:14). Sin embargo, nadie dirá que las labores del agricultor son innecesarias. De la misma manera, el alma humana es creada inmediatamente por Dios. Es Él quien forma y también da vida al niño; sin embargo, Dios ha establecido que el lecho conyugal sea el medio ordinario para la propagación de la humanidad”.(7)

Lógicamente, un aspecto de este proceso y esfuerzo es no tener que ver nada con el pecado, debemos odiarlo, huir de el, hacerlo morir en nuestro ser, y un impulso en realizar nuestra labor es la doctrina del infierno la cual ayuda a impulsar a ponerse manos a la obra en pos de este propósito: “No importa cuán encariñados estemos con los placeres pecaminosos, el temor al infierno debería hacer que nos abstuviéramos {de estos}”.(8)

Es por eso que el cristiano debe estar vigilante de su ser, educándolo al negarle aquello que pide en pos de satisfacer sus deseos naturales.

Finalmente, en la cuarta sección, de los capítulos del 9 al 11, el autor expresa aquellas cualidades que el cristiano debe practicar para el fortalecimiento de la vida que Dios le ha provisto. Se enfoca en que debe profundizar en su mente en torno al ser de Dios, pues es en dicha meditación que la devoción hacia Él se incrementa:

“Cuando tengamos en mente la noción más clara que podamos de un Ser que es infinito en poder, sabiduría y bondad, fijemos los ojos de nuestra alma en eso {Lam. 3:51}, para que nuestros ojos afecten nuestro corazón; y mientras meditemos, el fuego se encenderá {Sal. 39:3}”.(9)

Y en torno a esta meditación: es la persona y obra de nuestro Señor Jesucristo quien nos permite crecer en el afecto hacia nuestro glorioso Dios y como resultado de esto el crecimiento en el amor a la creación que lleva su imagen: nuestro prójimo.

Uno de los aspectos que me llamo la atención la primera vez que leí este libro fue el comentario que George Whitefield expreso acerca de el:

«Nunca supe lo que era la verdadera religión
hasta que Dios me envió este excelente tratado».(10)

Eso me hizo leerlo con gran avidez, y debo confesar que me sentí muy confrontado, pues percibí mi vida cristiana muy lejos de lo que el autor expresa. Casi que debo decir que me sentí “molesto” por referencias como estas:

Aquel que con una ambición generosa y santa ha levantado sus ojos hacia esa belleza y bondad no creadas {es decir, divinas}, y ha fijado allí su afecto, tiene un espíritu muy diferente, de un temple más excelente y heroico que el resto del mundo; y no puede hacer otra cosa que despreciar infinitamente todo lo que sea malvado e indigno; y no tendrá ningún pensamiento bajo o vil que pueda degradar sus elevadas y nobles aspiraciones”.(11)

Recuerdo haber hecho la siguiente anotación cuando leí esto: “Exageración o una posición casi de impecabilidad”, pero la realidad es que este sentimiento de distancia entre lo que expresa el autor y mi propia vida lo que hace es reflejar la distancia de la vida en pos de Dios que existe entre hombres como Henry Scougal y mi persona.

Fue un refrigerio al llegar al capitulo 6 y encontrar aliento ante el que, como en mi caso, se ve lejano a lo que el autor describe en los primeros 5 capítulos, y esto es que: es Dios quien hace la obra y aun nuestra incapacidad no podrá oponerse a ella. Scougal señaló: Él es tierno y compasivo. Conoce nuestras debilidades y ha experimentado nuestras tentaciones: «No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que humea, hasta que lleve a la victoria la justicia» (Mat. 12:20).

Él ha enviado a Su Espíritu Santo, cuyo dulce pero poderoso soplo todavía se mueve de un lado al otro del mundo, para vivificar y revivir las almas de los hombres, y para despertarlos a la percepción y el sentir de las cosas divinas para las que fueron hechos; y está listo para ayudar a criaturas tan débiles y lánguidas como nosotros en nuestros esfuerzos en pos de la santidad y la felicidad. Y cuando el Espíritu se apodera de un alma y enciende en ella la más pequeña chispa del amor divino, se asegurará de preservarla y alentarla hasta que sea una llama «que muchas aguas no apagarán, ni los torrentes podrán ahogarla» (Cantares 8:7)”.

Es dicha verdad la que permite ya no sentirme “molesto” con lo que Scougal expone en el texto, sino anhelar llegar a dicho nivel, lo cual anhelo con todo mi ser.

Recomiendo la lectura de este libro, pues en muy poco espacio expresa lo que es: “La vida de Dios en el alma del hombre”, y como era la intención del autor, no hay mejor manera de bendecir a un amigo que exponiendo la gloriosa verdad del fruto del evangelio en nuestras vidas.

______________

(1) Beeke, Joel. Meet the Puritans. Heritage Books

(2) Needham, Nick. 2000 years of Christ´s Power – Vol4. Christian Focus Publications

(3) Scougal, Henry. La Vida de Dios en el Alma del Hombre (Spanish Edition). Legado Bautista Confesional. Edición de Kindle, posición 235.

(4) Ibid., p osición 331.

(5) Ibid., posición 650.

(6) Ibid., posición 778.

(7) Ibid., posición 1118.

(8) Ibid., posición 1226.

(9) Ibid., posición 1494.

(10) Ibid., posición 125.

(11) Ibid., posición 685.

Pablo Andres Prieto

Es uno de los pastores en la Iglesia Bautista Reformada Decisión Jesús, de la ciudad de Cali, Colombia. Además es profesor en el Seminario Reformado Latinoamericano. Tiene una Licenciatura en Teología y una Maestría en estudios teológicos. Está casado y es un apasionado con la enseñanza teológica, lo cual se deja ver en la gran aceptación que sus clases tienen entre los estudiantes del Seminario.
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