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Cinco lecciones aprendidas a lo largo de décadas de predicación

1. Nunca predicarás lo suficientemente bien como para convertir a una persona

A menos, claro está, que creas que la fe es una capacidad del hombre que se genera a partir de la capacidad persuasiva del predicador. Pero, no creo que la fe salvadora sea una habilidad natural del ser humano. La fe es un don de la gracia soberana de Dios, que se concede a los que reciben con oído atento la Palabra de Cristo. (Efe 2:8-9; Flp 1:29). Por lo tanto, no debo recurrir a mis dotes de oratoria, ni a estrategias ajenas a la Biblia para inducir a un oyente hacia el decisionismo. Antes bien, ya que estoy convencido de que la fe viene por el oír y el oír por la Palabra de Cristo, debo poner al servicio de la predicación toda mi capacidad a fin de proclamar con claridad la Palabra de Cristo y anunciarlo con verdadera unción, confiando siempre en la obra soberana del Espíritu para que produzca la fe y el nuevo nacimiento.

Esto fue lo que hizo que Spurgeon y Lloyd-Jones fueran tan grandes predicadores. Sabían que su llamado era proclamar a Cristo y a Él crucificado; pero también sabían que solo la verdad ―claramente expuesta y aplicada por el Espíritu― podría convertir un alma. No eran hombres egocéntricos. Se asombraban de que Dios quisiera valerse de ellos como medio por el cual el Espíritu impartiría la verdad al corazón de los hombres.

No hay lugar para el ego, la jactancia o el orgullo en la predicación. Esa disposición deja al descubierto lo que en verdad hay en el corazón del predicador. La predicación es lo más humillante que un hombre puede hacer. Le resulta locura para el incrédulo, a menos que Dios lo regenere. Es profundamente humillante para el predicador reconocer que es incapaz de cambiar a nadie, salvo que Dios, en su misericordia, obre por medio de Su Palabra y de Su Espíritu en el corazón del pecador. Verdaderamente, la locura de anunciar a Cristo redunda solamente en gloria para Dios. Nunca predicarás lo suficientemente bien como para convertir a una persona.

2. No predicarás adecuadamente a otros, a menos que primero te prediques a ti mismo

La preparación de un sermón o de una enseñanza hace un llamado al predicador a que sea honesto, primeramente, consigo mismo. Pablo dio una advertencia sobre los mercaderes, o vendedores ambulantes, que se beneficiaban de la Palabra de Dios pero que carecían de sinceridad en sus corazones, en 2 Corintios 2:17 él dijo: «Pues no somos como muchos, que comercian con la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios y delante de Dios hablamos en Cristo». En el proceso de la preparación, cualquier pecado expuesto en el texto [de la Escritura], que atente contra la ley de Dios, debe llegar primero a la conciencia y a la vida del predicador con toda sinceridad; y cada promesa de la gracia de Dios debe abrazarse con gozo humilde ante el rostro de Dios.

Una de las cosas más difíciles que hago cada semana es examinar mi propio corazón a la luz de la Palabra para que revele mis propios pecados remanentes y fracasos, [revele] mis palabras, motivaciones y pensamientos pecaminosos, y [muestre] mi propio fracaso en edificar a los demás. No obstante, es precisamente ese ejercicio partiendo de la Escritura el que me conduce a la gloria y suficiencia del Señor Jesucristo; y, de ese modo, se renueva mi fervor para proclamarlo tanto a cristianos como a inconversos.

Este autoexamen con la ley y el evangelio te hace más humilde en la predicación y hace que el sermón sea sincero, sin fingimiento. El sermón le habla a los cristianos (lit. «santos») sobre las cosas que suceden en sus propios corazones cada día. Le habla al incrédulo con verdadera unción, mostrando que tú crees lo que predicas. Tal estudio sincero y honesto, junto con una profunda conciencia de tu propio pecado y de la gracia de Dios, te hace predicar de Cristo, no de ti mismo. No puedes predicar a otros, a menos que primero te prediques a ti mismo.

3. La verdadera predicación expositiva siempre predica de Cristo

Tuve que aprender esto de Pablo y de Martyn Lloyd-Jones. Las epístolas de Pablo se leían en su totalidad a las congregaciones reunidas. Pablo no podía dar ánimos ni mandatos sin recordarles a Cristo, y a Él crucificado, como la razón y la fuerza para vivir como cristianos. Esa integridad del mensaje debe mantenerse presente en cada sermón. El libro de Hebreos ―que es un sermón completo― es otro ejemplo de cómo debemos predicar de Cristo de manera expositiva desde del Antiguo Testamento.

