La vida de Lutero es de gran interés histórico. La teología de Lutero provee una vista de los principios más fundamentales e importantes de la Reforma, pero su teología no se quedaba en el ámbito intelectual, sino que él quería desarrollar una teología que afectara la vida. Aunque Lutero, en contraste con muchos de los humanistas reformadores, llega a la raíz teológica de los problemas de la iglesia católica romana, no ignora la conexión intima entre la teología y la práctica individual y eclesiástica que esa teología produce. Por eso, la reforma protestante era tanto una reforma del evangelio en las afirmaciones teológicas de la iglesia, como también del evangelio en su fruto práctico en la vida cotidiana de la iglesia y del creyente individual.
En esta serie artículos sobre ‘el legado práctico de Lutero y la reforma protestante’ resumiré siete lecciones prácticas que podemos derivar de la vida de Lutero. Los artículos pasados se trataron de varias lecciones las cuales fueron: (1) la importancia de la consciencia sometida a la Palabra de Dios, (2) la ternura y naturaleza práctica del corazón pastoral, (3) la necesidad de paciencia para reformar la iglesia, (4) la realidad de la depresión y la guerra espiritual, (5) el sufrimiento en esta vida a la luz del evangelio y (6) la bendición recuperada del matrimonio bíblico.
En este último artículo veremos la séptima lección que tiene que ver con ‘la realidad de la vocación individual’.
Este aspecto clave del legado práctico de Lutero y de toda la Reforma, y con el que concluiremos esta serie de lecciones, es la idea de la vocación (vocare, vocatio). Esta idea no era completamente nueva para la Reforma, porque la idea de una vocación o llamamiento especial de parte de Dios sí se aplicaba antes. Pero, como Stephen Nichols dice, se aplicaba casi exclusivamente al llamado a servir en un orden religioso; no se aplicaba a las vocaciones comunes de ser campesino, herrero, esposa o comerciante:
Durante un tiempo, antes de Lutero, la gente había aplicado esta palabra latina casi exclusivamente al trabajo de la iglesia. Los sacerdotes, las monjas y los monjes tenían una vocación. Todos los demás en la cultura medieval, desde los comerciantes hasta los campesinos, desde los nobles hasta los caballeros, simplemente trabajaban.(1)
Este principio recuperado de la vocación es una aplicación particular del principio soli Deo gloria a toda la vida común. No es meramente que toda la salvación es para la gloria de Dios ya que no es de obras humanas; sino que, más bien, la salvación y la gloria de Dios afectan a toda la vida del creyente. Por lo tanto, el creyente puede llevar su devoción y fe con él a cualquier trabajo, incluso el más mundano y menospreciado trabajo.
Para Lutero, no eran solamente los pastores o ministros los que vivían para la gloria de Dios, aunque esto era más obvio en sus vidas; sino que cualquier trabajo podía hacerse para la gloria de Dios y tenía un valor especial para la humanidad, el bien del prójimo y la fidelidad a Dios: «Para Lutero, todo el trabajo y todas las funciones que desempeñamos son llamados potencialmente santos, que pueden ser realizados sólo para la gloria de Dios».(2)
Esta idea, como Lutero mismo dejaría claro, no provino de la mente de Lutero, ni de otros reformadores, sino que es otro de los aspectos que se recobraron de la enseñanza bíblica y que se había distorsionado en el tiempo de la Edad Media. Como dice Nichols: «Los reformadores nos hicieron un gran servicio al recuperar la palabra ‘vocación’. Por supuesto, no les devolvemos el favor al pensar que esto es una creación especial de ellos. Cuando los reformadores expusieron la doctrina de la ‘vocación’, sólo articulaban lo que encontraban verdadero en las Escrituras en relación con el trabajo».(3)
Según Lutero, todos tienen una vocación, y cualquier trabajo que ofrece un verdadero servicio y contribución a la sociedad es algo que puede usarse para la gloria de Dios. Por lo tanto, los hombres no deben estar insatisfechos como muchas veces pasa con su trabajo. Los hombres no deben trabajar deseando tener otro trabajo u otra vocación, sino que deben servir fielmente en su vocación y saber que al hacerlo están glorificando a Dios:
Servir a Dios es que cada uno permanezca en su vocación y llamado, aunque nunca sea tan mezquino o simple: porque primero se enseña a escuchar la Palabra de Dios en la iglesia. Después depende de la palabra del magistrado y de los padres, y ser obediente a ella, esto es servir a Dios correctamente.(4)
Al comienzo de la Reforma, muchos seguían pensando que la verdadera vida de servicio de Dios se veía en el monacato o el vivir en una vida de asolación religiosa. Por el contrario, Lutero afirmaba que el hombre que sirve en un trabajo secular con fe y para el bien del prójimo puede hacer mucho más bien que todos los monjes que buscan solo su propio beneficio o buscan salvarse a través de la vida monástica. Como él dijo en su libro sobre la Cautividad Babilónica en 1520:
Por lo tanto, no aconsejo a nadie que ingrese en una orden religiosa o en el sacerdocio, es más, lo desaconsejo a todos, a menos que esté prevenido con este conocimiento y comprenda que las obras de los monjes y de los sacerdotes, aunque sean tan santas y arduas, no difieren en absoluto, ante los ojos de Dios, de las obras del rústico que trabaja en el campo o de la mujer que realiza sus tareas domésticas; sino que todas las obras se miden ante Él sólo por la fe; como dice Jeremías: «Señor, tus ojos están sobre la fe»; y el Eclesiástico: «En toda obra tuya mira tu alma a la fe, porque ésta es la observancia de los mandamientos».