Martyn Lloyd-Jones insistía en que hemos sido llamados a proclamar (como ‘heraldos’) el Evangelio de Cristo en su plenitud. Cada texto y sermón es simplemente el vehículo para cumplir el llamado, tanto para cristianos como incrédulos. Toda la Escritura habla sobre la venida, la manifestación y el regreso de nuestro Señor Jesucristo: verdaderamente Dios y verdaderamente hombre [unido] en una sola Persona. Por eso, cada pasaje de la Escritura da testimonio de Él, ya sea de su Ley o de su Evangelio. Tristemente, no todos están de acuerdo con esto.

Estoy agradecido de que la predicación expositiva haya recuperado terreno en los últimos 60 años. Sin embargo, algunos no entienden que la hermenéutica de una persona determina cómo expone el texto. Por ejemplo, si solo tienes una hermenéutica literal-gramatical-histórica, entonces tendrás la tendencia a pensar que has predicado de manera expositiva cuando en realidad solo has explicado la gramática, el contexto, el trasfondo histórico y el significado básico del texto en su contexto. Comparar la Escritura con la Escritura es una parte noble de esta hermenéutica, pero hay más por hacer para realizar una exposición completa.

4. Nuestra hermenéutica determina si estamos predicando de Cristo o no

La hermenéutica literal-gramatical-histórica conscientemente no incluye ‘la analogía de la fe’ ni ‘el escopo (o alcance) de las Escrituras’, incluso cuando se compara la Escritura con la Escritura. La ‘analogía de la fe’ y el ‘escopo (o alcance) de la Escritura’ corresponden a lo que Pablo llama «todo el consejo de Dios» (Hch 20:27). Ésta es la hermenéutica reformada que, de modo explícito, supera la mera exégesis literal-gramatical-histórica del texto.

Aunque Cristo no se mencione específicamente en cada porción del texto, la ‘analogía de la fe’ y el ‘escopo (o alcance) de las Escrituras’ constituyen el significado teológico general de la Biblia, que se aplica partiendo del contexto más amplio y llegando a cada texto. Este último componente teológico de la exégesis no es hacer ‘eiségesis’ ―es decir, introducir un significado ajeno dentro del texto―, como algunos argumentan. Más bien, es permitir que «todo el consejo de Dios» ilumine cada texto desde el cual predicamos de Cristo con integridad teológica.

Dar una explicación de cualquier texto de las Escrituras sin hacer uso del contexto más amplio ―que es el Cristo revelado al hombre en toda la Biblia― termina por confundir el hecho de dar un comentario con la predicación de Cristo a los hombres. La predicación expositiva siempre debe predicar de Cristo como el centro de la revelación creacional y redentora del Padre hacia el hombre. No puedes predicar de Cristo en toda la Escritura a menos que tengas «todo el consejo de Dios» como el criterio definitivo de tu exégesis.

5. La personalidad del predicador no debe sobreponerse a la proclamación de Cristo

Hoy en día existe una tendencia en los predicadores de querer usar su personalidad para persuadir a los hombres. Las buenas narraciones de historias, los chistes, la oratoria estilizada y la ropa con estilo pueden captar la atención de algunos oyentes. Debemos meditar en esto: «Al finalizar el mensaje, ¿quién permanecerá en la mente de los oyentes: el predicador o el Cristo proclamado?».

Esta tendencia moderna de los predicadores célebres puede ganar mucha atención e incluso, por la bondad de Dios, puede llegar a salvar a los pecadores siempre que al final se predique de Cristo. Pero la prioridad de los pastores en las iglesias locales ―cuando predican tanto a cristianos como a incrédulos― nunca debe hacer que se esconda a Cristo detrás del predicador; al contrario, debe hacer que se esconda al predicador detrás de Cristo. La personalidad del predicador no debe sobreponerse a la proclamación de Cristo. Antes bien, la personalidad del hombre debe replegarse bajo la sombra de la Cruz, para que Cristo se pueda ver con total claridad.

Traducido por Juan Ospina
Tomado de: Five Lessons Learned From Decades of Preaching – Founders Ministries

Fred Malone
Se ha desempeñado como pastor de la Primera Iglesia Bautista, Clinton, Louisiana, desde 1993, habiendo servido anteriormente once años como pastor fundador de la Heritage Baptist Church, Mansfield, Texas. Tiene una maestría en divinidad del Reformed Theological Seminary en Jackson, Mississippi (1974), y un doctorado en Nuevo Testamento del Southwestern Baptist Theological Seminary en Ft. Worth, Texas (1989). Es esposo de Deborah y el feliz padre de tres hijos adultos y seis nietos. Fue miembro fundador de la Junta de Founders Ministries.
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