Es más, debe saber que las tareas domésticas de una criada o de un siervo son a menudo más aceptables para Dios que todos los ayunos y otras obras de un monje o de un sacerdote, porque éste carece de fe.(5)
Este principio de la ‘vocación’ fluye también de la convicción de Lutero del sacerdocio de todo creyente. Aunque hay ciertos hombres llamados y apartados, por el acuerdo de la congregación, para la vocación especial de ser pastor o diacono, esto no es una separación entre el mundo espiritual y el mundo secular.
En la condición de ser creyente y participando del sacerdocio de Cristo, todas las personas cristianas son sacerdotes y pueden ofrecerle a Dios ofrendas de alabanza y agradecimiento, y ser un bien a su prójimo en cualquier trabajo. Los magistrados, campesinos, esposas, niñeras o siervos pueden servir en un oficio espiritual a través de tener fe y poseer un conocimiento de lo que está haciendo es la vocación de Dios para su vida y algo para el bien del prójimo. Como dice a la Nobleza de la Nación Germánica:
Por lo tanto, así como los que ahora se llaman «espirituales», es decir, los sacerdotes, los obispos o los papas, no son diferentes de los demás cristianos ni superiores a ellos, salvo que están encargados de la administración de la Palabra de Dios y de los sacramentos, que es su trabajo y oficio, lo mismo sucede con las autoridades temporales. Estas autoridades llevan la espada y la vara en la mano para castigar a los malos y proteger a los buenos.
Un zapatero, un herrero, un campesino… cada uno tiene el trabajo y la obra de su oficio, y, sin embargo, todos son igualmente sacerdotes y obispos consagrados. Además, cada uno debe beneficiar y servir a los demás por medio de su propio trabajo u oficio, para que de esta manera se realicen muchas clases de trabajos para el bienestar corporal y espiritual de la comunidad, así como todos los miembros del cuerpo se sirven unos a otros [1 Cor. 12:14-26]…(6)
Todos los creyentes, debido a su fe en Cristo, participan del reino espiritual. Esta realidad no depende de su vocación particular, sino de su fe. Por lo tanto, cualquier trabajo es una ofrenda espiritual a Dios cuando se realiza en fe y amor al prójimo. Esta realidad era revolucionaria. Siguiendo los pasos del Renacimiento, los reformadores también enfatizaron la importancia de la vida común y la llenaron con un valor recobrado. Por mucho tiempo este valor había sido perdido debido al énfasis en el monacato.
Sin embargo, los Reformadores regresaron a la realidad de que incluso el siervo puede someterse a su amo como a Cristo, y los niños pueden obedecer a sus padres como a Cristo. Esta realidad llena todos los trabajos con valor de gran aprecio. Lo que se puede menospreciar es la falta de fe o el buscar hacer estas obras para la salvación; pero una persona que cambia ventanas, limpia, barre, o cosecha en fe y en amor al prójimo puede saber que verdaderamente sirve a Dios y le glorifica en aquello que hace.
Esta es una realidad muy gloriosa del legado práctico de la Reforma y también algo que los pastores deben saber mientras aconsejan y consuelan a sus miembros que quieren vivir para la gloria de Dios en medio de sus trabajos cotidianos.
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Notas al pie:
(1) Stephen J. Nichols, What Is Vocation?, ed. Sean Michael Lucas, Basics of the Faith (Phillipsburg, NJ: P&R Publishing, 2010), 7.
(2) Nichols, What Is Vocation?, 9.
(3) Nichols, What Is Vocation?, 10.
(4) Luther, The Familiar Discourses of Dr. Martin Luther, 455.
(5) Steinhaeuser, «A Prelude on the Babylonian Captivity of the Church», 2:241.
(6) Janz, ed., A Reformation Reader, 99.









